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viernes, 31 de enero de 2014

El espíritu de Tula en la mayor fiesta de la literatura cubana



 Multimedia sobre la poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda, que se presentará en la XXIII Feria Internacional del Libro, Habana, 2014.


Feria Internacional del Libro; XXIII, Cuba 2014

El espíritu de Tula en la mayor fiesta de la literatura cubana

Polémica, avanzada para su tiempo, pasional, liberada, sensible y atrevida, son sólo algunos de los calificativos que Gertrudis Gómez de Avellaneda se ha ganado a través del tiempo...
Yeneily García García Yeneily García García
30/01/2014

Sobre el autor

Yeneily García García
Lectora voraz y artista frustrada, enamorada desde siempre del periodismo de Agencia y ejerciéndolo con plenas facultades desde 2008.
Polémica, avanzada para su tiempo, pasional, liberada, sensible y atrevida, son sólo algunos de los calificativos que Gertrudis Gómez de Avellaneda, la Tula camagüeyana, se ha ganado a través del tiempo.

Considerada una de las mejores escritoras y dramaturgas del idioma de Cervantes, fue disputada por España, nación que la acogió cuando decidió dejar la Isla en busca de otros horizontes y en la que desarrolló gran parte de su trabajo literario; y por Cuba, la patria que la vio nacer e indudablemente presente en el universo de su obra.

A sus 200 años, —por cumplirse el próximo 23 de marzo— la autora de Sab será recordada en toda la Isla, especialmente en la XXIII Feria Internacional del Libro; Cuba 2014, que sucederá a los homenajes en su natal Puerto Príncipe, que cumplirá este 2 febrero medio siglo de fundada.

Presentaciones de libros sobre su quehacer literario y su vida, tan tormentosa como sus creaciones; un coloquio sobre su legado, la reimpresión de sus textos y el lanzamiento de una multimedia, serán algunas de las propuestas que para esta fiesta mayor de las letras, preparan las editoriales e instituciones cubanas.

Jesús David Curbelo, director del Centro Cultural Dulce María Loynaz y al frente de la programación de este suceso cultural —el más importante de su tipo en el territorio nacional— adelantó sobre los diferentes momentos del homenaje y comentó sobre los libros a los que el público tendrá acceso.

La Universidad de La Habana, en su debut como subsede del evento, acogerá un coloquio sobre la Avellaneda, que va a estar centrado en diversas lecturas de Sab, una novela emblemática, y de sus obras más reconocidas.

Esta fue una novela revolucionaria —apuntó Curbelo— sobre todo cuando la vemos bajo otra luz. Arroja una posibilidad amplísima de lecturas sociológicas, de género, de abordaje de cuestiones de diferencias raciales y ha sido una pieza que ha estado muy presente en los estudios que sobre la Avellaneda se han venido comentando.

Confirmó que los coordinadores son especialistas de la Facultad de Letras de la UH, quienes han confirmado investigadores españoles, norteamericanos, franceses e importantes figuras de la cultura cubana contemporánea que han hecho estudios serios sobre esta autora, entre ellos Antón Arrufat, Roberto Méndez, Cira Romero, Zaida Capote y Enrique Saínz.

Además, se sumará a este tributo por su bicentenario la publicación de una serie de volúmenes de distintas editoriales que han salido a la luz de y sobre la Avellaneda.

“Letras Cubanas va a publicar un conjunto de tres novelas. Ediciones Ácana de Camagüey, va editar su diario de amor, tomando como base el que se publicó en su centenario, que fue luego cortado, así que después de 100 años se va a publicar íntegramente.

"La Editorial Bologna, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, va a publicar el devocionario íntimo de la Avellaneda, una verdadera novedad. La Editorial Oriente va a publicar un libro con sus crónicas de viaje. Matanzas va a publicar un conjunto con sus acercamientos ensayísticos y críticos a la literatura y van a aparecer otros libros: uno en Camagüey con estudios sobre la autora y otro que publica Ediciones Unión, compilado por Cira Romero, que contiene una importante serie de aproximaciones críticas, una especie de valoración múltiple, donde están los principales estudiosos de la Avellaneda”.

Para completar este tributo a Tula, Ediciones Cubarte, del Centro de Informática en la Cultura, prevé presentar una multimedia que, según adelantó a Cubahora el director del sello, Ernesto Sierra; contendrá una visión abarcadora de su universo literario y su vida, que incluirá documentos e imágenes para facilitar el conocimiento sobre esta mujer que fue protagonista cuando se suponía que debía ser espectadora, desafió a la sociedad cuando sólo tenía que acatar sus leyes tácitas y legó a la historia una obra que a 200 años de su nacimiento, sigue atrayendo admiradores.


miércoles, 29 de mayo de 2013

Se presenta Aprendiz de América, de Ernesto Sierra


 




Cuando Ernesto Sierra me dijo que pasara por la UNEAC a recoger su libro Aprendiz de América (Editorial Arte y Literatura, 2012) me sentí halagado, extrañado, agradecido e intrigado, todo eso a la vez.

Al abrir el libro y ver que su prólogo era de uno de mis tocayos ilustres (Rafael Acosta de Arriba), pensé que bien poco podía aportar. Pero me arriesgué a escribir estas líneas, no por el mérito dudoso de arrojar alguna luz sobre la obra, sino por el gusto de reencontrarme con ese espíritu con el que compartí un breve pero fértil semestre.

Empecé a rememorar lo que fueron aquellos seis meses de Literatura Hispanoamericana, seis meses que siempre le parecieron pocos para un verdadero curso de Literatura, y que al final se nos quedó chico a los alumnos también. Recuerdo que no pocos compañeros de clases descubrieron el bosque de las letras del continente con los relatos de los nativos y la Araucana de Ercilla en las raíces, con la inapresable poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, con el preciosismo del indio Rubén Darío y las batallas estéticas de las vanguardias. El bosque de las letras que, vale aclararlo, nunca se desligó de ese reino que lo contiene y que es la realidad del continente mismo: la conquista, la masacre sistemática y sostenida de los pueblos originarios, la formación de identidades nacionales, las luchas de los siglos XIX y XX y el apetito voraz de Norteamerica. (A mí, en lo particular, me reconcilió con Quiroga y sus cuentos exactos, con esa escritura seca y negra como la sangre vieja).

De los códices a Roberto Bolaño, Ernesto Sierra nos paseó por una América fecunda y diversa que poblaba con sus anécdotas y lecturas. Leía como ya no acostumbran a leer los profesores universitarios, apoyado en una mesa, con un libro muy ajado entre las manos y la voz de los lectores vibrantes, una voz cuya particular cadencia y sonoridad revelan cuánto de placer halla en el acto de la lectura.

Aun sin la nota de presentación que introduce Ernesto Sierra, basta leer las primeras páginas para vislumbrar algunas de las constantes que marcan el conjunto de ensayos reunidos en el libro: la visión personal de su autor y una mezcla de pasión y estudio por y de los libros. El fenómeno del boom, los cronistas de Indias, las revistas de las vanguardias, entrar en Aprendiz de América fue volver a unas clases que para mí no lo fueron, fue retornar a esos diálogos que sosteníamos pasadas las dos horas reglamentadas por el horario docente, horas en las que opinábamos y discutíamos como dos iguales.

La lectura atenta nos revela una suma de textos caóticos y heterogéneos, como si esta fuera la única manera de apresar el espíritu de Latinoamérica. El libro dividido en cuatro partes (bocetos diversos sobre la obra/vida de escritores; ensayos más prolijos sobre obras o fenómenos específicos; una serie de trabajos que tienen por protagonista la revista Nuevo Mundo; y acercamientos a la realidad de los pueblos originarios y a los procesos de construcción de la historia de América Latina) se resiente un tanto con el acápite dedicado a la revista Nuevo Mundo. Resulta interesante como trae a colación un caso insuficientemente estudiado y poco resaltado por los estudios literarios en Cuba como es el papel jugado por esta revista como un elemento de reconfiguración del campo literario de los años 60, y los mecanismos –pudiéramos llamarlos- extraliterarios que utilizó Emir Rodríguez Monegal para imponer un escritor brillante y aparentemente desideologizado como canon del creador del boom de la novela latinoamericana. Sin embargo, la acumulación de textos sobre el tema atentan contra el caótico concierto que alienta todo el libro.

El título del libro le hace honor como pocos a su autor. Hay cierta liturgia, cierto halo místico y arcano en su vocación por el continente. El aprendiz es un ser en transición, un viajante curioso que tantea, indaga, husmea entre los saberes mayores, lanza opiniones que pueden o no gustar a su maestro, pero sobre todo, no se detiene en la búsqueda de un conocimiento que lo apasiona. Porque no es, como pudiera parecer de una mirada superficial, un interés circunscrito a la acumulación notable de textos literarios a lo largo de los siglos de la historia americana. Estaríamos más cerca de la verdad si decimos que la literatura fue la faceta que escogió este aprendiz de América para descubrir y homenajear su tierra, su tierra inabarcable e inconclusa a la que seguirá mirando con los ojos llenos de asombro.

Aprender América



 Fecha: 2013-05-24
 Fuente: CUBARTE 
 
Guillermo Rodríguez Rivera habla sobre Aprendiz de América

por: Guillermo Rodríguez Rivera
Aprender América
La Editorial de Arte y Literatura del Instituto Cubano del Libro acaba de poner en circulación en su colección Argos el título Aprendiz de América, del joven ensayista Ernesto Sierra.
Hace muy poco más de veinte años (que, al decir de Quevedo, han pasado mientras uno lo duda) Ernesto Sierra (Güines, 1968) formaba entre los estudiantes de la Facultad de Artes y Letras  y figuraba en alguna de las aulas donde yo impartía clases.

Egresado como licenciado en letras por la Universidad de la Habana, Sierra definió rápidamente su vocación de americanista. Desde entonces ha sido profesor universitario e integrante del equipo de realización de Casa de las Américas, bajo el magisterio de Roberto Fernández Retamar.

Este libro que ahora empieza a circular es una muestra de esa vocación de Sierra para explorar el complejo panorama de las letras latinoamericanas, porque Aprendiz de América muestra a un estudioso que no parece encontrar valladares que lo detengan para hurgar en el vasto y diverso corpus literario de nuestra América.

Por supuesto que están aquí los acercamientos de Sierra a los narradores latinoamericanos del siglo XX. Si no me falla la memoria, su trabajo de grado para recibir su título de filólogo, giró en torno a la figura de Leopoldo Marechal, el autor de esa clásica novela hispanoamericana que es Adán Buenosayres.

Marechal, quien fuera también importante poeta de la vanguardia argentina, es estudiado aquí como parodista.

Desde la vanguardia argentina —no obviar el breve acercamiento a Jorge Luis Borges— Sierra se aproxima a maestros de la diégesis como Julio Cortázar, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Augusto Roa  Bastos, Carlos Fuentes y Mario Benedetti.

El idioma (aquí, el tránsito del español al portugués) no amedrenta a Sierra para abordar el trabajo del narrador brasileño Rubem Fonseca, quien se vale de los artificios de la narración policial para establecer un inquebrantable vínculo con sus lectores que, como al español Juan Madrid —divertido contrabando español en esta cosecha americana— le permite ir más allá de lo que cabría llamar el ámbito lúdico del policial.

Pero Sierra, como decía al comenzar esta reseña, no le teme a los límites: es capaz de lanzarse a explicar lo poético, en figuras como el chileno Pablo Neruda y el cubano Luis Rogelio Nogueras.

No deje el lector de aproximarse al acercamiento de Sierra a las revistas de vanguardia hispanoamericanas, esencial aproximación para comprender el rico panorama de la vanguardia en Hispanoamérica, desenvuelto a lo largo de la década de los años veinte.
No menos interesante resulta la crónica en torno al papel que desempeñó en la lucha ideológica de los años sesenta, una revista como Mundo Nuevo, promovida por la CIA para quebrar el predominio de las ideas de izquierda en la América Latina de entonces.
Interesantes y como una pieza de sociología de la literatura, son los tres artículos que Sierra titula “Literatura y mercado en los 60”.

Como para completar su visión totalizadora de América —Sierra ha cursado estudios amerindios en la Casa de América, de Madrid—el autor nos presenta el que cabría llamar su homenaje a la “pacha mama”, en las páginas finales del libro, bajo el título de La voz de la tierra.

Buena presentación de credenciales de un aprendiz que ha estudiado bien lo que se ha propuesto conocer y, además de cumplir su aprendizaje, es capar de enseñarnos a sus lectores.

Con la voz de la tierra



por: Tula Ortiz, 20 de mayo de 2013


“Con la voz de la tierra”, título de uno de los trabajos que encontraremos en Aprendiz de América,  podría también  llamarse este libro que sobre la literatura  hispanoamericana ha escrito Ernesto Sierra, desde una mirada  lúcida y abarcadora que enlaza los orígenes literarios del continente, con el mundo español, su literatura ancestral y los momentos de contemporaneidad de algunos de sus mejores exponentes. 
Ninguna duda cabe que para Aprendiz de América, compilación bien estructurada de libros, autores  y temas de las letras del Nuevo Mundo, bien pudieran aplicarse las palabras con que Guiseppe Bellini culmina su Nueva historia…: “el lector tiene en sus manos el ejercicio largo de una buena voluntad sostenida por una pasión hispanoamericana de muchos años”.  
Y tiene razón y mucha también Rafael Acosta de Arriba el prologuista del volumen, cuando acusa en los textos, en general, la sensualidad de un enamorado hacia los temas que trata, por el cuidado con que se expresa y yo diría entonces, proponiendo la lectura de estas páginas visionarias,  y de alguna forma también crónicas de la vida cultural en relación a autores: momentos significativos de la producción literaria  y libros que, para construir el camino lector de cualquiera que se asome a lo aquí escrito, la frase ancestral  reelaborada  es bien válida: la letra con amor entra . 
Encuentran un destino común creadores y temas,  desde  el origen  de la formación de las identidades americanas hasta cuestiones más recientes con una visión hasta cierto punto  didáctica, pero vistas a partir de la mejor pedagogía; la del alumbramiento; la de demostrar con el ejercicio algo tan bien dicho: “no solo de críticas vive el hombre por eso le echa recuerdos adentro”; y dar a los otros con generosidad,  las memorias de una lectura que queremos tener siempre en nuestra cabecera, las palabras que le hicieron crecer, cuidando mucho ser absoluto y, sobre todo, cuidando con tino el valor de la justicia cuando de enfocar temas controversiales  se trata. 
Celebro con mucha alegría la presentación de Aprendiz de América del autor  Ernesto Sierra, porque en sus palabras encontraremos la magia de esa vieja cartuja tan celebrada por  Benedetti, uno de los autores que, entre otros, se presenta  para el elogio y el merecimiento en estas páginas.  
Lo elogio y pongo mi fe  de que con ellas, el autor está también configurando y dando a todos  el mundo maduro que es el mundo americano de las letras.

martes, 23 de abril de 2013

AVATARES DE UNA BIBLIOTECA

 Ilustración: José Luis Fariñas. Todas las fotos registradas.
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La quema en el siglo I a.c. de la Biblioteca de Alejandría fue una pérdida irreparable para la humanidad, pero para la selecta y entonces ya bien organizada legión de bibliotecarios significó algo peor (desde entonces los acompaña una insaciable sed de venganza). La reacción inmediata a tan terrible hecho fue la diáspora. Los sobrevivientes se dispersaron, llenos de dolor y resentimiento, y fueron a refugiarse en lugares recónditos: inaccesibles castillos e ignotas abadías. De esa época es el rumor de que un pequeñísimo grupo de ellos llegó a la lejana Transilvania y se asiló, nada menos que en la tenebrosa morada del Conde Drácula. Cuentan que una vez allí, no pudiendo prescindir de su oficio, se dedicaban  a elaborar largos listados (muy parecidos a las actuales bases de datos) que servían al Conde para elegir organizadamente sus futuras víctimas. Otros destinos han sido narrados en innumerables volúmenes que, por diversos y multilingües que sean, tienen un mismo denominador: todos han desaparecido. Un buen ejemplo es el paradigmático El nombre de la rosa: mi ejemplar ya desapareció del estante donde reposaba.

Durante siglos han intentado reunirse para organizarse. Enceguecidos por la luz de aquel fuego primigenio, han preferido habitar en los laberínticos pasillos de sus bibliotecas. Nadie sabe qué hacen tanto tiempo metido dentro de ellas, por eso su mejor definición es el misterio. Cada libro encierra uno a más secretos, y las bibliotecas están llenas de ellos. Suponemos que eso hacen;  guardar celosamente sus secretos bajo el velo cómplice del misterio. Sólo salen de allí una vez al año: cuando intentan revivir la antigua unión. Lo han intentado en Europa, en la lejana Asia, hasta en las hirvientes tierras africanas, sin resultados. El destino parece estar en su contra. Por eso no me sorprende que lo intenten ahora en América. Sin embargo, no pude eludir la tentación de husmear en algunos legajos para corroborar mis sospechas. Asombrosos resultados encontré en la tradición literaria hispanoamericana. Enormes cantidades de libros, tomos, folios, carpetas, caracteres, citas: mucha literatura sospechosa. Tengo el tiempo contado: sólo mencionaré algunos ejemplos.

El primero es bastante conocido: Quevedo. Parece ser que tanta sátira no era más que fachada. Hallé un soneto que comienza: “Retirado en la paz de estos desiertos, con pocos, pero doctos libros juntos,”... que no es más que un poema de amor a los libros y a la lectura. En la misma España, doscientos años después me aparece el “Leer, leer, leer, vivir la vida/ que otros soñaron” de Unamuno; creo que su pasión es más que elocuente. Salto a Argentina y el libro casi me quema las manos,  me sale al paso Jorge Luis Borges, director de
la Biblioteca Nacional y ciego que declara: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esa declaración de la maestría/ de Dios que con magnifica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche”.

Parece ser que este es el menos recatado de todos, pues se reconoce miembro de una rara trilogía de ciegos directores de la Biblioteca Nacional, junto a su compatriota José Mármol y al francés Groussac. Devolviéndole el gesto a este último, un poco más tarde, Julio Cortázar se va a Francia y escribe: “Te evoco y veo que has sido/en mi pobre vida paria/una buena biblioteca”. Sin duda este fue más astuto, pues no se reconoció bibliotecario, sino cronopio.

La lista era interminable y todo me parecía claro. Me volqué entonces a despejar la última incógnita: Cuba. Pronto me enteré de que no hace mucho el edificio de su Biblioteca Nacional albergó un círculo de extraños poetas que pasaban horas y horas en su interior. Eran parte de un grupo llamada Orígenes. El más sospechoso, José Lezama Lima, había escrito un oscuro ensayo: “La biblioteca como dragón”. Corrí al lugar; entrevisté a todos y coincidieron en dos cosas: los “orígenes” apenas salían del edificio y nunca nadie supo qué hacían allí. No había nada más que averiguar. La nueva confabulación es un hecho consumado.

Ahora sólo falta que revele sus propósitos. Aquellos que un día vieron arder lo que más amaban juraron que se vengarían de la cruel humanidad inculcándole, para siempre, el vicio por la lectura. Así andamos muchos ya, encorvados por el peso de los espejuelos; carcomida la vista; adoloridas las vértebras cervicales y encorvadas las espaldas de tanto buscar en estantes de librerías y ficheros de bibliotecas. Por eso padecemos tantas campañas para la lectura, tantas exposiciones, ferias, subastas. Nadie sabe qué se les puede ocurrir esta vez, pero quiero advertir que nos pueden llegar a matar de tanto “Leer, leer, leer”...

Seguramente ya habré dejado de existir cuando se publiquen estas líneas. Habré pagado por mi osadía. Ojalá no sea más que una de mis tantas pesadillas.

jueves, 11 de abril de 2013

De bibliotecas y libros de colección


por: Marilyn Bobes.


Marilyn Bobes
El fervor borgiano por las bibliotecas acompaña a Ernesto Sierra desde la más temprana infancia. Aun antes de iniciarse en las lecturas de su Biblioteca Municipal, el niño que era sostenía una misteriosa e indisoluble relación con las palabras.

Por ello no es extraño que su primera incursión en la escritura de fición lleve como título Avatares de una biblioteca y que, nuevamente, tomando como referencia a Jorge Luis Borges sea en ese espacio sagrado donde ejerza, con exquisita efectividad, su oficio de narrador y compilador.

Este libro es una rara avis en el panorama de la literatura cubana. Para el autor es un “divertimento”. Para nosotros: un regalo que contiene la sabiduría del saber decir y la imaginativa manera de hacer del libro, más allá de un objeto de uso, una pieza de colección, como corresponde a quien tiene la literatura como ejercicio de vida y desafío a la creatividad.

Cinco piezas bastan a Ernesto para sumergirse en sus ficciones que, en su totalidad, convierten a la lectura en personaje protagónico.

Les confieso que prefiero entre todas la que da título al volumen donde el autor concentra todo su poder y su magia y nos ofrece un cuento antológico pletórico de erudición a partir de una prosa suelta y elegante.

“Cada libro—nos dice--- encierra uno o más secretos y las bibliotecas están llenas de ello”. Y esta quizás es la divisa que recorre las páginas de un volumen pequeño en extensión pero intenso y visceral en que se rinde homenaje a grandes nombres como Borges, Quevedo o Umberto Eco con los cuales Sierra tiene deudas muy bien asimiladas.

Como ya dije en la nota de contracubierta: la lectura, entendida como una dialéctica y un proceso activo, se nos presenta en esta obra como condición indispensable para el desciframiento de los misterios que la acompañan.

En un panorama literario donde el realismo, a veces soez, preside el afán de los narradores por mostrarnos la vida que supuestamente vivimos en absoluto, Avatares de una biblioteca se convierte en lección de lo que es posible todavía abordar desde un ángulo diferente, concediendo a lo universal la presencia e importancia que debe tener en la poética de los escritores cubanos.
 
No voy a referirme a las excelentes ilustraciones de José Luis Fariñas porque para ello contamos con voces más autorizadas; pero sí me gustaría apuntar que las entiendo como parte inseparable de los relatos al dotar a las grandes voces hispanoamericanas que hablan con ellos del apropiado entorno para una lectura que engloba el placer estético más allá de las palabras.

En este sentido también cabe destacar la cuidadosa labor que ha convertido al autor en antologador de fragmentos magistrales de hitos de la lengua española que dan unidad a los temas tratados y, en cierto sentido, los complementan.
 
Así, a modo de pequeños anaqueles que cruzan las páginas de este libro-biblioteca, encontraremos textos de José Lezama Lima, Ortega y Gaset, Gabriel García Márquez y Miguel de Cervantes. Una polifonía que enriquece la voz del narrador hasta fundirse con ella en propósitos y vocación.

En resumen Avatares de una biblioteca, publicado por Ediciones Boloña, es un libro de colección. Para los que amamos el mundo editorial y la literatura se trata de una empresa digna de encomio.

De ella sale triunfador Ernesto Sierra que nos demuestra sus virtudes de narrador a la vez que nos entrega un objeto sui géneris marcado por el refinamiento y el buen gusto. Ojalá los lectores y la crítica sepan apreciarlo en su justa dimensión.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Escribir en Cuba en el siglo XXI. (Apuntes para un ensayo posible)


Este martes 27 de noviembre, comenzó en la Casa de las Américas la ya habitual "Semana de Autor", que invita a un renombrado autor de nuestro continente a reunirse con el público para compartir lecturas, acercamientos críticos a su obra y presentaciones de libros. En esta ocasión el invitado ha sido Leonardo Padura, primer escritor cubano distinguido con dicho homenaje. Padura, el escritor cubano actual residente en la Isla con mayor éxito comercial y quizás el más leído, despierta el interés de sus lectores y la prensa tanto con sus textos como con sus opiniones públicas. He recibido algunos mensajes y llamadas que solicitan detalles propósito de esta "Semana"... Por eso decido compartir algunos textos de y sobre Padura, leídos en la Casa de las Américas, publicados en su portal digital, La Ventana. Es mejor leer el cuento, a que le cuenten a uno. 

Padura lee sus palabras en la Sala Che Guevara. 
Foto: (Bernardo) Todas las fotos registradas. Please don't use this image on websites, blogs or other media without my explicit permission. © All rights reserved

Intervención con la cual el escritor cubano Leonardo Padura dejó abiertos los días de la Semana de Autor, este martes 27 de noviembre en la Casa de las Américas


Hay tres preguntas que me hago con cierta frecuencia, y aunque para otras personas algunas de esas interrogantes puedan no tener demasiado o ningún sentido, tratar de encontrarle una respuesta convincente a cada una de ellas es uno de los desafíos que más me obsesiona. Y suelo ser bastante obsesivo.

La primera, y quizás la de más fácil y en apariencia obvia respuesta es ¿por qué soy cubano? La posible facilidad con que podría ser contestada, es decir, soy cubano simplemente porque nací en Cuba y he vivido toda mi vida en Cuba, por lo cual sentimental, cultural y humanamente no tengo otra opción que la de ser cubano, se puede complicar con cierto sentimiento de predestinación cósmica, de fatalidad o gracia geográfica (la maldita circunstancia de Virgilio o la Perla de las Antillas desde tiempos de España), razones todas ajenas a mi voluntad o capacidad de decisión. Pero incluso la respuesta podría enrevesarse más si a esa condición natal o incluso escogida, se le añaden los elementos de lo que implica una pertenencia asumida por encima de lo jurídico, y que caería entonces en un territorio donde sí incide el albedrío personal. Ahora bien, si como ocurre en tantas ocasiones, a esta simple pregunta se le intercala una recurrida y utilísima interjección muy común en el vocabulario de un cubano, y se ubica en un determinado contexto, puede perder toda su simplicidad aparente y convertirse en un desafío histórico o filosófico. ¿No es eso lo que ocurre cuando, en lugar de uno preguntarse “¿por qué soy cubano?”, se pregunta, “¿por qué coño soy cubano?”…

Hecha y matizada esa pregunta, su pertinencia en mi obsesiones se hace más evidente, pues sin ella y sus posibles respuestas, que pueden estar condicionadas por factores coyunturales, difícil me resultaría empezar a hacerme las otras dos preguntas recurrentes y evidentemente más complicadas: ¿por qué soy un escritor cubano? Y, sobre todo, una que calca y a la vez amplia y modifica el sentido de la anterior con una subordinada: ¿por qué soy un escritor cubano que escribe y vive en Cuba?

Si confieso que para la primera de estas dos últimas preguntas no tengo una respuesta convincente, tal vez no me creerán. Sobre todo porque mucha gente, empezando por mí mismo, no suele creer en esas predestinaciones cósmicas que antes mencioné. Solamente debo advertir que nací y crecí en una casa donde solo había 9 libros –ocho volúmenes de las Selecciones del Reader Digests y una Biblia-, que soy hijo de un masón y una católica a la cubana de los más corrientes y típicos, que crecí en un barrio llamado Mantilla donde todavía se dice “ir a La Habana” cuando alguien se traslada al centro de la ciudad, y que hasta 1980 el nivel escolar más alto alcanzado por alguien de mi familia era el octavo grado al que habían llegado, a duras penas, mi madre y una tía paterna. Resulta evidente que, con tales antecedentes, con la agravante de que durante los primeros dieciocho años de mi vida lo que más me atrajo y a lo que más tiempo dediqué fue a practicar, ver o pensar en el juego de pelota, y a que entre todas las obligaciones académicas de los estudios medios mi asignatura favorita era la de matemáticas, no veo en mi pasado remoto razón alguna que pueda indicar una vocación, en la edad en que se forjan las vocaciones más profundas.

Fue en la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, en un momento mutilada y condenada a ser solo Escuela de Letras y, de pronto, transfigurada en Facultad de Filología, donde me topé con el deseo de ser escritor, como si no pudiera dejar de hacerlo. Lo interesante es que llegué a ese sitio y encuentro por pura causalidad socialista, pues mi intención de graduado preuniversitario fue la de estudiar periodismo con el sueño de fungir como cronista deportivo. Pero en aquel preciso curso académico no abría la carrera de periodismo, como tampoco la de Historia del Arte, por la que luego intenté decantarme. Ante tanta reorganización de lo que estaba organizado –era el año 1975, la cúspide de la institucionalización del país-, trastabillando tras mi sueño de escribir sobre pelota, terminé estudiando Literatura Hispanoamericana, sin imaginar siquiera que aquellas “actualizaciones” universitarias me pondrían en el camino de lo que ha sido mi vida profesional y sentimental, o sea, toda mi vida, pues mientras estudiaba esa carrera sentí por primera vez la posibilidad de soñar, no ya con la crónica deportiva, sino con la práctica de la literatura y además encontré a la muchacha que, desde entonces, me acompaña en cada acto de mi existencia (aunque debo admitir que a veces lo hace a regañadientes). Por ello, a diferencia de otros pretendientes a escritores o incipientes escritores que comenzaron a levantar la cabeza en la isla por aquellos años finales de la década de 1970 y que se harían más visibles en el decenio siguiente, cuando comienzo a sentir las exigencias de la literatura, yo no tenía la menor conciencia de en qué universo pretendía entrar y, de hecho, estaba entrando.

Justo por aquellos años una de las profesiones más ingratas a las que se pudiera aspirar en Cuba era precisamente la de practicar la literatura, a la cual, sin embargo, se daban entusiastamente tantos habitantes del país que se podía tener la impresión de que éramos el paraíso de los escritores. Porque en la Cuba de 1980 había, además de poetas, narradores y ensayistas a secas, también muchísimos creadores “colectivos” de teatro nuevo, legiones de escritores policiales, de testimonio y de ciencia-ficción, y miles de talleristas, escritores voluntarios y escritores aficionados, todos con sus concursos, premios y publicaciones. Curiosamente aquella superpoblación de nuestra República de las Letras había cuajado justo cuando varias decenas de los más notables escritores cubanos, por causas, sospechas y hasta simples suspicacias de diverso origen, había vivido toda una década de marginación y silencio, en medio de la cual algunos de ellos se encontraron con la muerte y el silencio eterno. Mi desconocimiento o mal conocimiento de aquella historia oscura no me hizo dejar de notar, sin embargo, algo que me pareció alarmante: ¿tan graves habían sido los pecados o deslices de estos escritores cubanos si en aquellos inicios de la década de 1980 se les rehabilitaba silenciosamente, como si lo pasado nunca hubiera pasado?

Fue en el ambiente más favorable de esos años cuando me hice –o comencé a hacerme- un escritor cubano que vivía en Cuba, y por vía atmosférica, más que por un proceso de racionalización, fui descubriendo cómo debía enfrentar la literatura alguien que pretendiera ser aquello en lo que yo me estaba convirtiendo: un escritor cubano que vive en Cuba. Para comenzar, alguien con tal condición era un compañero que necesariamente debía tener un trabajo (como periodista, asesor literario, profesor, funcionario) y realizar además de sus empeños literarios, que se hacían en horas robadas al descanso o al horario laboral; era alguien cuya aspiración máxima radicaba en el hecho de sacar un turno en la cola para publicar sus obras en alguna editorial de la isla, pues el extranjero resultaba algo difuso, lejano, solo accesible para figuras ya históricas como Alejo Carpentier y Nicolás Guillén, o para autores tan reconocidos como Manuel Cofiño, el escritor por excelencia, en cuyo maletín siempre estaban los sobados contratos de las traducciones al ruso, moldavo, rumano, uzbeko de sus exitosas y muy promovidas y reeditadas novelas. Y un escritor cubano debía ser, además, un ser social con suficiente conciencia de clase, del momento histórico –siempre hemos vivido en un momento histórico- y de la responsabilidad del intelectual en la sociedad, como para escribir solo que se suponía –o le hacían suponer- que debía escribir. En dos palabras: alguien capaz de manejar con tino el arte castrante de la autocensura para evitar el agravio de la censura.

Para un pretendiente a escritor cubano mis destinos laborales de aquella década de 1980 fueron los mejores que hoy pudiera imaginar y, si me hubiera sido posible, escoger. Para mi fortuna, mi primer centro de trabajo fue El Caimán Barbudo cuando “El Caimán” se había convertido en el centro más activo de las pequeñas (o no tan pequeñas) preocupaciones de los jóvenes escritores de entonces. Así, en “El Caimán” pude hacer mi conocimiento del mundo y las figuras de la literatura cubana de aquel momento y desarrollé un fuerte sentimiento de pertenencia generacional. Allí también aprendí que las reglas de juego establecidas en la década de 1970 para el mundo de la cultura, seguían funcionando en una especie de extrainning interminable y que cualquier movimiento en falso podía ser considerado un “balk” por los árbitros de la pureza ideológica. Luego, tras mi salida bastante estrepitosa del mensuario cultural (me cantaron un “balk”), fui a trabajar al vespertino Juventud Rebelde, donde se suponía que debía ser reeducado ideológicamente, pero donde en realidad me eduqué literariamente, gracias al conocimiento más íntimo de la historia de mi país, a las muchas horas que pude dedicar a la lectura y a la práctica de un periodismo que me abriría las puertas de una conciencia de lo que iba a ser mi literatura. Pero, sobre todo, porque en esos años conseguí hacer un reconocimiento más maduro de mis expectativas, de mí mismo y de la sociedad en la que vivía –a lo que mucho me ayudó, de manera dolorosa pero rápida y eficiente, el año que pasé en Angola y a lo largo del cual conocí no solo el miedo (algo muy personal), sino también la verdadera pobreza material, y las miserias y bondades de los seres humanos, manifestadas en sus estados más consolidados y patentes.

En aquella época, aunque escribí muy poco –sobre todo en la etapa de Juventud Rebelde, cuando fui cariñosa y peligrosamente absorbido por la labor periodística-, junto a otros escritores de mi generación, fui perfilando unos intereses literarios que mucho tenían que ver con nuestras propias experiencias, pero también con una lógica reacción a lo que se había escrito en Cuba, y cómo se había escrito, en los años anteriores, los del terrible decenio negro. Una incipiente conciencia de que la política y la literatura debían tener existencias independientes, de que el hombre y sus dramas puede o debe ser el centro de la creación artística, y de que mirar críticamente el entorno era una responsabilidad posible para el escritor, fueron moldeando unos intereses colectivos y haciéndose patentes en las obras que, con mayor o menor fortuna artística, creamos y hasta publicamos en esos tiempos, no sin ciertos sobresaltos, aunque en realidad atenuados respecto al pasado inmediato.

Pero (por la dichosa conjunción cósmica o por una simple necesidad histórico-concreta) sería la década de 1990 la de mi conversión real y definitiva en un escritor, por supuesto que cubano y que viviría en Cuba, con el colofón de llegar a ser, a partir de 1995, un escritor profesional... Sería aquella época, además, y por cierto, la de la caída del muro de Berlín, el tambaleo y derrumbe de la hermana Unión Soviética, y la de los tiempos más álgidos del Período Especial. Si en medio de aquellas catástrofes, que tuvieron efectos tan directos como la falta (entre otras cosas) de electricidad, comida y transporte, además de la paralización de la industria cultural y editorial del país, si en medio de tantas incertidumbres continué siendo un escritor cubano que vivía en Cuba quizás se deba, sobre todo, a que la primera pregunta de las que me obsesionan –es decir, ¿por qué soy cubano?- colocó en las balanzas posibles todo su peso interior a través de un sentido de pertenencia y porque ya era un escritor cubano (a esas alturas ya difícilmente podía ser otra cosa) y mi intención era ser un escritor cubano que escribiera sobre Cuba, con la mayor libertad y sinceridad posibles, empeñado en reflejar los conflictos (al menos algunos de ellos) de mi sociedad y asumiendo los riesgos inherentes a tal empeño. Y, atado a mis pertenencias y para conseguir ese propósito literario, decidí personal, soberana y conscientemente quedarme en Cuba y, a pesar de las carencias e incertidumbres que nos tocaban las puertas a casi todos, y hasta de mis propios miedos, escribir en Cuba y sobre Cuba.

Fue la práctica de la literatura la que me salvó entonces de la locura y la desesperación a la que me abocaba el medio ambiente. Entre 1990 y 1995, mientras fungía como jefe de redacción de La Gaceta de Cuba y tres veces a la semana hacía en bicicleta el recorrido Mantilla-Vedado-Mantilla, en invierno y en verano, en seca o en lluvia, la escritura se convirtió en mi refugio y escribí en ese período tres novelas –Pasado perfecto, Vientos de cuaresma y Máscaras-, un libro de cuentos, mi largo ensayo sobre Carpentier y lo real maravilloso, tres o cuatro guiones de cine y hasta organicé dos libros con mi periodismo de los años anteriores y una antología de cuentistas cubanos, El submarino amarillo. Gracias a la literatura viajé a España, México, Colombia, Argentina, Italia, Estados Unidos. Gracias a la literatura y a esos viajes y al pasaporte uruguayo de Daniel Chavarría pude comprarme una computadora y hasta una lavadora y algunas bandejas de picadillo de res en las tiendas en divisa, cerradas entonces para los cubanos, pero con un resquicio abierto para los escritores cubanos que vivíamos en Cuba y obteníamos alguna moneda fuerte de nuestras estancias en el extranjero, cuando esa moneda era convenientemente trocada en unos cheques rojizos que nos permitían acceder a aquel privilegio que, aunque no incluía las computadoras, nos salvaba de la inanición y de la cárcel (cuando allá podías terminar por andar por la calle con unos dólares en el bolsillo).

Es hora ya de advertir que, si para hablar de lo que ha sido y, sobre todo, de lo que es la práctica de la literatura en Cuba, parto de un recuento de caminos, avatares y decisiones personales, se debe a la percepción de que mi experiencia individual como escritor cubano que ha vivido y vive en la isla, recibió y ha recibido a lo largo de treinta años el peso y la influencia de todas las circunstancias por las que ha ido pasando el ejercicio de este arte en el país y que, de muchas maneras, han condicionado mis expectativas y necesidades de creador y de ciudadano perteneciente a una generación muy específica de cubanos: la que nació en la década de 1950, estudió en las universidades durante el crítico período de los 70 y entró en la literatura insular, con una tímida ruptura, en los años de 1980. La generación que, en el momento de su madurez y posible eclosión, vio alterado su desarrollo o evolución con la llegada del eufemísticamente bautizado Período Especial que marcó la última década del siglo XX y proyectó su espectro hasta este presente de hoy, de ahora mismo, la generación literaria cubana que tal vez con mayor encono recibió los golpes pero también los beneficios –sí, los beneficios- de esos años que el solo hecho de recordarlos da hambre, calor y hasta riesgos de sufrir una polineuritis cegadora. ¿Se acuerdan de la polineuritis, verdad?

Porque en medio de aquel caos, locura, lucha por la supervivencia pura y dura que se instauró en el país, mientras escribía como un loco para no volverme loco, algo comenzó a cambiar en la condición del escritor cubano que vivía en Cuba, movida por la presión de esa especie cultural que, por supuesto, ya no era tan abundante como en los días de 1970 y 1980, pues publicar un libro en una editorial del país se convirtió en algo excepcional y muchos dejaron de intentarlo, porque otros “escritores” emergidos en los 70 no lo eran tanto y se evaporaron, y porque otros muchos de los escritores cubanos que vivían en Cuba cambiaron su condición por la de escritores cubanos que vivían fuera de Cuba o, como se les ha dado en llamar, escritores de la diáspora o el exilio (una relación, lamentablemente desactualizada, aparece en el epílogo al Informe contra mi mismo, del entrañable y ya desaparecido Lichi Diego, alias Eliseo Alberto).

Lo que se movió en el territorio de la creación y específicamente de la literatura cubana fue una suma de circunstancias materiales y espirituales capaces, en su conjunto, de redefinir la situación del escritor que vivía en Cuba y alterar de modo bastante radical el contenido y las intenciones de su obra. Entre esos elementos estuvo la ya mencionada paralización de la industria editorial del país, lo que obligó a los escritores a buscar por el mundo un premio literario que los salvara de la inopia y, a la vez, una vía para estampar sus obras, sin que, por primera vez en tres décadas aquellas intenciones editoriales se convirtieran en un pecado, punible como todos los pecados; por supuesto, esta relación diferente con el presunto o al fin encontrado editor extranjero creó una dinámica a su vez diferente, menos prejuiciada, entre el escritor y su obra, pues esta última ya no estaba destinada, al menos en primera instancia, a un editor cubano que podría leerla como un funcionario del estado cubano y, desde tal perspectiva comprometida, admitirla o rechazarla; súmese a estos dos elementos, otros de carácter social y espiritual que marcarían la época: el desencanto, el cansancio histórico, la revisión crítica de la sociedad y sus actores a que nos abocaron la crisis y el conocimiento de nuestra y otras realidades, de algunas verdades ni siquiera sospechadas en toda su dimensión y los propios cambios en una sociedad que estaba sufriendo violentas contracciones y dando origen a actitudes y necesidades antes sumergidas o incluso inexistentes… El resultado de todas esas revulsiones fue una literatura que muy pocos, quizás nadie, podía concebir o imaginar en los años anteriores, una literatura de indagación social, de fuerte vocación crítica, incluso en muchas ocasiones de disenso con el discurso oficial, que con su carácter y búsquedas marca los rumbos que ha seguido desde aquellos años finales del siglo XX hasta estos ya no tan iniciales del siglo XXI lo que puede considerarse el main-stream de la literatura cubana. Y en ese rubro incluyo, por supuesto, la que escriben los que viven en Cuba y los que viven fuera de Cuba, la que se publica y distribuye en Cuba y la que se edita fuera de la isla. Una creación que, justo es decirlo, muchas veces consiguió ser estampada y distribuida en Cuba, gracias a una percepción más realista del entorno y de las necesidades de expresión artística por parte de las autoridades culturales del país.

Esa literatura que se comenzó a escribir y publicar en la década de 1990, y de la cual yo participé, se propuso indagar en rincones oscuros o inexplorados de la realidad nacional, mirar críticamente hacia el pasado, bajar a los fondos de la sociedad en que vivíamos, encontrar respuestas a preguntas existenciales, sociales y hasta políticas a las circunstancias que habíamos atravesado. Varios de los escritores de ese momento consiguieron el propósito de encontrar casas editoriales fuera de la isla, entidades que publicaron y promovieron su obra, y les confirieron un nuevo sentido de independencia, tanto literaria como económica. En el terreno de lo artístico tal independencia se manifestó en una creación cada vez menos condicionada a lo establecido, más abiertamente crítica incluso, o sencillamente, más personal. En el plano de lo económico permitió la profesionalización de algunos escritores y la posibilidad de conseguirlo de muchos otros, una condición impensable hasta la década de 1980 y que, por supuesto, confería otra dosis de independencia al escritor cubano que vivía y escribía en Cuba.

En medio de esa nueva circunstancia nacional, tal vez el mayor error de esta literatura más desenfadada o desencantada o intencionadamente crítica haya sido su falta (o la incapacidad de algunos de sus creadores) de una perspectiva más universal, es decir, menos localista. La insistencia en determinados mundos sociales, personajes representativos, problemáticas específicas y modos expresivos que se tornaron repetitivos, hizo que una parte notable de esta literatura se encallara en lo inmediato, en las tan peculiares peculiaridades cubanas, y creó una retórica que, al pasar el momento de júbilo internacional por esa nueva literatura creada en la isla, en especial la novelística, cortó o dificultó el acceso a las editoriales foráneas (las cuales viven sus propias crisis) de nuevos escritores cubanos que viven en Cuba y escriben sobre Cuba.

Pero sobre esta creación, desde los años finales del siglo pasado y sobre todo en los que corren del presente han gravitado otras condiciones que, a mi juicio, están afectando su desarrollo.

Ante todo está la certeza de que la escritura en Cuba es un acto o vocación de fe, un ejercicio casi místico. En un país donde la publicación, distribución, comercialización y promoción de la literatura funciona de acuerdo a coyunturas por lo general extra artísticas y no comerciales, búsqueda de equlibrios culturales y hasta códigos aleatorios de imposible sistematización, la situación del escritor y su papel se vuelven inestables y difíciles de sostener. Los escritores que publican en Cuba reciben por sus obras unos derechos retribuidos en la cada vez más devaluada moneda nacional –en función de lo que se puede adquirir con ella-, cantidades pagadas muchas veces con relativa independencia de la calidad de su obra o de la aceptación pública que consiga. Estos derechos de autor, por supuesto, hacen casi imposible la opción por la profesionalización de los escritores (lo cual, justo es recordarlo, resulta bastante común en todo el mundo), lo cual puede incidir en la calidad de la obra emprendida. ¿Con qué recursos cuenta un escritor cubano para dedicar, digamos, tres o cuatro años a la escritura de una novela que requeira de ese tiempo de elaboración? Resulta evidente que no puede depender solo de sus derechos en pesos cubanos y que debe buscar otras alternativas laborales o profesionales con las cuales ganarse la vida o en las cuales desgastarse la vida mientras dedica el tiempo restante a la creación. El estado calamitoso de la novela cubana de los últimos años puede o no tener una relación directa con esta situación existencial y económica (imposible de revertir o al menos de aliviar mientras no cambie toda la “situación económica”), pero su estado de deterioro puede ser visible, por ejemplo, si contamos cuántas obras de este género, el más leído y publicado en el mundo, obtienen los premios anuales de la Crítica Literaria, un rasero subjetivo pero posible para medir las calidades de lo que se difunde a través de las casas editoras del país.

Otra cuestión que afecta al escritor cubano desde hace décadas, pero que se ha agudizado en los últimos tiempos, es su lamentable desinformación respecto a la literatura que se está creando en otras latitudes. Todos los lectores cubanos, todos los escritores que vivimos en la isla, padecemos de esta desactualización porque, incluso en el caso de los más enterados, siempre su relación con lo que se lee en el mundo resulta aleatoria, dependiente no de sus necesidades sino de sus posibilidades de comprar o encontrarse con determinados autores y obras que, en ningún caso, se publican o distribuyen normalmente en el país. De esta forma, el escritor cubano del siglo XXI que vive en Cuba –donde tiene un precario acceso a Internet, o simplemente no lo tiene-, se mueve a bastonazos de ciego por el universo de la literatura de su tiempo, en la cual debe insertarse y con la cual debe compartir el mercado, si logra llegar a abrir alguna puerta de esa instancia tan satanizada pero a la vez tan necesaria, incluso para la creación y la promoción nacional e internacional de la literatura.

No se puede olvidar tampoco que con mucha frecuencia el escritor cubano que vive en Cuba y escribe en Cuba debe además enfrentar una muy deficiente política promocional, entre otras razones por la propia inexistencia de un mercado del libro dentro del país, pero también, entre otros factores, por el ruinoso estado de la crítica literaria doméstica y por la todavía presente, en estos tiempos de cambio de mentalidad y de muchas otras cosas, sospecha política a la que puede verse sometido si su obra no es complaciente con los preceptos de la ortodoxia fundada en aquellos lejanos pero todavía (para algunas mentes) actuantes límites de lo “correcto” patentados en los años 1970. La suma de estos elementos ha creado, en contra de la propia validación de la literatura que se hace en el país, la sensación de que por dos generaciones la isla apenas ha dado –o simplemente no ha dado- escritores de importancia, provocando una falsa imagen de vacío.

Aunque no lo deseaba especialmente, debo volver ahora a la experiencia personal para ejemplificar cómo puede funcionar la realidad antes descrita. Cuando hace poco más de un mes la Casa de las Américas me invitó a ser el escritor que protagonizara esta Semana de Autor, más aun, el primer escritor cubano al que se le dedicara la Semana de Autor, mi previsible reacción fue de asombro. Como suelo hacer, comencé a preguntarme cosas y la primera cuestión fue: ¿por qué yo y no otros escritores más reconocidos o institucionalizados, figuras que incluso exhiben Premios Nacionales en sus currículos? Antes de hacerme más preguntas, dije a la dirección de la Casa que sí, por supuesto que sí aceptaba, con mucho orgullo, el honor y reconocimiento a un trabajo que esta Semana de Autor representa, pero a la vez no pude dejar de recordar que un año atrás, cuando la Maison de América Latina de París, el Pen Club Francés y la sociedad de amigos de Roger Caillois me entregó el premio que lleva el nombre de ese importante escritor, ningún medio oficial nacional se acercó a mí o promovió, como se promueven otros acontecimientos o acciones, un suceso que me desbordaba como escritor y entrañaba, como es evidente, un reconocimiento para la literatura cubana, sobre todo la que se hace en Cuba por los escritores que vivimos en Cuba. Porque, en la lista de los anteriores galardonados con el premio –ninguno cubano- aparecían los nombres, entre otros, de Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Alvaro Mutis, Adolfo Bioy Casares… y ahora el de un cubano que sigue escribiendo y viviendo en Cuba.

No se puede olvidar, al recorrer la situación actual del escritor cubano que vive en Cuba y anotar algunas de sus tribulaciones y logros, el más esencial de los elementos que, a mi juicio, definen su carácter y, sobre todo, el de su obra. A diferencia de otros países, donde los escritores más notables o activos suelen tener una presencia social o artística gracias al soporte de los medios de mayor circulación o prestigio, el escritor cubano apenas tiene su obra y alguna que otra entrevista como vía para expresar su relación con el mundo, con su realidad, con sus obsesiones. Muchas veces la obra literaria se ve obligada a asumir entonces roles más ambiciosos y complicados de los que normalmente le competen, y funciona –o se le hace funcionar- como instrumento de indagación social y como medio para testimoniar una realidad que, de otra forma, no tendría un reflejo que la fijara y diseccionara. El escritor cubano que vive en Cuba, y día con día enfrenta la realidad del país, con sus cambios, evoluciones, reacciones sociales y sueños personales realizados o frustrados, se ha convertido en uno de los más importantes recolectores de la memoria del presente que tendrá el futuro. Esta responsabilidad añadida a la propia responsabilidad literaria confiere al escritor un compromiso civil que le da una dimensión más trascendente a su trabajo. Escribir sobre Cuba, sobre lo que ha sido y es Cuba y lo que son los cubanos de ayer y de hoy, con la sinceridad y profundidad que merecen esas entidades socio-históricas y humanas, es tal vez la tarea más compleja y a la vez satisfactoria que puede enfrentar el escritor cubano que vive en esta Cuba del siglo XXI. Porque es un deber con los cubanos y con la nación, porque es su destino, y porque si alguna vez ese escritor se pregunta ¿por qué soy cubano?, ¿por qué soy un escritor cubano?, y ¿por qué soy un escritor cubano que vive en Cuba? también podría cambiar el por qué en un para qué y quizás encontrar sus propias respuestas, incluso más cercanas a las predestinaciones cósmicas, pero también al papel social que ha asumido con esa vocación de fe que es la práctica de la literatura.



Texto tomado de: laventana.casa.cult.cu