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jueves, 20 de diciembre de 2012

Leonardo Padura: Cuba es más grande que nosotros mismos.





De mis años de bibliotecario guardo muchas anécdotas insólitas y una de ellas la causó Leonardo Padura o, mejor dicho, sus libros. Una mañana de 1995 0 1996, no puedo precisar bien, un colega  vino a verme preocupado por el estado físico de los únicos ejemplares que teníamos de Vientos de cuaresma y Máscaras. Los libros apenas tenían un año o dos de publicados pero, más allá de la calidad de la impresión estaban desojados, con las cubiertas descoloridas, doblados, eran un  pequeño desastre. La causa de aquel prematuro envejecimiento era el uso constante de los libros. Los usuarios los pedían constantemente y había cola para leerlos. Ahí supe que estas novelas de Padura habían desplazado en la popularidad de los lectores a La última noche que pasé contigo, de Mayra Montero. 
Después de orientar una rápida e inusitada restauración para libros tan jóvenes, me puse en la cola de lectores y así me adentré en las peripecias de Mario Conde y sus tramas policiales sazonadas con una mirada crítica al entorno social cubano de los años 90. Fue una lectura conciliadora con la literatura policial del patio, la cual casi había recibido su acta de defunción apenas unos años antes cuando en un congreso de escritores policiales, alguien dijo que no podía haber novela policiaca en un país en el cual no podías montarte en un taxi y decirle al chofer: -¡Rápido, siga a ese coche! Había leído los ensayos de Padura, su periodismo y ahora estas novelas me llevaban al reencuentro con un género de mis preferencias pero que había caído en franca bancarrota en nuestra literatura. Y, por demás, traían el atractivo añadido de utilizar lo policial como nervio central concatenado con otras maneras discursivas y, así el realismo literario y el periodismo, se unieron en textos que generaron esa sorprendente popularidad que menciono. Desde entonces, como tantos, no he dejado de leer los libros de Padura, cada vez más versátiles más sorprendentes, más literarios. 
Quiso el azar que, a las lecturas y simpatías por su obra, nos conociéramos hace ya algunos años y desde entonces hemos mantenido una cordial relación signada por la simpatía y el respeto. Esta circunstancia nos ha deparado las sorpresas de intentar hilvanar una conversación en la esquina de la UNEAC, hasta charlar durante horas con el estelar industrialista Lázaro Vargas., sobre esa otra gran pasión de Padura: la pelota.
Ayer el Instituto Cubano del Libro anunció que le fue otorgado a Leonardo Padura el Premio Nacional de Literatura 2012 por un jurado presidido por Reynaldo González. El premio será entregado en la venidera Feria Internacional del Libro de la Habana, 2013.
En el calor de la noticia me apresuré a saber las impresiones del premiado. 



Leonardo Padura: Cuba es más grande que nosotros mismos.

Por: Ernesto Sierra


E.S:¿Cómo recibiste la noticia?
-Trabajando. Como he estado en los últimos 32 años, desde que me gradué de la Universidad. Sabes que soy un trabajador obsesivo y este ha sido un premio al trabajo. Por eso lo recibo con orgullo, como reconocimiento de las instituciones culturales y un grupo de escritores a un trabajo. Y como estaba trabajando, me sorprendió la llamada de Reynaldo González, el presidente del jurado, para decirme que yo era el elegido del 2012. Por supuesto, de la sorpresa pasé a la felicidad y, como no podía dejar de ser, a la primera persona a quien se lo dije fue a Lucía, mi mujer, que es parte importante de este premio, y luego a mis padres, que todavía están acá, con sus 80 y pico a cuestas, y que son la otra parte importante de todo lo que he sido y he querido ser, pues si no me pudieron dar un apoyo cultural, sí me dieron algo muy importante: confianza. Nunca me obligaron a hacer nada, solo confiaron en mí… incluso si no iba a la escuela para quedarme jugando pelota por los terrenitos de Mantilla, hace 50 años.


E.S: -Hace apenas unos días afirmabas en la “Semana de Autor” que te dedicó la Casa de las Américas que aceptabas con orgullo la invitación de la Casa a ese reconocimiento a tu obra pero que a la vez no podías deja r de recordar que un año atrás, cuando la Maison de América Latina de París, el Pen Club Francés y la sociedad de amigos de Roger Caillois te entregaron el premio que lleva el nombre de ese importante escritor, ningún medio oficial nacional se acercó a ti o promovió, como se promueven otros acontecimientos o acciones, un suceso que te desbordaba como escritor y entrañaba, como es evidente, un reconocimiento para la literatura cubana, sobre todo la que se hace en Cuba por los escritores que vivimos en Cuba. ¿Sorprendido con este premio a solo una semana de aquellas palabras que llamaban la atención sobre una zona de silencio en torno a tu obra dentro de Cuba?

L:P: - Sí y no. Creo que alrededor de mi trabajo y de mi persona ciertas instancias de decisión y de los medios han querido tender un manto de silencio, como respuesta a la postura que he sostenido por años en mi trabajo como escritor y como periodista, y a mi actitud como ciudadano. Muchos consideran que soy excesivamente crítico –y cosas peores, algunas de las cuales he leído hace muy poco. Lo curioso es que muchas de las personas que al frente de determinadas instancias de decisión han pesando y actuado así, hoy no están ahí (están en otros lugares, laborales, geográficos, mentales), pero yo sigo aquí, haciendo lo mismo, con un sentido de riesgo, a veces hasta recibiendo ataques, pero con la misma postura ética que se fundamenta en decir lo que creo que se debe decir, independientemente de que sea o no oportuno, solo convencido de que es necesario. Y si mi trabajo, o los resultados de mi trabajo, no han tenido la proyección que otros menos significativos pero políticamente “correctos” suelen tener, cuento a mi favor con algo que es mucho más importante: la respuesta de los cubanos para los que escribo y desde cuyas preocupaciones, frustraciones, alegrías, formas de pensar, yo escribo. ¿Y sabes qué? Ahora más que nunca me siento comprometido a seguir con el martillo en la mano, para, como me dijo un colega y amigo al felicitarme por el premio, “poner en evidencia que golpear cada día el yunque saca chispas en el metal más duro”. Porque yo soy un escritor, vivo en Cuba y escribo en Cuba por una decisión personal y cultural, y mi compromiso no es con lo que piensen o crean determinadas personas, sino con mi país, que es más grande que todos nosotros. Y si estoy o estuviera equivocado, bueno, pues también es mi derecho a equivocarme, pues lo que me hubiera podido llevar al error es mi fe y mis ideas. Otros que deciden más que yo se han equivocado más veces, en cosas más trascendentes... Pero, en cualquier caso, siempre es lamentable ver cómo ciertas mezquindades y miedos funcionan en nuestra sociedad y hasta deciden qué es lo bueno, lo regular y lo que no es conveniente… y a veces yo caigo en la categoría de lo “inconveniente”.

E.S: -¿Qué significa para tu oficio de escritor este premio con el que ha sido distinguida una nómina de escritoras y escritores que ostentan una obra tan reconocida como disímil entre si y tan diferente de la tuya en algunos casos?
L.P: -Para mí, en lo particular, es un compromiso con la cultura cubana, la que fundó Heredia hace 200 años y que tanto ha significado para la vida de este país tan chiquito y tan desproporcionado por su tremenda capacidad de crear una cultura artística que es más grande que su geografía. Ser un escritor cubano es un reto. Ser un escritor cubano en el siglo XXI, es un doble reto. Porque muchas veces hay que escribir contracorriente (o sin corriente, como nos pasó en los años 1990), porque no se acaba de separar lo político de lo artístico, lo pasajero de lo permanente, las ideas sociales de las personas individuales, la geografía de la pertenencia. Significa, también, un compromiso con mi trabajo, un nuevo convencimiento de que si en un momento se me ocurre la peregrina idea de pensar que he llegado (a dónde sea), en mi próximo libro proponerme llegar un poco más lejos, siempre retarme, siempre complicarme la existencia. Y en otro plano, el de mi generación de escritores, sobre todo los narradores, creo que significa la demostración de que teníamos la razón cuando nos propusimos cambiarle la mala cara a la literatura cubana que nos encontramos en 1980, y entre todos, comenzamos a golpear el yunque… Por eso creo que mi trabajo no hubiera sido posible sin el de los colegas y amigos que me han acompañado en ese empeño por 30 años: Arturo, Abilio, Senel, Luis Manuel, Abel, Mejides, Daína, Reynaldo Montero, Lichi, Sacha, Jorge Luis Hernández y poetas como Reina, Ramoncito, Alex Fleites, Lorente… y paro de hacer la lista porque serían muchos los que deberían estar y muchos los que se me podrían olvidar en este momento preciso: en fin, todos esos que saben que deben estar ahí, pues han estado conmigo.
Por último, creo que este premio ratifica algo muy importante para mí: y es que si un día me propuse utilizar los recursos de los “géneros” (la novela policial, la novela histórica), que para algunos eran y son formas “menores” de la literatura, me ratifica, te decía, que con esos instrumentos se podía hacer literatura si uno entraba en ellos con esa pretensión: hacer literatura. Creo que el hecho de que mis novelas “policiales” hayan ganado muchos premios de literatura “seria”, que haya sido publicada fuera de Cuba y en Cuba por editoriales y colecciones que habitualmente no publican novelas “policiales”, que los críticos y estudiosos se hayan detenido en ellas y que los lectores se interesen más en el cómo o el por qué que en el quién (un asesino), requetecontrarratifica que es posible hacer literatura desde los géneros y, chico, hasta ganar un premio nacional de literatura con esas novelas.



sábado, 1 de diciembre de 2012

Escribir en Cuba en el siglo XXI. (Apuntes para un ensayo posible)


Este martes 27 de noviembre, comenzó en la Casa de las Américas la ya habitual "Semana de Autor", que invita a un renombrado autor de nuestro continente a reunirse con el público para compartir lecturas, acercamientos críticos a su obra y presentaciones de libros. En esta ocasión el invitado ha sido Leonardo Padura, primer escritor cubano distinguido con dicho homenaje. Padura, el escritor cubano actual residente en la Isla con mayor éxito comercial y quizás el más leído, despierta el interés de sus lectores y la prensa tanto con sus textos como con sus opiniones públicas. He recibido algunos mensajes y llamadas que solicitan detalles propósito de esta "Semana"... Por eso decido compartir algunos textos de y sobre Padura, leídos en la Casa de las Américas, publicados en su portal digital, La Ventana. Es mejor leer el cuento, a que le cuenten a uno. 

Padura lee sus palabras en la Sala Che Guevara. 
Foto: (Bernardo) Todas las fotos registradas. Please don't use this image on websites, blogs or other media without my explicit permission. © All rights reserved

Intervención con la cual el escritor cubano Leonardo Padura dejó abiertos los días de la Semana de Autor, este martes 27 de noviembre en la Casa de las Américas


Hay tres preguntas que me hago con cierta frecuencia, y aunque para otras personas algunas de esas interrogantes puedan no tener demasiado o ningún sentido, tratar de encontrarle una respuesta convincente a cada una de ellas es uno de los desafíos que más me obsesiona. Y suelo ser bastante obsesivo.

La primera, y quizás la de más fácil y en apariencia obvia respuesta es ¿por qué soy cubano? La posible facilidad con que podría ser contestada, es decir, soy cubano simplemente porque nací en Cuba y he vivido toda mi vida en Cuba, por lo cual sentimental, cultural y humanamente no tengo otra opción que la de ser cubano, se puede complicar con cierto sentimiento de predestinación cósmica, de fatalidad o gracia geográfica (la maldita circunstancia de Virgilio o la Perla de las Antillas desde tiempos de España), razones todas ajenas a mi voluntad o capacidad de decisión. Pero incluso la respuesta podría enrevesarse más si a esa condición natal o incluso escogida, se le añaden los elementos de lo que implica una pertenencia asumida por encima de lo jurídico, y que caería entonces en un territorio donde sí incide el albedrío personal. Ahora bien, si como ocurre en tantas ocasiones, a esta simple pregunta se le intercala una recurrida y utilísima interjección muy común en el vocabulario de un cubano, y se ubica en un determinado contexto, puede perder toda su simplicidad aparente y convertirse en un desafío histórico o filosófico. ¿No es eso lo que ocurre cuando, en lugar de uno preguntarse “¿por qué soy cubano?”, se pregunta, “¿por qué coño soy cubano?”…

Hecha y matizada esa pregunta, su pertinencia en mi obsesiones se hace más evidente, pues sin ella y sus posibles respuestas, que pueden estar condicionadas por factores coyunturales, difícil me resultaría empezar a hacerme las otras dos preguntas recurrentes y evidentemente más complicadas: ¿por qué soy un escritor cubano? Y, sobre todo, una que calca y a la vez amplia y modifica el sentido de la anterior con una subordinada: ¿por qué soy un escritor cubano que escribe y vive en Cuba?

Si confieso que para la primera de estas dos últimas preguntas no tengo una respuesta convincente, tal vez no me creerán. Sobre todo porque mucha gente, empezando por mí mismo, no suele creer en esas predestinaciones cósmicas que antes mencioné. Solamente debo advertir que nací y crecí en una casa donde solo había 9 libros –ocho volúmenes de las Selecciones del Reader Digests y una Biblia-, que soy hijo de un masón y una católica a la cubana de los más corrientes y típicos, que crecí en un barrio llamado Mantilla donde todavía se dice “ir a La Habana” cuando alguien se traslada al centro de la ciudad, y que hasta 1980 el nivel escolar más alto alcanzado por alguien de mi familia era el octavo grado al que habían llegado, a duras penas, mi madre y una tía paterna. Resulta evidente que, con tales antecedentes, con la agravante de que durante los primeros dieciocho años de mi vida lo que más me atrajo y a lo que más tiempo dediqué fue a practicar, ver o pensar en el juego de pelota, y a que entre todas las obligaciones académicas de los estudios medios mi asignatura favorita era la de matemáticas, no veo en mi pasado remoto razón alguna que pueda indicar una vocación, en la edad en que se forjan las vocaciones más profundas.

Fue en la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, en un momento mutilada y condenada a ser solo Escuela de Letras y, de pronto, transfigurada en Facultad de Filología, donde me topé con el deseo de ser escritor, como si no pudiera dejar de hacerlo. Lo interesante es que llegué a ese sitio y encuentro por pura causalidad socialista, pues mi intención de graduado preuniversitario fue la de estudiar periodismo con el sueño de fungir como cronista deportivo. Pero en aquel preciso curso académico no abría la carrera de periodismo, como tampoco la de Historia del Arte, por la que luego intenté decantarme. Ante tanta reorganización de lo que estaba organizado –era el año 1975, la cúspide de la institucionalización del país-, trastabillando tras mi sueño de escribir sobre pelota, terminé estudiando Literatura Hispanoamericana, sin imaginar siquiera que aquellas “actualizaciones” universitarias me pondrían en el camino de lo que ha sido mi vida profesional y sentimental, o sea, toda mi vida, pues mientras estudiaba esa carrera sentí por primera vez la posibilidad de soñar, no ya con la crónica deportiva, sino con la práctica de la literatura y además encontré a la muchacha que, desde entonces, me acompaña en cada acto de mi existencia (aunque debo admitir que a veces lo hace a regañadientes). Por ello, a diferencia de otros pretendientes a escritores o incipientes escritores que comenzaron a levantar la cabeza en la isla por aquellos años finales de la década de 1970 y que se harían más visibles en el decenio siguiente, cuando comienzo a sentir las exigencias de la literatura, yo no tenía la menor conciencia de en qué universo pretendía entrar y, de hecho, estaba entrando.

Justo por aquellos años una de las profesiones más ingratas a las que se pudiera aspirar en Cuba era precisamente la de practicar la literatura, a la cual, sin embargo, se daban entusiastamente tantos habitantes del país que se podía tener la impresión de que éramos el paraíso de los escritores. Porque en la Cuba de 1980 había, además de poetas, narradores y ensayistas a secas, también muchísimos creadores “colectivos” de teatro nuevo, legiones de escritores policiales, de testimonio y de ciencia-ficción, y miles de talleristas, escritores voluntarios y escritores aficionados, todos con sus concursos, premios y publicaciones. Curiosamente aquella superpoblación de nuestra República de las Letras había cuajado justo cuando varias decenas de los más notables escritores cubanos, por causas, sospechas y hasta simples suspicacias de diverso origen, había vivido toda una década de marginación y silencio, en medio de la cual algunos de ellos se encontraron con la muerte y el silencio eterno. Mi desconocimiento o mal conocimiento de aquella historia oscura no me hizo dejar de notar, sin embargo, algo que me pareció alarmante: ¿tan graves habían sido los pecados o deslices de estos escritores cubanos si en aquellos inicios de la década de 1980 se les rehabilitaba silenciosamente, como si lo pasado nunca hubiera pasado?

Fue en el ambiente más favorable de esos años cuando me hice –o comencé a hacerme- un escritor cubano que vivía en Cuba, y por vía atmosférica, más que por un proceso de racionalización, fui descubriendo cómo debía enfrentar la literatura alguien que pretendiera ser aquello en lo que yo me estaba convirtiendo: un escritor cubano que vive en Cuba. Para comenzar, alguien con tal condición era un compañero que necesariamente debía tener un trabajo (como periodista, asesor literario, profesor, funcionario) y realizar además de sus empeños literarios, que se hacían en horas robadas al descanso o al horario laboral; era alguien cuya aspiración máxima radicaba en el hecho de sacar un turno en la cola para publicar sus obras en alguna editorial de la isla, pues el extranjero resultaba algo difuso, lejano, solo accesible para figuras ya históricas como Alejo Carpentier y Nicolás Guillén, o para autores tan reconocidos como Manuel Cofiño, el escritor por excelencia, en cuyo maletín siempre estaban los sobados contratos de las traducciones al ruso, moldavo, rumano, uzbeko de sus exitosas y muy promovidas y reeditadas novelas. Y un escritor cubano debía ser, además, un ser social con suficiente conciencia de clase, del momento histórico –siempre hemos vivido en un momento histórico- y de la responsabilidad del intelectual en la sociedad, como para escribir solo que se suponía –o le hacían suponer- que debía escribir. En dos palabras: alguien capaz de manejar con tino el arte castrante de la autocensura para evitar el agravio de la censura.

Para un pretendiente a escritor cubano mis destinos laborales de aquella década de 1980 fueron los mejores que hoy pudiera imaginar y, si me hubiera sido posible, escoger. Para mi fortuna, mi primer centro de trabajo fue El Caimán Barbudo cuando “El Caimán” se había convertido en el centro más activo de las pequeñas (o no tan pequeñas) preocupaciones de los jóvenes escritores de entonces. Así, en “El Caimán” pude hacer mi conocimiento del mundo y las figuras de la literatura cubana de aquel momento y desarrollé un fuerte sentimiento de pertenencia generacional. Allí también aprendí que las reglas de juego establecidas en la década de 1970 para el mundo de la cultura, seguían funcionando en una especie de extrainning interminable y que cualquier movimiento en falso podía ser considerado un “balk” por los árbitros de la pureza ideológica. Luego, tras mi salida bastante estrepitosa del mensuario cultural (me cantaron un “balk”), fui a trabajar al vespertino Juventud Rebelde, donde se suponía que debía ser reeducado ideológicamente, pero donde en realidad me eduqué literariamente, gracias al conocimiento más íntimo de la historia de mi país, a las muchas horas que pude dedicar a la lectura y a la práctica de un periodismo que me abriría las puertas de una conciencia de lo que iba a ser mi literatura. Pero, sobre todo, porque en esos años conseguí hacer un reconocimiento más maduro de mis expectativas, de mí mismo y de la sociedad en la que vivía –a lo que mucho me ayudó, de manera dolorosa pero rápida y eficiente, el año que pasé en Angola y a lo largo del cual conocí no solo el miedo (algo muy personal), sino también la verdadera pobreza material, y las miserias y bondades de los seres humanos, manifestadas en sus estados más consolidados y patentes.

En aquella época, aunque escribí muy poco –sobre todo en la etapa de Juventud Rebelde, cuando fui cariñosa y peligrosamente absorbido por la labor periodística-, junto a otros escritores de mi generación, fui perfilando unos intereses literarios que mucho tenían que ver con nuestras propias experiencias, pero también con una lógica reacción a lo que se había escrito en Cuba, y cómo se había escrito, en los años anteriores, los del terrible decenio negro. Una incipiente conciencia de que la política y la literatura debían tener existencias independientes, de que el hombre y sus dramas puede o debe ser el centro de la creación artística, y de que mirar críticamente el entorno era una responsabilidad posible para el escritor, fueron moldeando unos intereses colectivos y haciéndose patentes en las obras que, con mayor o menor fortuna artística, creamos y hasta publicamos en esos tiempos, no sin ciertos sobresaltos, aunque en realidad atenuados respecto al pasado inmediato.

Pero (por la dichosa conjunción cósmica o por una simple necesidad histórico-concreta) sería la década de 1990 la de mi conversión real y definitiva en un escritor, por supuesto que cubano y que viviría en Cuba, con el colofón de llegar a ser, a partir de 1995, un escritor profesional... Sería aquella época, además, y por cierto, la de la caída del muro de Berlín, el tambaleo y derrumbe de la hermana Unión Soviética, y la de los tiempos más álgidos del Período Especial. Si en medio de aquellas catástrofes, que tuvieron efectos tan directos como la falta (entre otras cosas) de electricidad, comida y transporte, además de la paralización de la industria cultural y editorial del país, si en medio de tantas incertidumbres continué siendo un escritor cubano que vivía en Cuba quizás se deba, sobre todo, a que la primera pregunta de las que me obsesionan –es decir, ¿por qué soy cubano?- colocó en las balanzas posibles todo su peso interior a través de un sentido de pertenencia y porque ya era un escritor cubano (a esas alturas ya difícilmente podía ser otra cosa) y mi intención era ser un escritor cubano que escribiera sobre Cuba, con la mayor libertad y sinceridad posibles, empeñado en reflejar los conflictos (al menos algunos de ellos) de mi sociedad y asumiendo los riesgos inherentes a tal empeño. Y, atado a mis pertenencias y para conseguir ese propósito literario, decidí personal, soberana y conscientemente quedarme en Cuba y, a pesar de las carencias e incertidumbres que nos tocaban las puertas a casi todos, y hasta de mis propios miedos, escribir en Cuba y sobre Cuba.

Fue la práctica de la literatura la que me salvó entonces de la locura y la desesperación a la que me abocaba el medio ambiente. Entre 1990 y 1995, mientras fungía como jefe de redacción de La Gaceta de Cuba y tres veces a la semana hacía en bicicleta el recorrido Mantilla-Vedado-Mantilla, en invierno y en verano, en seca o en lluvia, la escritura se convirtió en mi refugio y escribí en ese período tres novelas –Pasado perfecto, Vientos de cuaresma y Máscaras-, un libro de cuentos, mi largo ensayo sobre Carpentier y lo real maravilloso, tres o cuatro guiones de cine y hasta organicé dos libros con mi periodismo de los años anteriores y una antología de cuentistas cubanos, El submarino amarillo. Gracias a la literatura viajé a España, México, Colombia, Argentina, Italia, Estados Unidos. Gracias a la literatura y a esos viajes y al pasaporte uruguayo de Daniel Chavarría pude comprarme una computadora y hasta una lavadora y algunas bandejas de picadillo de res en las tiendas en divisa, cerradas entonces para los cubanos, pero con un resquicio abierto para los escritores cubanos que vivíamos en Cuba y obteníamos alguna moneda fuerte de nuestras estancias en el extranjero, cuando esa moneda era convenientemente trocada en unos cheques rojizos que nos permitían acceder a aquel privilegio que, aunque no incluía las computadoras, nos salvaba de la inanición y de la cárcel (cuando allá podías terminar por andar por la calle con unos dólares en el bolsillo).

Es hora ya de advertir que, si para hablar de lo que ha sido y, sobre todo, de lo que es la práctica de la literatura en Cuba, parto de un recuento de caminos, avatares y decisiones personales, se debe a la percepción de que mi experiencia individual como escritor cubano que ha vivido y vive en la isla, recibió y ha recibido a lo largo de treinta años el peso y la influencia de todas las circunstancias por las que ha ido pasando el ejercicio de este arte en el país y que, de muchas maneras, han condicionado mis expectativas y necesidades de creador y de ciudadano perteneciente a una generación muy específica de cubanos: la que nació en la década de 1950, estudió en las universidades durante el crítico período de los 70 y entró en la literatura insular, con una tímida ruptura, en los años de 1980. La generación que, en el momento de su madurez y posible eclosión, vio alterado su desarrollo o evolución con la llegada del eufemísticamente bautizado Período Especial que marcó la última década del siglo XX y proyectó su espectro hasta este presente de hoy, de ahora mismo, la generación literaria cubana que tal vez con mayor encono recibió los golpes pero también los beneficios –sí, los beneficios- de esos años que el solo hecho de recordarlos da hambre, calor y hasta riesgos de sufrir una polineuritis cegadora. ¿Se acuerdan de la polineuritis, verdad?

Porque en medio de aquel caos, locura, lucha por la supervivencia pura y dura que se instauró en el país, mientras escribía como un loco para no volverme loco, algo comenzó a cambiar en la condición del escritor cubano que vivía en Cuba, movida por la presión de esa especie cultural que, por supuesto, ya no era tan abundante como en los días de 1970 y 1980, pues publicar un libro en una editorial del país se convirtió en algo excepcional y muchos dejaron de intentarlo, porque otros “escritores” emergidos en los 70 no lo eran tanto y se evaporaron, y porque otros muchos de los escritores cubanos que vivían en Cuba cambiaron su condición por la de escritores cubanos que vivían fuera de Cuba o, como se les ha dado en llamar, escritores de la diáspora o el exilio (una relación, lamentablemente desactualizada, aparece en el epílogo al Informe contra mi mismo, del entrañable y ya desaparecido Lichi Diego, alias Eliseo Alberto).

Lo que se movió en el territorio de la creación y específicamente de la literatura cubana fue una suma de circunstancias materiales y espirituales capaces, en su conjunto, de redefinir la situación del escritor que vivía en Cuba y alterar de modo bastante radical el contenido y las intenciones de su obra. Entre esos elementos estuvo la ya mencionada paralización de la industria editorial del país, lo que obligó a los escritores a buscar por el mundo un premio literario que los salvara de la inopia y, a la vez, una vía para estampar sus obras, sin que, por primera vez en tres décadas aquellas intenciones editoriales se convirtieran en un pecado, punible como todos los pecados; por supuesto, esta relación diferente con el presunto o al fin encontrado editor extranjero creó una dinámica a su vez diferente, menos prejuiciada, entre el escritor y su obra, pues esta última ya no estaba destinada, al menos en primera instancia, a un editor cubano que podría leerla como un funcionario del estado cubano y, desde tal perspectiva comprometida, admitirla o rechazarla; súmese a estos dos elementos, otros de carácter social y espiritual que marcarían la época: el desencanto, el cansancio histórico, la revisión crítica de la sociedad y sus actores a que nos abocaron la crisis y el conocimiento de nuestra y otras realidades, de algunas verdades ni siquiera sospechadas en toda su dimensión y los propios cambios en una sociedad que estaba sufriendo violentas contracciones y dando origen a actitudes y necesidades antes sumergidas o incluso inexistentes… El resultado de todas esas revulsiones fue una literatura que muy pocos, quizás nadie, podía concebir o imaginar en los años anteriores, una literatura de indagación social, de fuerte vocación crítica, incluso en muchas ocasiones de disenso con el discurso oficial, que con su carácter y búsquedas marca los rumbos que ha seguido desde aquellos años finales del siglo XX hasta estos ya no tan iniciales del siglo XXI lo que puede considerarse el main-stream de la literatura cubana. Y en ese rubro incluyo, por supuesto, la que escriben los que viven en Cuba y los que viven fuera de Cuba, la que se publica y distribuye en Cuba y la que se edita fuera de la isla. Una creación que, justo es decirlo, muchas veces consiguió ser estampada y distribuida en Cuba, gracias a una percepción más realista del entorno y de las necesidades de expresión artística por parte de las autoridades culturales del país.

Esa literatura que se comenzó a escribir y publicar en la década de 1990, y de la cual yo participé, se propuso indagar en rincones oscuros o inexplorados de la realidad nacional, mirar críticamente hacia el pasado, bajar a los fondos de la sociedad en que vivíamos, encontrar respuestas a preguntas existenciales, sociales y hasta políticas a las circunstancias que habíamos atravesado. Varios de los escritores de ese momento consiguieron el propósito de encontrar casas editoriales fuera de la isla, entidades que publicaron y promovieron su obra, y les confirieron un nuevo sentido de independencia, tanto literaria como económica. En el terreno de lo artístico tal independencia se manifestó en una creación cada vez menos condicionada a lo establecido, más abiertamente crítica incluso, o sencillamente, más personal. En el plano de lo económico permitió la profesionalización de algunos escritores y la posibilidad de conseguirlo de muchos otros, una condición impensable hasta la década de 1980 y que, por supuesto, confería otra dosis de independencia al escritor cubano que vivía y escribía en Cuba.

En medio de esa nueva circunstancia nacional, tal vez el mayor error de esta literatura más desenfadada o desencantada o intencionadamente crítica haya sido su falta (o la incapacidad de algunos de sus creadores) de una perspectiva más universal, es decir, menos localista. La insistencia en determinados mundos sociales, personajes representativos, problemáticas específicas y modos expresivos que se tornaron repetitivos, hizo que una parte notable de esta literatura se encallara en lo inmediato, en las tan peculiares peculiaridades cubanas, y creó una retórica que, al pasar el momento de júbilo internacional por esa nueva literatura creada en la isla, en especial la novelística, cortó o dificultó el acceso a las editoriales foráneas (las cuales viven sus propias crisis) de nuevos escritores cubanos que viven en Cuba y escriben sobre Cuba.

Pero sobre esta creación, desde los años finales del siglo pasado y sobre todo en los que corren del presente han gravitado otras condiciones que, a mi juicio, están afectando su desarrollo.

Ante todo está la certeza de que la escritura en Cuba es un acto o vocación de fe, un ejercicio casi místico. En un país donde la publicación, distribución, comercialización y promoción de la literatura funciona de acuerdo a coyunturas por lo general extra artísticas y no comerciales, búsqueda de equlibrios culturales y hasta códigos aleatorios de imposible sistematización, la situación del escritor y su papel se vuelven inestables y difíciles de sostener. Los escritores que publican en Cuba reciben por sus obras unos derechos retribuidos en la cada vez más devaluada moneda nacional –en función de lo que se puede adquirir con ella-, cantidades pagadas muchas veces con relativa independencia de la calidad de su obra o de la aceptación pública que consiga. Estos derechos de autor, por supuesto, hacen casi imposible la opción por la profesionalización de los escritores (lo cual, justo es recordarlo, resulta bastante común en todo el mundo), lo cual puede incidir en la calidad de la obra emprendida. ¿Con qué recursos cuenta un escritor cubano para dedicar, digamos, tres o cuatro años a la escritura de una novela que requeira de ese tiempo de elaboración? Resulta evidente que no puede depender solo de sus derechos en pesos cubanos y que debe buscar otras alternativas laborales o profesionales con las cuales ganarse la vida o en las cuales desgastarse la vida mientras dedica el tiempo restante a la creación. El estado calamitoso de la novela cubana de los últimos años puede o no tener una relación directa con esta situación existencial y económica (imposible de revertir o al menos de aliviar mientras no cambie toda la “situación económica”), pero su estado de deterioro puede ser visible, por ejemplo, si contamos cuántas obras de este género, el más leído y publicado en el mundo, obtienen los premios anuales de la Crítica Literaria, un rasero subjetivo pero posible para medir las calidades de lo que se difunde a través de las casas editoras del país.

Otra cuestión que afecta al escritor cubano desde hace décadas, pero que se ha agudizado en los últimos tiempos, es su lamentable desinformación respecto a la literatura que se está creando en otras latitudes. Todos los lectores cubanos, todos los escritores que vivimos en la isla, padecemos de esta desactualización porque, incluso en el caso de los más enterados, siempre su relación con lo que se lee en el mundo resulta aleatoria, dependiente no de sus necesidades sino de sus posibilidades de comprar o encontrarse con determinados autores y obras que, en ningún caso, se publican o distribuyen normalmente en el país. De esta forma, el escritor cubano del siglo XXI que vive en Cuba –donde tiene un precario acceso a Internet, o simplemente no lo tiene-, se mueve a bastonazos de ciego por el universo de la literatura de su tiempo, en la cual debe insertarse y con la cual debe compartir el mercado, si logra llegar a abrir alguna puerta de esa instancia tan satanizada pero a la vez tan necesaria, incluso para la creación y la promoción nacional e internacional de la literatura.

No se puede olvidar tampoco que con mucha frecuencia el escritor cubano que vive en Cuba y escribe en Cuba debe además enfrentar una muy deficiente política promocional, entre otras razones por la propia inexistencia de un mercado del libro dentro del país, pero también, entre otros factores, por el ruinoso estado de la crítica literaria doméstica y por la todavía presente, en estos tiempos de cambio de mentalidad y de muchas otras cosas, sospecha política a la que puede verse sometido si su obra no es complaciente con los preceptos de la ortodoxia fundada en aquellos lejanos pero todavía (para algunas mentes) actuantes límites de lo “correcto” patentados en los años 1970. La suma de estos elementos ha creado, en contra de la propia validación de la literatura que se hace en el país, la sensación de que por dos generaciones la isla apenas ha dado –o simplemente no ha dado- escritores de importancia, provocando una falsa imagen de vacío.

Aunque no lo deseaba especialmente, debo volver ahora a la experiencia personal para ejemplificar cómo puede funcionar la realidad antes descrita. Cuando hace poco más de un mes la Casa de las Américas me invitó a ser el escritor que protagonizara esta Semana de Autor, más aun, el primer escritor cubano al que se le dedicara la Semana de Autor, mi previsible reacción fue de asombro. Como suelo hacer, comencé a preguntarme cosas y la primera cuestión fue: ¿por qué yo y no otros escritores más reconocidos o institucionalizados, figuras que incluso exhiben Premios Nacionales en sus currículos? Antes de hacerme más preguntas, dije a la dirección de la Casa que sí, por supuesto que sí aceptaba, con mucho orgullo, el honor y reconocimiento a un trabajo que esta Semana de Autor representa, pero a la vez no pude dejar de recordar que un año atrás, cuando la Maison de América Latina de París, el Pen Club Francés y la sociedad de amigos de Roger Caillois me entregó el premio que lleva el nombre de ese importante escritor, ningún medio oficial nacional se acercó a mí o promovió, como se promueven otros acontecimientos o acciones, un suceso que me desbordaba como escritor y entrañaba, como es evidente, un reconocimiento para la literatura cubana, sobre todo la que se hace en Cuba por los escritores que vivimos en Cuba. Porque, en la lista de los anteriores galardonados con el premio –ninguno cubano- aparecían los nombres, entre otros, de Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Alvaro Mutis, Adolfo Bioy Casares… y ahora el de un cubano que sigue escribiendo y viviendo en Cuba.

No se puede olvidar, al recorrer la situación actual del escritor cubano que vive en Cuba y anotar algunas de sus tribulaciones y logros, el más esencial de los elementos que, a mi juicio, definen su carácter y, sobre todo, el de su obra. A diferencia de otros países, donde los escritores más notables o activos suelen tener una presencia social o artística gracias al soporte de los medios de mayor circulación o prestigio, el escritor cubano apenas tiene su obra y alguna que otra entrevista como vía para expresar su relación con el mundo, con su realidad, con sus obsesiones. Muchas veces la obra literaria se ve obligada a asumir entonces roles más ambiciosos y complicados de los que normalmente le competen, y funciona –o se le hace funcionar- como instrumento de indagación social y como medio para testimoniar una realidad que, de otra forma, no tendría un reflejo que la fijara y diseccionara. El escritor cubano que vive en Cuba, y día con día enfrenta la realidad del país, con sus cambios, evoluciones, reacciones sociales y sueños personales realizados o frustrados, se ha convertido en uno de los más importantes recolectores de la memoria del presente que tendrá el futuro. Esta responsabilidad añadida a la propia responsabilidad literaria confiere al escritor un compromiso civil que le da una dimensión más trascendente a su trabajo. Escribir sobre Cuba, sobre lo que ha sido y es Cuba y lo que son los cubanos de ayer y de hoy, con la sinceridad y profundidad que merecen esas entidades socio-históricas y humanas, es tal vez la tarea más compleja y a la vez satisfactoria que puede enfrentar el escritor cubano que vive en esta Cuba del siglo XXI. Porque es un deber con los cubanos y con la nación, porque es su destino, y porque si alguna vez ese escritor se pregunta ¿por qué soy cubano?, ¿por qué soy un escritor cubano?, y ¿por qué soy un escritor cubano que vive en Cuba? también podría cambiar el por qué en un para qué y quizás encontrar sus propias respuestas, incluso más cercanas a las predestinaciones cósmicas, pero también al papel social que ha asumido con esa vocación de fe que es la práctica de la literatura.



Texto tomado de: laventana.casa.cult.cu