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martes, 21 de mayo de 2019

Contar con Benedetti


Foto: Elisa Cabot / Wikimedia Comons
 
 Recuerdo a Salvador Redonet comenzar una clase de Teoría y Crítica Literarias, precisamente interrumpiéndola. El Redo –antes de entregar, para su discusión, un examen- anunció que en el alumnado se encontraba un amigo de Mario Benedetti e invitó a que revelara su identidad. Comenzamos a mirarnos entre todos sorprendidos y expectantes, pero se hizo un silencio cerrado. Ante la circunstancia el profesor optó por aclarar el asunto. El examen versaba sobre un cuento del escritor uruguayo y un estudiante durante las largas páginas de respuestas, rehuyendo la dudosa ortografía del apellido Benedetti, hablaba de…”en este párrafo Mario quiso decir”…,”con esa oración Mario propone”… ”aquí Mario introduce”. Todos nos reímos, y luego de algunos comentarios típicos de su humor, Redonet escribió en mayúsculas el apellido en el pizarrón.

Nunca supimos quién fue la infortunada o el infortunado que utilizó tan legítima defensa. Solo sé que no fui yo y que, en aquel entonces, no podía imaginar que con el tiempo conocería a aquel escritor de apellido difícil y terminaría llamándolo por su nombre.

Pero eso sería mucho después. Por el momento corrían los finales de los ochenta y la Universidad era un hervidero de acontecimientos. Las relaciones con Benedetti eran librescas, hasta que un día anunciaron que estaba en Cuba y leería en el Aula Magna. Aquella lectura fue inolvidable y nos hizo a muchos volcarnos sobre su obra. Nos sorprendió el poeta para multitudes, la fascinación de su palabra, la comunicación sencilla, el tener siempre un verso a mano para cada unos de los presentes. Parecía que leía para ti y, a la vez, para todos. Revelaba lo cotidiano o en apariencia trivial, como el instante más trascendente del universo. Y es cierto que leía para cada uno pues, esa noche el Aula Magna se repletó, cada vez llegaban más estudiantes y los organizadores estaban un poco desconcertados. El poeta pidió calma, que esperaría a que todos se acomodaran. Y así ocurrió. Estuvo leyendo hasta una hora muy avanzada; los estudiantes le pedían más textos hasta que él dio por terminada la lectura cuando, entre risas, dijo que ya había leído hasta lo más reciente escrito.

Estuve varios meses bajo el influjo de aquella lectura y leí todo lo que pude de Benedetti. Eran los años de casi un libro por día, La Tregua, Gracias por el fuego, Primavera con una esquina rota, Letras del continente mestizo y la poesía al alcance de la mano.

En los noventa, ya graduado de Letras, fui a trabajar a la Casa de las Américas. Tenía de antes una estrecha relación con Arquímides, fundador de la Casa y benefactor de los estudiantes que como yo, asistían a la Biblioteca casi a diario. Un día, en su cuartico atestado de libros, vi un curioso artefacto rojo con partes metálicas. Le pregunté qué era y me respondió: -La cafetera de Mario. Se la estoy cuidando. Tuve que preguntar más para saber que era una cafeterita eléctrica que usaban con Benedetti en los años en que trabajaban juntos en la Casa y que todavía funcionaba por los cuidados de Arquímides. Fue él quien comenzó a hablarme de Mario y de Luz, de los seres sencillos y extraordinarios que eran. Y el escritor se me fue revelando como persona.

Comenzaba el período de crisis hermoseado con el apellido de especial. Muchos apostaban por el descalabro de Cuba y seguían de cerca las rupturas y adhesiones. En 1994, Benedetti anunció una nueva vuelta a su Casa de las Américas. Fue algo fuera de lo común. Los trabajadores que lo conocían se apresuraron a recibirlo con un júbilo que yo no comprendía bien. -¡Vienen Mario y Luz! Decían. Se preparó la edición de su Antología Poética y, a esperar. Hasta que llegó para sumarse a las labores del Premio Literario de ese año. Fue la oportunidad de conocerlo de cerca.

El jurado se hospedaba en el Hotel Capri y a Benedetti se le veía a diario; tenía un andar dinámico mezclado con cierto aire de timidez. Prefería ir a la Casa de las Américas donde conversaba con los que habían sido sus compañeros años atrás. Allí nos lo presentaron a los más jóvenes y nos preguntaba qué hacíamos o intercalaba comentarios de cómo era esta o aquella oficina en los años en que trabajó en la institución.

De ese año guardo dos anécdotas relacionadas con su viaje.

En esa época la Feria de Artesanía estaba en la Avenida de los Presidentes, a unas pocas calles del Capri. Hacía allí fueron Benedetti y Luz una mañana. En uno de los puestos una mulata joven insistió en venderles un poema pirografiado en una tablita. –Mira, regálaselo a tu mujer. Le decía a Benedetti. Este le dijo que no le interesaba. La mujer insistió con todo el gracejo de la edad y el oficio pero él, respetuoso, se negaba, hasta que la joven hizo el comentario del día: – ¡Muchacho, cómpraselo, que es un poema de Benedetti! La cara del poeta cambió y le pidió a la mujer ver la tablilla. Después de leerla con atención, se la devolvió: -No me interesa. Le dijo. –Tú si eres duro de pelar. Insistió la vendedora. -No, es que no es de Benedetti. Yo soy Benedetti y no escribí eso. Y se quedó mirándola con los ojos encogidos por la risa. Era uno de aquellos textos que lo mismo le endilgan a Neruda, que a García Márquez, Borges o, a Benedetti, claro.

La noche que correspondió a la presentación de su Antología Poética, el público no cabía en la “Sala Che Guevara”. Se pusieron altavoces en la calle. Al finalizar la lectura la gente pedía que le autografiara los ejemplares. Benedetti accedió y bajó a la “Sala Manuel Galich” donde se colocó una larga mesa frente a la cual se organizó la cola. Los que estábamos cerca de él nos mirábamos asombrados de cómo gastaba un bolígrafo tras otro. Algunos afirmaban al día siguiente que habían sido unos diez. Lo cierto es que, en determinado momento se nos hizo casi imposible mantener el orden, la circunstancia amenazaba con dar por terminada la sesión de firmas. Fue Benedetti entonces quien se levantó y  pidió con voz firme que se organizaran o se iría. A partir de ahí la noche transcurrió tranquila. A los trabajadores de Casa –más de cien- se nos pidió entregarle nuestros ejemplares en otro momento para aliviarlo. Al día siguiente teníamos los flamantes ejemplares con nuestros nombres en la portadilla.  

Tres años después regresó Mario para las sesiones del Premio Literario. Lo esperaban la segunda edición de la Poesía de Amor hispanoamericana, antologada por él, y sus lectores cubanos. Esta vez el jurado se reunía en el Motel El Valle, en las inmediaciones de la ciudad de Matanzas. Para entonces yo dirigía la Biblioteca de la Casa y Jorge Fornet, el Centro de Investigaciones Literarias. Una noche cenamos con Retamar en el alegre restaurante del motel. La conversación iniciada en torno a la mesa se trasladó a la salita de una de las habitaciones. Retamar es un excelente conversador pero algo me decía que la charla se extendía de una manera sospechosa. Al rato llegó Mario Benedetti. Cruzamos unas breves presentaciones. Se hizo un corto silencio que este aprovechó para dirigirle una mirada interrogante a Retamar. Ya me estaba despidiendo de mi silla cuando Roberto le dijo: -Mario, puedes hablar con confianza. Yo los invité. Y así viví aquel encuentro inolvidable entre dos titanes de nuestras letras. Libros, ciudades, coloquios, gobiernos, amigos, desencuentros, realidades, sueños, versos, confluían en las respectivas visiones. Pasaron frente a nosotros los sesenta, los setenta, ochenta, los días presentes, con una precisión y un poder de síntesis casi delirante. Fue una puesta al día entre dos hermanos que habían dejado de verse por un tiempo. Yo salí convencido de que con algunas pocas conversaciones más como aquella, hubiera hecho la carrera de Letras en menos tiempo.

En los días siguientes acompañé a Mario y Luz en varios recorridos por Matanzas y Varadero. Siempre, mientras esperábamos que Luz saciara su infinita curiosidad en algún establecimiento, un jardín o la fachada de un edificio; Mario iniciaba unas conversaciones intensas en las cuales, claro, el llevaba la voz cantante y me preguntaba sobre temas diversos. Pero, por sobre todo me llamaba mucho la atención el modo en que hablaba de Luz. Me daba cuenta que cada vez que ella se demoraba un poco en sus paseos, él comenzaba a extrañarla: -Cómo se demora. Me decía. Durante esas salidas, en más de una ocasión conversó con un grupo de niños a los cuales preguntaba por la escuela, los estudios y sus intereses. Nunca se había ido de Cuba y la sentía como suya.

Después de ese año no volví a verlo, aunque mantuvimos una escueta pero eficaz correspondencia a propósito de los libros que necesitábamos para la biblioteca. Las ocupaciones no le dejaban tiempo para cartas enjundiosas, sin embargo, los libros siempre llegaron a tiempo con una nota firmada por: Mario.

Hoy cuesta aceptar la idea de su muerte. Es demasiado profunda su lección de sencillez, ternura, su fuerza ante la adversidad, su fidelidad a la suerte de la América toda, su confianza en el ser humano, su amor por Luz, por la vida. Mario Benedetti es parte ejemplar de ese pequeño género humano del que nos habló Bolívar, y su sencillez desciende de la estirpe de los Versos… de nuestro José Martí. En vida recibió el mayor premio al que puede aspirar un poeta: ser leído sin cansancio por sucesivas generaciones de jóvenes, desde Gelman, Viglietti, Retamar, Serrat, Sabina, hasta los miles que lo acompañaron en su viaje final lanzando lápices y bolígrafos para cumplir uno de sus últimos deseos: Cuando me entierren / por favor no se olviden / de mi bolígrafo. Benedetti no ha muerto. Como diría otro grande como él en un  momento como este, su amigo Julio Cortázar: solo se fue a mirar las flores del lado de las raíces.

(Escrito en mayo de 2009, a la muerte del poeta). Unos años después pude visitar la sede de la Fundacion que lleva su nombre, en Montevideo.



domingo, 11 de mayo de 2014

Otro round con el Cronopio.

Camino por las calles de Buenos Aires. El viento me da en la cara, me aprieto la bufanda que delata mi procedencia de otras latitudes, porque el porteño aún camina elegante y ligero en el frescor del otoño. Los cafés, los nombres de las avenidas y las calles pequeñas me remontan a un mundo de recuerdos, alusiones musicales, literarias, plásticas, cinematográficas que a duras penas logro controlar en la feliz vorágine de formar parte de ese mundo, aunque sea por un rato. No lo digo pero, pienso que en cualquier momento veré a algunos de los maestros leídos y admirados durante largas noches de lecturas, tardes lánguidas, madrugadas de desvelo.

Y Cortázar, tan cronopialmente Cortázar, me asalta en la Feria del Libro. Mi temor de encontrármelo no era infundado. Y recuerdo este texto escrito diez años antes.




Cortázar en sus noventa.


Cortázar no fue siempre Julio. Primero fue Julio Florencio, nacido en Bruselas el 26 de agosto de 1914 bajo el signo de Virgo, con Mercurio como planeta regente; en correspondencia debió ser el gris su color favorito, pero siempre prefirió el verde.
Su nacimiento fue fruto, como le gustaba decir, del turismo y la diplomacia, pues su padre fue a trabajar, recién casado, a una misión comercial cerca de la embajada argentina en Bruselas. En aquellos días los alemanes ocupaban la ciudad y, pronto a cumplir los cuatro años la familia decide regresar a la Argentina. Se instalaron en Banfield, pueblo de las inmediaciones de Buenos Aires. Allí transcurriría su infancia, rodeado de animales, y acosado por “...una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados”.
Creció entre mujeres y desde entonces, ya aficionado a la magia de las palabras, se divertía escuchando las conversaciones de su madre, su tía y hermana, para adivinar cuándo intercalarían un lugar común, una frase hecha; otras veces estas conversaciones le sugerían palindromos o anagramas que escribía en el aire o en las paredes. A diferencia de sus amigos, el niño Cortázar prefería la literatura fantástica a las novelas de “cowboys”, por eso achacaba a Julio Verne su deseo de ser marinero cuando contaba solo diez años.
No son muchas las noticias que quedan de aquellos primeros años pero, los que lo conocieron recuerdan un niño disciplinado y estudioso que prefería leer a jugar. Dicen que escribió su primera novela a los nueve años. La vieja escuela primaria de Banfield guarda una planilla de calificaciones donde hay 10 y 9 en casi todo para Cortázar y sostiene en sus paredes una placa que reza: “A Julio Cortázar, promoción 1928. Gloria de las Letras Latinoamericanas. 23/8/1963”.

JULIO LARGÁZAR DE MENDOZA
En su primera juventud Cortázar todavía era el joven endógeno, el viajero interior, el aspirante a escritor. No había recibido aún el “llamado” que desataría la inagotable furia creadora que sobrevendría. En su paso por Bolívar dejó el recuerdo de los encuentros vespertinos en casa de su compañera de estudios Marcela Duprat, donde estudiaban inglés y hablaban largo sobre pintura y poesía y la publicación, en 1937 bajo el seudónimo Julio Denis, de Presencia. Luego, Chivilcoy y Mendoza.
A Mendoza llegó en 1944 y, en una graciosa trampa del destino, al amante de los juegos de palabras sus compañeros lo rebautizarían con el nombre de Largázar. Allí, en poco más de año y medio, su personalidad y dotes creativas dejarían  una profunda huella. Apenas llegado le ofrecieron las cátedras de Literatura Europea Septentrional y Literatura Francesa I y II en la Universidad Nacional de Cuyo. Los que lo conocieron recuerdan las magníficas clases de Literatura inglesa y francesa, las cuales acompañaba el joven profesor con excelentes lecturas, dado el dominio que tenía de ambas lenguas. También escribió intensamente, como lo demuestran las colaboraciones en revistas de la región y textos aparecidos en sus libros posteriores, firmados en aquellos días.
También el cultivo de la amistad del grabador Sergio Sergi y el pintor Abraham Vigo ocupó los días mendocinos de Cortázar, junto a otras actividades extraliterarias como su participación en la toma de la Universidad, hecho que le costó ser encarcelado. Eran los días del gobierno de Perón. En Chivilcoy el joven maestro había sido acusado de comunista, trotkista y ateo; en Mendoza también conocería las acusaciones pero ahora, de nazi, rosista, fascista y falangista.
El 25 de junio de 1945 Cortázar renunció a sus responsabilidades en la Universidad e hizo las maletas rumbo a Buenos Aires.              
      
MI BUENOS AIRES QUERIDO
Una vez en la gran ciudad consiguió trabajo como gerente de la Cámara Argentina del Libro y comenzó un período de intensos estudios y exámenes para ejercer como traductor público.
En 1946 publica “Casa tomada” en Los Anales de Buenos Aires. El acontecimiento fue resultado de la primera de las dos ocasiones en que Jorge Luis Borges y Julio Cortázar se comunicaron. Borges dejó testimonio escrito de este encuentro en el texto “Fuera de la ética, la superficialidad”, publicado en el libro El joven Cortázar, de Nicolás Cócaro. Dice Borges: "Hacia 1944 yo era secretario de redacción de una revista casi secreta que dirigía la señora Sarah de Ortiz Basualdo. Una tarde, nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito. No recuerdo su cara; la ceguera es cómplice del olvido. Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en la imprenta; otra, que lo ilustraría mi hermana Norah, a quien le había gustado mucho. El cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula, ‘Casa tomada’. Años después, en París, Julio Cortázar me recordó ese antiguo episodio y me confió que era la primera vez que veía un texto suyo en letras de molde. Esa circunstancia me honra."
En esos años bonaerenses publicó, también en Los Anales de Buenos Aires, el cuento “Bestiario” (1947); en 1949, el poema dramático “Los reyes” y, Bestiario (cuentos) en 1951.
 
EL VIAJE 
En la vida de Julio Cortázar, 1951 sería el año bisagra. Con sus conocimientos de inglés y francés, su gusto por el tango y el jazz, algunas notas en el piano, un libro de cuentos publicado, innumerables lecturas, un manojo de ilusiones y treinta y seis años cumplidos viaja a París. Ya no habría retorno. Una beca del gobierno francés fue el boleto para que Julio Florencio, Julio Denis, se transformara definitivamente en Julio Cortázar.

PARÍS
En París comienza a trabajar como empaquetador en una tienda hasta que más tarde consigue trabajar como traductor en la UNESCO. Trabajo fatigoso, según él mismo y quienes lo conocieron. No obstante, en una ejemplar demostración de vocación y voluntad, Julio trabaja, escribe y alimenta su relación de amor con París. A veces pasaba semanas enteras sin escribir nada, absorbido completamente por la traducción. Luego, entre contrato y contrato, el respiro, el tiempo para su literatura. En ocasiones, mientras trabajaba en la sala de traducciones, intercalaba una hoja en blanco en la máquina de escribir y comenzaba un cuento o borroneaba un poema. De estas circunstancias nacerían algunas de sus concepciones literarias, como “la poesía permutante” que practica en “Último Round”, según su propia respuesta a Evelyn Picon Garfield en la conocida entrevista “Cortázar por Cortázar”: "Surgió del aburrimiento que me produce la UNESCO [...] A veces los documentos son tan plúmbeos que entre revisión y revisión de un informe técnico o un discurso de un delegado de Nicaragua, me divierto en hacer ejercicios poéticos. No son poemas como escribiría solo en mi casa y por motivos más profundos. Son siempre tentativas para ver qué se puede hacer con la lengua, cómo se puede manipular el idioma, pero no gratuitamente, persiguiendo un sentimiento o una idea o una intuición".
La ciudad luz le sugirió un método para conocerla mejor; al azar marcaba un punto en el mapa, después iba con alguno de sus amigos hasta la estación del metro más cercana al punto y desde ahí comenzaban a recorrer los alrededores para conocer bien el barrio. Fue en uno de esos recorridos que reencontró a la Maga.

LA MAGA
La mujer que inspiró el personaje de la Maga se llama Edith, nació en el Sarre, hija de judíos alemanes. Antes de la Segunda Guerra Mundial su madre la llevó a la Argentina donde unió el español a los conocimientos de alemán, inglés y francés que ya tenía.
Conoció a Cortázar a bordo del Conte Biancamano, el barco que los llevaría a ambos del verano de Buenos Aires al invierno parisino, aquel 6 de enero de 1950, poco antes de que el futuro autor de Rayuela emprendiera su viaje sin retorno. "Me llamó la atención ese joven alto y delgado que tocaba el piano en el salón de tercera clase", le cuenta Edith a la periodista argentina María Esther Vázquez. No obstante, haberse mirado en la trayectoria, no se presentaron. El encuentro vendría más tarde, en uno de los paseos parisinos en que Julio tentaba al azar.
Fue una tarde; ella hurgaba en una librería del bulevar Saint Germain y él estaba en la calle, del otro lado de la vidriera. Coincidieron por segunda vez en un cine; la tercera, tropezaron en el Jardín de Luxemburgo. Esa vez entraron en un Café y conversaron durante horas. Se hicieron amigos.
Al mes Cortázar regresó a Buenos Aires. Desde allí le escribió a la Maga cuando supo que regresaría a París con una beca: Querida Edith: "No sé si se acuerda del flaco, feo y aburrido compañero que usted aceptó para pasear muchas veces por París, para ir a escuchar Bach a la Sala del Conservatorio (...) para ver un eclipse de luna en el parvis de Notre Dame, para botar al Sena un barquito de papel, para prestarle un pulóver verde (que todavía guarda su perfume, aunque los sentidos no lo perciban). Yo soy otra vez ese, el hombre que le dijo, al despedirse de usted delante del Flore, que volvería a París en dos años. Voy a volver antes, estaré allí en noviembre (...) Pienso en el gusto de volverla a encontrar, y al mismo tiempo tengo un poco de miedo de que usted esté ya muy cambiada, (...) de que no le divierta la posibilidad de verme. (...) Por eso le pido desde ahora y se lo pido por escrito porque me es más fácil (...) que si usted está ya en orden satisfactorio de cosas, si no necesita este pedazo de pasado que soy yo, me lo diga sin rodeos. (...) Me gustaría que siga siendo brusca, complicada, irónica, entusiasta, y que un día pueda yo prestarle otro pulóver..."     
Románticocortázar, melancolicocortázar ¡Qué magicacarta para la Maga! Cortázar y Edith continuarán escribiéndose hasta la muerte de este. A nosotros nos quedaron Rayuela, la Maga, Rocamadour y el misterio por develar de la fascinante alquimia que elevó a Edith a la categoría de personaje literario.

LOS LIBROS
En los años iniciales de la vida en París aparecen algunos cuentos sueltos como los conocidos “Axolotl” (1952) y “Torito” (1954) pero ya Cortázar había sedimentado conocimientos y experiencia suficientes para entrar en un período de madurez creativa que lo llevaría a desatar su sólida vocación de escritor. En 1956 publica el volumen de cuentos Final del juego y traduce la obra en prosa de Edgar Allan Poe. En 1958 aparece Las armas secretas (cuentos), en 1959, su primera novela, Los Premios. De 1962 son Historias de cronopios y famas y Algunos aspectos del cuento. En 1963 publica Rayuela, con gran éxito de público y crítica que haría indiscutible el prestigio internacional que ya lo acompañaba. El éxito de Rayuela fue tal que, pronto comenzaron a aparecer los epígonos y las inevitables “Rayuelitas”, como las llamaba él, con humor y cierta preocupación.
Todos los fuegos el fuego aparece en 1966 y, en  1967, el renovador volumen de ensayos, relatos y poemas, La vuelta al día en 80 mundos. Buenos Aires, Buenos Aires y 62, modelo para armar, son de 1968. Último round (1969), el poemario Pameos y Meopas (1971); Prosa del observatorio es de 1972. En 1973 publica la novela Libro de Manuel; Octaedro aparece en 1974; en 1975, Fantomas contra los vampiros multinacionales  y Silvalandia. Les suceden Alguien que anda por ahí (1977), Un tal Lucas (1979), Queremos tanto a Glenda (1980) y Deshoras, (1982). En 1983 publica Los autonautas de la cosmopista, libro que había escrito, a dos manos, con su tercera esposa, Carol Dunlop e ilustrado por Stephane Herber, hijo de Carol, otro ejemplo del espíritu innovador de Cortázar, de su aversión a los encasillamientos; Los autonautas... resultó de un viaje en auto París-Marsella, en el cual Carol y Julio se detenían a razón de dos paradas diarias mientras escribían la crónica del viaje a la manera de los viajeros antiguos.  
Luego vendrían Nicaragua tan violentamente dulce y Negro el diez, libro de poemas inspirado en las fotografías de diez cuadros de arte cinético de su amigo Luis Tomasello. Cuenta Tomasello que Cortázar escribió los poemas en el hospital. Había colgado las fotos en las paredes, entró el médico y le preguntó asombrado: 
"—Señor Cortázar, ¿qué hace con todas esas radiografías?". Sería el último libro, en vida.
Obra extensa, enriquecida por los artículos, prólogos, la crítica ocasional pero profunda y cargada de originalidad. El legado cortazariano aún está por explorarse del todo, pero quedan la noción de lo fantástico, el extraordinario dominio del cuento, la constante lúdica, la lucha a muerte con el lenguaje, las formas y los géneros, con la tradición (de ahí que fuera un constante generador de poéticas); la actitud iconoclasta frente a los paradigmas, a lo que él llamaba “la Gran Costumbre”, de ahí que salieran de su pluma las invenciones alucinantes de Historias de cronopios y de famas, el lenguaje “glíglico” o la desconcertante estructura de Rayuela

EL BOOM
Con el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, el mundo, y Europa de una manera muy especial, pusieron los ojos sobre la América Latina. Fue una especie de segundo descubrimiento. Descubrieron que podíamos cambiar la historia, que podíamos pensar, que teníamos una rica y compleja tradición cultural. Comenzaban los 60 y Latinoamérica adquiría carta de ciudadanía universal. Muchos de nuestros escritores comenzaron a ser publicados, entrevistados, conocidos. Era el momento del llamado boom de la nueva narrativa latinoamericana.
Hoy conocemos mejor la dinámica de las cadenas de suma o exclusión que se tejieron en torno al boom y que llevaron, por ejemplo, a Donoso a escribir su Historia personal del boom. No obstante, cualquiera que fueran las hinchazones o desinfles de las listas de los “agraciados”, Cortázar, con su enorme cultura, su humanismo americano y su bien ganado prestigio de escritor, fue identificado, desde el inicio, con el signo de los nuevos tiempos y respetado por todos. Al respecto dice el escritor colombiano Dasso Saldívar: "Carlos Fuentes confesó en alguna ocasión que todos los días, al despertarse, piensa en su amigo Julio Cortázar, lo cual es una prueba máxima de la admiración y el afecto que le tenía. Vargas Llosa escribió en alguna de sus columnas de Piedra de Toque que el escritor argentino fue, a pesar de las divergencias ideológicas, uno de sus mejores amigos y su modelo intelectual y personal durante muchos años. García Márquez, por su parte, admitió que el autor de Rayuela es el ser humano más impresionante que ha tenido la suerte de conocer, y celebró el grato privilegio de ser su amigo. Y así, si hiciéramos una encuesta entre todos los que fueron amigos de Cortázar, grandes y pequeños, famosos o simples ciudadanos de a pie, creo que la mayoría señalaría el hecho de haberlo conocido y tratado como uno de los grandes dones de sus vidas."
Pero más allá de su indiscutido prestigio literario, Cortázar irradiaba una honestidad y honradez a toda prueba, virtudes que, por supuesto, no eran ajenas al reconocimiento, afecto y respeto que le tributaban sus contemporáneos.
Ya había dado prueba de ello en la Argentina, cuando publicó en 1949 un comentario crítico sobre la novela Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal. Fue, entonces, el único escritor argentino capaz de quebrar una lanza en favor de la obra de su compatriota. Sobre este episodio le cuenta a Evelyn Picon Garfield: "...nadie en la Argentina, en ese momento por la circunstancia política, nadie tuvo por un lado la intuición y por otro la honradez, la decencia de aceptar que Adán Buenosayres era una revelación para la literatura argentina. Como en ese momento todos los intelectuales éramos prácticamente antiperonistas y Marechal era uno de los pocos peronistas, cuando salió Adán Buenosayres nadie dijo nada o dijeron las peores cosas posibles. Yo leí el libro y me deslumbró en muchos sentidos, y me pareció que en ese momento el juego político no tenía nada que ver con el libro y con la importancia, la gravitación que ese libro tenía para nosotros y que se ha visto a lo largo de veinte años."
Años más tarde, ya en pleno apogeo del boom, cuando muchos escritores, editoriales y medios publicitarios privilegiaban al “cogollito”, como lo llama Donoso, Cortázar hablaba o escribía con admiración y respeto de Felisberto Hernández, de Arlt, Onetti, Rulfo, Carpentier, Lezama o Roa Bastos, entre mucho otros.
Si hubo disenso alguna vez, si hubo críticas en torno a su actitud fue por su apoyo a la Revolución Cubana y la nicaragüense después. Fue su amigo Luis Tomasello quien ofreció una respuesta muy atinada al respecto cuando se le mencionó el comentario de Vargas Llosa en el prólogo a las Obras completas de Cortázar, de que este había cambiado mucho, que en los últimos años le parecía un desconocido: "—Yo creo que la gente como Julio evoluciona. Se inclina hacia algo más profundo, pero creo que lo que dice Vargas Llosa es un problema político, más que nada, porque Julio se inclinó completamente a la izquierda y Vargas Llosa bien a la derecha, así que es lógico que para él haya cambiado, pero yo creo que es un problema de él y no de Julio." 

CUBA Y SU REVOLUCIÓN
En 1963 Julio Cortázar visitó Cuba para formar parte del jurado del Premio literario Casa de las Américas. Había estado un año antes en apoyo a la Revolución. Era el comienzo de una relación entrañable que ya no tendría fin. El cronopio mayor se enamoró de la Isla, de sus habitantes, de su proceso revolucionario. Fueron años de cultivar amigos, de trabajar incesantemente consiguiendo libros, distribuyendo correspondencia, proponiendo colaboraciones para la revista Casa de las Américas, de cuyo Comité de Colaboración era parte. Años de ofrecer generosamente los espacios públicos abiertos con su prestigio para exponer y defender los valores de Cuba y su Revolución.
La relación con Cuba fue para Cortázar un torbellino que sacudió su estatura intelectual: "La Revolución Cubana modificó mi visión de la realidad latinoamericana. Yo era un hombre indiferente a la Historia, tanto de Latinoamérica como del resto del mundo. Me interesaban la estética y la literatura por encima de todo. Rayuela, por ejemplo, que está escrita antes de mi primer viaje a Cuba es un libro que podríamos calificar, con una cierta pedantería, de metafísico (por los problemas que se plantea sobre el destino del hombre y sobre el misterio de la realidad). Pero luego viene para mí la Revolución Cubana: de golpe comprendo que hay un destino latinoamericano en juego, y que un escritor o cualquier hombre libre, honesto, tiene un papel que desempeñar en ese destino. Ya no es posible refugiarse en la torre de marfil de la literatura pura, el cine puro, la pintura pura. Hay que estar ligado de alguna manera al destino de nuestros pueblos." 
Como todas las relaciones intensas, la de Julio con Cuba estuvo signada, también, por momentos difíciles. El episodio más arduo fue, sin duda, el vivido alrededor del llamado “caso Padilla”. En lo que a Cortázar respecta, el asunto terminó con la publicación de “Policrítica a la hora de los Chacales”, texto en el que resume su sentir, después de vivir la incertidumbre, la polémica, la censura, la calumnia, como consecuencia de la actitud mantenida frente a aquel suceso: "De qué sirve escribir la buena prosa, / de qué vale que exponga razones y argumentos/ si los chacales velan, la manada se tira contra el verbo,/ lo mutilan, le sacan lo que quieren, dejan de lado el resto,/ vuelven lo blanco negro, el signo más se cambia en signo menos,/ los chacales son sabios con los télex,/ son las tijeras de la infamia y del malentendido,/ manada universal, blancos, negros, albinos,/ lacayos si no firman y todavía más chacales cuando firman,/ de qué sirve escribir midiendo cada frase,/ de qué sirve pesar cada acción, cada gesto que expliquen la conducta/ si al otro día los periódicos, los consejeros, las agencias,/ los policías disfrazados,/ los asesores del gorila, los abogados de los truts/ se encargarán de la versión más adecuada para consumo de inocentes o de crápulas..."  
“La Policrítica” fue enviada por Cortázar a Haydée Santamaría antecedida por una pequeña carta, de mayo de 1971, en la cual decía: "En la medida de lo humano, dispongo ahora de todos los elementos de juicio para hacerme una idea precisa del episodio que se ha dado en llamar “el caso Padilla” y sus repercusiones.
Puedo, pues, decir mi palabra, individualmente, sin concederle valor que el de sinceridad y la solidaridad. Quiero que usted la conozca directamente. No es una carta, ni un ensayo, ni un documento político bien razonado; es lo que nace de mí en una hora muy amarga pero en la que hay, sin embargo, una plena confianza en muchas cosas, y sobre todo en la Revolución [...]."
Esa fidelidad a Cuba —fidelidad, en primer lugar, a sí mismo— le valió censuras y duros juicios por parte de ciertos sectores de la comunidad intelectual internacional. A propósito de ello, Borges, de quien habíamos adelantado una anécdota con el autor de Rayuela, puso algo de su cosecha en lo que sería su segundo y último contacto con este, en vida de ambos. Es Cortázar quien la da conocer, en carta de octubre de 1968, a Roberto Fernández Retamar: “Borges pronunció una conferencia en Córdoba sobre literatura contemporánea en la América Latina. Habló de mí como un gran escritor”. Cuando leí la noticia en los diarios, me alegré más que nunca del homenaje que le rendí en La vuelta al día... Porque yo, aunque él esté más que ciego ante la realidad del mundo, seguiré teniendo a distancia esa relación amistosa que consuela de tantas tristezas. Me temo que esa posición no sería entendida por los que cada vez pretenden más que el escritor sea como un paralelepípido macizo que solo puede ajustarse a otro paralelepípido. No sirvo para hacer paredes, me gusta más echarlas abajo”. Aún así, como anuncia el final de este fragmento, Cortázar no fue un amigo dogmático, sin matices; todo lo contrario. Siempre manifestó su opinión crítica, discrepó cuando lo creyó necesario. Son conocidas sus opiniones de entonces contra “el machismo latinoamericano” y sus consecuencias para la construcción de la nueva sociedad —como la homofobia—, y opiniones de diversa índole, como ejemplifica el siguiente fragmento de carta enviada a su amigo Fernández Retamar en diciembre de 1969: “Alguna vez hablaremos tú y yo sobre ese traumatismo que se nota en algunos intelectuales y políticos cubanos frente a los “compañeros de ruta” situados en el extranjero; una vez más creo que lo que tú dices en algún momento es muy justo (esos argentinos que conocí en La Habana y que se pasaban el día explicándoles a ustedes cómo había que hacer o defender la Revolución...), por otra parte creo que tú y otros compañeros tienen ahora la tendencia a meternos a todos en la misma bolsa, a insistir demasiado en eso de que vivimos en nuestras Arcadas y que desde allí vociferamos, etcétera; no es demasiado justo, sabes, y a veces me lleva incluso a ser injusto yo mismo y a preguntarme si entre ustedes ese punto de vista no es, de alguna manera, una forma demasiado cómoda de hacerse una buena conciencia. No lo creo en tu caso o en el de cualquiera,  de mis amigos, pero sí en otros que sacan demasiado el pecho cubano cuando, quizá, no siempre lo sacaron a la hora en que las papas quemaban”.
No obstante, ver la relación de Julio con Cuba bajo el prisma de una dinámica de adhesiones y críticas, sería reducirla al esquema común de aquellos años signado por el discurso de la Guerra Fría trasladado al terreno cultural. Aquella fue una relación única, personalísima, cronopial, marcada por la alegría de la verdadera amistad y los afectos reales: “Mi querido Roberto: Recibí muy rápidamente tu carta del 13, y ayer, para mi enorme alegría, el ejemplar de Rayuela tan cariñosamente dedicado y firmado por Lezama, Mariano y tú mismo —con un espléndido ¡COÑO! que ocupa gran parte del antilomo de ese antilibro”.
EL CHE
La primera incursión en el tema político, o ideológico, desde el terreno de la ficción, la acomete el cronopio mayor en el cuento “Reunión”, incluido en Todos los fuegos el fuego, de 1964.
El cuento es narrado en primera persona por el Che. No hay ninguna alusión directa a que así sea, salvo el exordio, un fragmento de “La sierra y el llano”, firmado por Ernesto Guevara, y un brevísimo diálogo hacia el final, en que Luis —personaje que a todas luces encarna a Fidel— dice: “—Así que llegaste, che —dijo Luis. Naturalmente, decía ‘che’ muy mal”. Cortázar prefiere sugerir para que sea el lector quien dé los tintes reales a la historia. El narrador cuenta las peripecias de una travesía azarosa, un desembarco en zona pantanosa, abundante en mangles, donde los esperaba la aviación para ametrallarlos y, si lograban pasar la zona de los “pastizales”, cruzarían la carretera en busca de las “colinas”; todo narrado bajo el jadeo de un asma constante. Al final, los sobrevivientes logran “reunirse” en una de aquellas colinas.
“(...) Ese cuento que se llama “Reunión”, cuyo personaje es el Che Guevara, es un cuento que yo jamás habría escrito si me hubiera quedado en Buenos Aires ni en mis primeros años de París, porque no me hubiera parecido un tema, no hubiera tenido ningún interés para mí. En cambio, en ese momento, el tema de ese relato me resulta absolutamente apasionante, porque yo traté de meter ahí, en esas veinte páginas, toda la esencia, todo el motor, todo el impulso revolucionario que llevó a los barbudos al triunfo.”  
Años más tarde, en 1967, al saberse la noticia de la muerte del Che, Cortázar le escribe a Fernández Retamar: “[...] el Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo [...] Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer en esas primera horas, esto que nació como un poema y que quiero que tengas y que guardes para que estemos más juntos. 


Che
Yo tuve un hermano
No nos vimos nunca
pero no importaba.
Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo
le tomé la voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.
No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida. 
¿Hasta dónde habrá calado el ejemplo de su coterráneo? ¿En qué recóndito eslabón del ideario cortazariano se habrá engarzado la dimensión mítica del Guerrillero Heroico? ¿Habrá imaginado un destino de iguales proporciones humanistas? ¿Se sabía Julio Cortázar un guerrillero de la palabra? Su apoyo a la causa de Cuba y de la revolución sandinista luego, nos dicen bastante. Lo demás habrá que imaginarlo, como en sus mejores historias.

CORTÁZAR SIEMPRE
Julio Cortázar está cumpliendo sus primeros noventa años, y ha querido el azar travieso, en el que él creía, que vengan cuando cumple sus veinte años de haberse ido a “mirar las flores del lado de las raíces”.
Su presencia continúa creciendo y los jóvenes se han encargado de que así sea. Una encuesta realizada este año por el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas a un nutrido grupo de escritores cubanos, lo señaló como el escritor latinoamericano preferido por los cubanos. En Argentina, varias encuestas aplicadas en escuelas, destacan cómo el autor de Rayuela ha desplazado en las preferencias de los jóvenes a Stephen King, el autor promovido por los grandes medios. Los motivos son diversos, desde “lo leo porque mi mamá es fanática”, “tiene connotaciones de rebeldía, de revolución”, “me copan las metáforas porque me hacen acordar a las metáforas de los Redondos”, “es como los Beatles”, hasta la opinión de una profesora de literatura que afirma “los chicos se copan con Cortázar porque se cagan en la realidad”.
Lo cierto es que siguen con nosotros su inmejorable ejemplo como ser humano, su honradez a toda prueba, la fidelidad a sí mismo que lo hizo rehuir cualquier pose demagógica, su cara de niño grande, su inagotable capacidad de asombro, su espíritu voraz e innovador que nos dejó excelentes traducciones de Chesterton, Poe, Daniel Defoe, Gide o Marguerite Yourcenar; espíritu que lo llevó a explorar nuevos terrenos literarios y artísticos, como manera de inventarse una realidad. Y lo logró en su pugna con el lenguaje, con las estructuras, que dio como resultado un nuevo lenguaje, una original concepción de lo fantástico y novedosas estructuras en el cuento y la novela.
Pronto llegará su centenario. Mientras esperamos, nos deja el jazz, el boxeo, el inagotable amor a la vida y a los vivos y una de las mayores obras en prosa española del siglo XX. La suya.    

sábado, 1 de diciembre de 2012

Escribir en Cuba en el siglo XXI. (Apuntes para un ensayo posible)


Este martes 27 de noviembre, comenzó en la Casa de las Américas la ya habitual "Semana de Autor", que invita a un renombrado autor de nuestro continente a reunirse con el público para compartir lecturas, acercamientos críticos a su obra y presentaciones de libros. En esta ocasión el invitado ha sido Leonardo Padura, primer escritor cubano distinguido con dicho homenaje. Padura, el escritor cubano actual residente en la Isla con mayor éxito comercial y quizás el más leído, despierta el interés de sus lectores y la prensa tanto con sus textos como con sus opiniones públicas. He recibido algunos mensajes y llamadas que solicitan detalles propósito de esta "Semana"... Por eso decido compartir algunos textos de y sobre Padura, leídos en la Casa de las Américas, publicados en su portal digital, La Ventana. Es mejor leer el cuento, a que le cuenten a uno. 

Padura lee sus palabras en la Sala Che Guevara. 
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Intervención con la cual el escritor cubano Leonardo Padura dejó abiertos los días de la Semana de Autor, este martes 27 de noviembre en la Casa de las Américas


Hay tres preguntas que me hago con cierta frecuencia, y aunque para otras personas algunas de esas interrogantes puedan no tener demasiado o ningún sentido, tratar de encontrarle una respuesta convincente a cada una de ellas es uno de los desafíos que más me obsesiona. Y suelo ser bastante obsesivo.

La primera, y quizás la de más fácil y en apariencia obvia respuesta es ¿por qué soy cubano? La posible facilidad con que podría ser contestada, es decir, soy cubano simplemente porque nací en Cuba y he vivido toda mi vida en Cuba, por lo cual sentimental, cultural y humanamente no tengo otra opción que la de ser cubano, se puede complicar con cierto sentimiento de predestinación cósmica, de fatalidad o gracia geográfica (la maldita circunstancia de Virgilio o la Perla de las Antillas desde tiempos de España), razones todas ajenas a mi voluntad o capacidad de decisión. Pero incluso la respuesta podría enrevesarse más si a esa condición natal o incluso escogida, se le añaden los elementos de lo que implica una pertenencia asumida por encima de lo jurídico, y que caería entonces en un territorio donde sí incide el albedrío personal. Ahora bien, si como ocurre en tantas ocasiones, a esta simple pregunta se le intercala una recurrida y utilísima interjección muy común en el vocabulario de un cubano, y se ubica en un determinado contexto, puede perder toda su simplicidad aparente y convertirse en un desafío histórico o filosófico. ¿No es eso lo que ocurre cuando, en lugar de uno preguntarse “¿por qué soy cubano?”, se pregunta, “¿por qué coño soy cubano?”…

Hecha y matizada esa pregunta, su pertinencia en mi obsesiones se hace más evidente, pues sin ella y sus posibles respuestas, que pueden estar condicionadas por factores coyunturales, difícil me resultaría empezar a hacerme las otras dos preguntas recurrentes y evidentemente más complicadas: ¿por qué soy un escritor cubano? Y, sobre todo, una que calca y a la vez amplia y modifica el sentido de la anterior con una subordinada: ¿por qué soy un escritor cubano que escribe y vive en Cuba?

Si confieso que para la primera de estas dos últimas preguntas no tengo una respuesta convincente, tal vez no me creerán. Sobre todo porque mucha gente, empezando por mí mismo, no suele creer en esas predestinaciones cósmicas que antes mencioné. Solamente debo advertir que nací y crecí en una casa donde solo había 9 libros –ocho volúmenes de las Selecciones del Reader Digests y una Biblia-, que soy hijo de un masón y una católica a la cubana de los más corrientes y típicos, que crecí en un barrio llamado Mantilla donde todavía se dice “ir a La Habana” cuando alguien se traslada al centro de la ciudad, y que hasta 1980 el nivel escolar más alto alcanzado por alguien de mi familia era el octavo grado al que habían llegado, a duras penas, mi madre y una tía paterna. Resulta evidente que, con tales antecedentes, con la agravante de que durante los primeros dieciocho años de mi vida lo que más me atrajo y a lo que más tiempo dediqué fue a practicar, ver o pensar en el juego de pelota, y a que entre todas las obligaciones académicas de los estudios medios mi asignatura favorita era la de matemáticas, no veo en mi pasado remoto razón alguna que pueda indicar una vocación, en la edad en que se forjan las vocaciones más profundas.

Fue en la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, en un momento mutilada y condenada a ser solo Escuela de Letras y, de pronto, transfigurada en Facultad de Filología, donde me topé con el deseo de ser escritor, como si no pudiera dejar de hacerlo. Lo interesante es que llegué a ese sitio y encuentro por pura causalidad socialista, pues mi intención de graduado preuniversitario fue la de estudiar periodismo con el sueño de fungir como cronista deportivo. Pero en aquel preciso curso académico no abría la carrera de periodismo, como tampoco la de Historia del Arte, por la que luego intenté decantarme. Ante tanta reorganización de lo que estaba organizado –era el año 1975, la cúspide de la institucionalización del país-, trastabillando tras mi sueño de escribir sobre pelota, terminé estudiando Literatura Hispanoamericana, sin imaginar siquiera que aquellas “actualizaciones” universitarias me pondrían en el camino de lo que ha sido mi vida profesional y sentimental, o sea, toda mi vida, pues mientras estudiaba esa carrera sentí por primera vez la posibilidad de soñar, no ya con la crónica deportiva, sino con la práctica de la literatura y además encontré a la muchacha que, desde entonces, me acompaña en cada acto de mi existencia (aunque debo admitir que a veces lo hace a regañadientes). Por ello, a diferencia de otros pretendientes a escritores o incipientes escritores que comenzaron a levantar la cabeza en la isla por aquellos años finales de la década de 1970 y que se harían más visibles en el decenio siguiente, cuando comienzo a sentir las exigencias de la literatura, yo no tenía la menor conciencia de en qué universo pretendía entrar y, de hecho, estaba entrando.

Justo por aquellos años una de las profesiones más ingratas a las que se pudiera aspirar en Cuba era precisamente la de practicar la literatura, a la cual, sin embargo, se daban entusiastamente tantos habitantes del país que se podía tener la impresión de que éramos el paraíso de los escritores. Porque en la Cuba de 1980 había, además de poetas, narradores y ensayistas a secas, también muchísimos creadores “colectivos” de teatro nuevo, legiones de escritores policiales, de testimonio y de ciencia-ficción, y miles de talleristas, escritores voluntarios y escritores aficionados, todos con sus concursos, premios y publicaciones. Curiosamente aquella superpoblación de nuestra República de las Letras había cuajado justo cuando varias decenas de los más notables escritores cubanos, por causas, sospechas y hasta simples suspicacias de diverso origen, había vivido toda una década de marginación y silencio, en medio de la cual algunos de ellos se encontraron con la muerte y el silencio eterno. Mi desconocimiento o mal conocimiento de aquella historia oscura no me hizo dejar de notar, sin embargo, algo que me pareció alarmante: ¿tan graves habían sido los pecados o deslices de estos escritores cubanos si en aquellos inicios de la década de 1980 se les rehabilitaba silenciosamente, como si lo pasado nunca hubiera pasado?

Fue en el ambiente más favorable de esos años cuando me hice –o comencé a hacerme- un escritor cubano que vivía en Cuba, y por vía atmosférica, más que por un proceso de racionalización, fui descubriendo cómo debía enfrentar la literatura alguien que pretendiera ser aquello en lo que yo me estaba convirtiendo: un escritor cubano que vive en Cuba. Para comenzar, alguien con tal condición era un compañero que necesariamente debía tener un trabajo (como periodista, asesor literario, profesor, funcionario) y realizar además de sus empeños literarios, que se hacían en horas robadas al descanso o al horario laboral; era alguien cuya aspiración máxima radicaba en el hecho de sacar un turno en la cola para publicar sus obras en alguna editorial de la isla, pues el extranjero resultaba algo difuso, lejano, solo accesible para figuras ya históricas como Alejo Carpentier y Nicolás Guillén, o para autores tan reconocidos como Manuel Cofiño, el escritor por excelencia, en cuyo maletín siempre estaban los sobados contratos de las traducciones al ruso, moldavo, rumano, uzbeko de sus exitosas y muy promovidas y reeditadas novelas. Y un escritor cubano debía ser, además, un ser social con suficiente conciencia de clase, del momento histórico –siempre hemos vivido en un momento histórico- y de la responsabilidad del intelectual en la sociedad, como para escribir solo que se suponía –o le hacían suponer- que debía escribir. En dos palabras: alguien capaz de manejar con tino el arte castrante de la autocensura para evitar el agravio de la censura.

Para un pretendiente a escritor cubano mis destinos laborales de aquella década de 1980 fueron los mejores que hoy pudiera imaginar y, si me hubiera sido posible, escoger. Para mi fortuna, mi primer centro de trabajo fue El Caimán Barbudo cuando “El Caimán” se había convertido en el centro más activo de las pequeñas (o no tan pequeñas) preocupaciones de los jóvenes escritores de entonces. Así, en “El Caimán” pude hacer mi conocimiento del mundo y las figuras de la literatura cubana de aquel momento y desarrollé un fuerte sentimiento de pertenencia generacional. Allí también aprendí que las reglas de juego establecidas en la década de 1970 para el mundo de la cultura, seguían funcionando en una especie de extrainning interminable y que cualquier movimiento en falso podía ser considerado un “balk” por los árbitros de la pureza ideológica. Luego, tras mi salida bastante estrepitosa del mensuario cultural (me cantaron un “balk”), fui a trabajar al vespertino Juventud Rebelde, donde se suponía que debía ser reeducado ideológicamente, pero donde en realidad me eduqué literariamente, gracias al conocimiento más íntimo de la historia de mi país, a las muchas horas que pude dedicar a la lectura y a la práctica de un periodismo que me abriría las puertas de una conciencia de lo que iba a ser mi literatura. Pero, sobre todo, porque en esos años conseguí hacer un reconocimiento más maduro de mis expectativas, de mí mismo y de la sociedad en la que vivía –a lo que mucho me ayudó, de manera dolorosa pero rápida y eficiente, el año que pasé en Angola y a lo largo del cual conocí no solo el miedo (algo muy personal), sino también la verdadera pobreza material, y las miserias y bondades de los seres humanos, manifestadas en sus estados más consolidados y patentes.

En aquella época, aunque escribí muy poco –sobre todo en la etapa de Juventud Rebelde, cuando fui cariñosa y peligrosamente absorbido por la labor periodística-, junto a otros escritores de mi generación, fui perfilando unos intereses literarios que mucho tenían que ver con nuestras propias experiencias, pero también con una lógica reacción a lo que se había escrito en Cuba, y cómo se había escrito, en los años anteriores, los del terrible decenio negro. Una incipiente conciencia de que la política y la literatura debían tener existencias independientes, de que el hombre y sus dramas puede o debe ser el centro de la creación artística, y de que mirar críticamente el entorno era una responsabilidad posible para el escritor, fueron moldeando unos intereses colectivos y haciéndose patentes en las obras que, con mayor o menor fortuna artística, creamos y hasta publicamos en esos tiempos, no sin ciertos sobresaltos, aunque en realidad atenuados respecto al pasado inmediato.

Pero (por la dichosa conjunción cósmica o por una simple necesidad histórico-concreta) sería la década de 1990 la de mi conversión real y definitiva en un escritor, por supuesto que cubano y que viviría en Cuba, con el colofón de llegar a ser, a partir de 1995, un escritor profesional... Sería aquella época, además, y por cierto, la de la caída del muro de Berlín, el tambaleo y derrumbe de la hermana Unión Soviética, y la de los tiempos más álgidos del Período Especial. Si en medio de aquellas catástrofes, que tuvieron efectos tan directos como la falta (entre otras cosas) de electricidad, comida y transporte, además de la paralización de la industria cultural y editorial del país, si en medio de tantas incertidumbres continué siendo un escritor cubano que vivía en Cuba quizás se deba, sobre todo, a que la primera pregunta de las que me obsesionan –es decir, ¿por qué soy cubano?- colocó en las balanzas posibles todo su peso interior a través de un sentido de pertenencia y porque ya era un escritor cubano (a esas alturas ya difícilmente podía ser otra cosa) y mi intención era ser un escritor cubano que escribiera sobre Cuba, con la mayor libertad y sinceridad posibles, empeñado en reflejar los conflictos (al menos algunos de ellos) de mi sociedad y asumiendo los riesgos inherentes a tal empeño. Y, atado a mis pertenencias y para conseguir ese propósito literario, decidí personal, soberana y conscientemente quedarme en Cuba y, a pesar de las carencias e incertidumbres que nos tocaban las puertas a casi todos, y hasta de mis propios miedos, escribir en Cuba y sobre Cuba.

Fue la práctica de la literatura la que me salvó entonces de la locura y la desesperación a la que me abocaba el medio ambiente. Entre 1990 y 1995, mientras fungía como jefe de redacción de La Gaceta de Cuba y tres veces a la semana hacía en bicicleta el recorrido Mantilla-Vedado-Mantilla, en invierno y en verano, en seca o en lluvia, la escritura se convirtió en mi refugio y escribí en ese período tres novelas –Pasado perfecto, Vientos de cuaresma y Máscaras-, un libro de cuentos, mi largo ensayo sobre Carpentier y lo real maravilloso, tres o cuatro guiones de cine y hasta organicé dos libros con mi periodismo de los años anteriores y una antología de cuentistas cubanos, El submarino amarillo. Gracias a la literatura viajé a España, México, Colombia, Argentina, Italia, Estados Unidos. Gracias a la literatura y a esos viajes y al pasaporte uruguayo de Daniel Chavarría pude comprarme una computadora y hasta una lavadora y algunas bandejas de picadillo de res en las tiendas en divisa, cerradas entonces para los cubanos, pero con un resquicio abierto para los escritores cubanos que vivíamos en Cuba y obteníamos alguna moneda fuerte de nuestras estancias en el extranjero, cuando esa moneda era convenientemente trocada en unos cheques rojizos que nos permitían acceder a aquel privilegio que, aunque no incluía las computadoras, nos salvaba de la inanición y de la cárcel (cuando allá podías terminar por andar por la calle con unos dólares en el bolsillo).

Es hora ya de advertir que, si para hablar de lo que ha sido y, sobre todo, de lo que es la práctica de la literatura en Cuba, parto de un recuento de caminos, avatares y decisiones personales, se debe a la percepción de que mi experiencia individual como escritor cubano que ha vivido y vive en la isla, recibió y ha recibido a lo largo de treinta años el peso y la influencia de todas las circunstancias por las que ha ido pasando el ejercicio de este arte en el país y que, de muchas maneras, han condicionado mis expectativas y necesidades de creador y de ciudadano perteneciente a una generación muy específica de cubanos: la que nació en la década de 1950, estudió en las universidades durante el crítico período de los 70 y entró en la literatura insular, con una tímida ruptura, en los años de 1980. La generación que, en el momento de su madurez y posible eclosión, vio alterado su desarrollo o evolución con la llegada del eufemísticamente bautizado Período Especial que marcó la última década del siglo XX y proyectó su espectro hasta este presente de hoy, de ahora mismo, la generación literaria cubana que tal vez con mayor encono recibió los golpes pero también los beneficios –sí, los beneficios- de esos años que el solo hecho de recordarlos da hambre, calor y hasta riesgos de sufrir una polineuritis cegadora. ¿Se acuerdan de la polineuritis, verdad?

Porque en medio de aquel caos, locura, lucha por la supervivencia pura y dura que se instauró en el país, mientras escribía como un loco para no volverme loco, algo comenzó a cambiar en la condición del escritor cubano que vivía en Cuba, movida por la presión de esa especie cultural que, por supuesto, ya no era tan abundante como en los días de 1970 y 1980, pues publicar un libro en una editorial del país se convirtió en algo excepcional y muchos dejaron de intentarlo, porque otros “escritores” emergidos en los 70 no lo eran tanto y se evaporaron, y porque otros muchos de los escritores cubanos que vivían en Cuba cambiaron su condición por la de escritores cubanos que vivían fuera de Cuba o, como se les ha dado en llamar, escritores de la diáspora o el exilio (una relación, lamentablemente desactualizada, aparece en el epílogo al Informe contra mi mismo, del entrañable y ya desaparecido Lichi Diego, alias Eliseo Alberto).

Lo que se movió en el territorio de la creación y específicamente de la literatura cubana fue una suma de circunstancias materiales y espirituales capaces, en su conjunto, de redefinir la situación del escritor que vivía en Cuba y alterar de modo bastante radical el contenido y las intenciones de su obra. Entre esos elementos estuvo la ya mencionada paralización de la industria editorial del país, lo que obligó a los escritores a buscar por el mundo un premio literario que los salvara de la inopia y, a la vez, una vía para estampar sus obras, sin que, por primera vez en tres décadas aquellas intenciones editoriales se convirtieran en un pecado, punible como todos los pecados; por supuesto, esta relación diferente con el presunto o al fin encontrado editor extranjero creó una dinámica a su vez diferente, menos prejuiciada, entre el escritor y su obra, pues esta última ya no estaba destinada, al menos en primera instancia, a un editor cubano que podría leerla como un funcionario del estado cubano y, desde tal perspectiva comprometida, admitirla o rechazarla; súmese a estos dos elementos, otros de carácter social y espiritual que marcarían la época: el desencanto, el cansancio histórico, la revisión crítica de la sociedad y sus actores a que nos abocaron la crisis y el conocimiento de nuestra y otras realidades, de algunas verdades ni siquiera sospechadas en toda su dimensión y los propios cambios en una sociedad que estaba sufriendo violentas contracciones y dando origen a actitudes y necesidades antes sumergidas o incluso inexistentes… El resultado de todas esas revulsiones fue una literatura que muy pocos, quizás nadie, podía concebir o imaginar en los años anteriores, una literatura de indagación social, de fuerte vocación crítica, incluso en muchas ocasiones de disenso con el discurso oficial, que con su carácter y búsquedas marca los rumbos que ha seguido desde aquellos años finales del siglo XX hasta estos ya no tan iniciales del siglo XXI lo que puede considerarse el main-stream de la literatura cubana. Y en ese rubro incluyo, por supuesto, la que escriben los que viven en Cuba y los que viven fuera de Cuba, la que se publica y distribuye en Cuba y la que se edita fuera de la isla. Una creación que, justo es decirlo, muchas veces consiguió ser estampada y distribuida en Cuba, gracias a una percepción más realista del entorno y de las necesidades de expresión artística por parte de las autoridades culturales del país.

Esa literatura que se comenzó a escribir y publicar en la década de 1990, y de la cual yo participé, se propuso indagar en rincones oscuros o inexplorados de la realidad nacional, mirar críticamente hacia el pasado, bajar a los fondos de la sociedad en que vivíamos, encontrar respuestas a preguntas existenciales, sociales y hasta políticas a las circunstancias que habíamos atravesado. Varios de los escritores de ese momento consiguieron el propósito de encontrar casas editoriales fuera de la isla, entidades que publicaron y promovieron su obra, y les confirieron un nuevo sentido de independencia, tanto literaria como económica. En el terreno de lo artístico tal independencia se manifestó en una creación cada vez menos condicionada a lo establecido, más abiertamente crítica incluso, o sencillamente, más personal. En el plano de lo económico permitió la profesionalización de algunos escritores y la posibilidad de conseguirlo de muchos otros, una condición impensable hasta la década de 1980 y que, por supuesto, confería otra dosis de independencia al escritor cubano que vivía y escribía en Cuba.

En medio de esa nueva circunstancia nacional, tal vez el mayor error de esta literatura más desenfadada o desencantada o intencionadamente crítica haya sido su falta (o la incapacidad de algunos de sus creadores) de una perspectiva más universal, es decir, menos localista. La insistencia en determinados mundos sociales, personajes representativos, problemáticas específicas y modos expresivos que se tornaron repetitivos, hizo que una parte notable de esta literatura se encallara en lo inmediato, en las tan peculiares peculiaridades cubanas, y creó una retórica que, al pasar el momento de júbilo internacional por esa nueva literatura creada en la isla, en especial la novelística, cortó o dificultó el acceso a las editoriales foráneas (las cuales viven sus propias crisis) de nuevos escritores cubanos que viven en Cuba y escriben sobre Cuba.

Pero sobre esta creación, desde los años finales del siglo pasado y sobre todo en los que corren del presente han gravitado otras condiciones que, a mi juicio, están afectando su desarrollo.

Ante todo está la certeza de que la escritura en Cuba es un acto o vocación de fe, un ejercicio casi místico. En un país donde la publicación, distribución, comercialización y promoción de la literatura funciona de acuerdo a coyunturas por lo general extra artísticas y no comerciales, búsqueda de equlibrios culturales y hasta códigos aleatorios de imposible sistematización, la situación del escritor y su papel se vuelven inestables y difíciles de sostener. Los escritores que publican en Cuba reciben por sus obras unos derechos retribuidos en la cada vez más devaluada moneda nacional –en función de lo que se puede adquirir con ella-, cantidades pagadas muchas veces con relativa independencia de la calidad de su obra o de la aceptación pública que consiga. Estos derechos de autor, por supuesto, hacen casi imposible la opción por la profesionalización de los escritores (lo cual, justo es recordarlo, resulta bastante común en todo el mundo), lo cual puede incidir en la calidad de la obra emprendida. ¿Con qué recursos cuenta un escritor cubano para dedicar, digamos, tres o cuatro años a la escritura de una novela que requeira de ese tiempo de elaboración? Resulta evidente que no puede depender solo de sus derechos en pesos cubanos y que debe buscar otras alternativas laborales o profesionales con las cuales ganarse la vida o en las cuales desgastarse la vida mientras dedica el tiempo restante a la creación. El estado calamitoso de la novela cubana de los últimos años puede o no tener una relación directa con esta situación existencial y económica (imposible de revertir o al menos de aliviar mientras no cambie toda la “situación económica”), pero su estado de deterioro puede ser visible, por ejemplo, si contamos cuántas obras de este género, el más leído y publicado en el mundo, obtienen los premios anuales de la Crítica Literaria, un rasero subjetivo pero posible para medir las calidades de lo que se difunde a través de las casas editoras del país.

Otra cuestión que afecta al escritor cubano desde hace décadas, pero que se ha agudizado en los últimos tiempos, es su lamentable desinformación respecto a la literatura que se está creando en otras latitudes. Todos los lectores cubanos, todos los escritores que vivimos en la isla, padecemos de esta desactualización porque, incluso en el caso de los más enterados, siempre su relación con lo que se lee en el mundo resulta aleatoria, dependiente no de sus necesidades sino de sus posibilidades de comprar o encontrarse con determinados autores y obras que, en ningún caso, se publican o distribuyen normalmente en el país. De esta forma, el escritor cubano del siglo XXI que vive en Cuba –donde tiene un precario acceso a Internet, o simplemente no lo tiene-, se mueve a bastonazos de ciego por el universo de la literatura de su tiempo, en la cual debe insertarse y con la cual debe compartir el mercado, si logra llegar a abrir alguna puerta de esa instancia tan satanizada pero a la vez tan necesaria, incluso para la creación y la promoción nacional e internacional de la literatura.

No se puede olvidar tampoco que con mucha frecuencia el escritor cubano que vive en Cuba y escribe en Cuba debe además enfrentar una muy deficiente política promocional, entre otras razones por la propia inexistencia de un mercado del libro dentro del país, pero también, entre otros factores, por el ruinoso estado de la crítica literaria doméstica y por la todavía presente, en estos tiempos de cambio de mentalidad y de muchas otras cosas, sospecha política a la que puede verse sometido si su obra no es complaciente con los preceptos de la ortodoxia fundada en aquellos lejanos pero todavía (para algunas mentes) actuantes límites de lo “correcto” patentados en los años 1970. La suma de estos elementos ha creado, en contra de la propia validación de la literatura que se hace en el país, la sensación de que por dos generaciones la isla apenas ha dado –o simplemente no ha dado- escritores de importancia, provocando una falsa imagen de vacío.

Aunque no lo deseaba especialmente, debo volver ahora a la experiencia personal para ejemplificar cómo puede funcionar la realidad antes descrita. Cuando hace poco más de un mes la Casa de las Américas me invitó a ser el escritor que protagonizara esta Semana de Autor, más aun, el primer escritor cubano al que se le dedicara la Semana de Autor, mi previsible reacción fue de asombro. Como suelo hacer, comencé a preguntarme cosas y la primera cuestión fue: ¿por qué yo y no otros escritores más reconocidos o institucionalizados, figuras que incluso exhiben Premios Nacionales en sus currículos? Antes de hacerme más preguntas, dije a la dirección de la Casa que sí, por supuesto que sí aceptaba, con mucho orgullo, el honor y reconocimiento a un trabajo que esta Semana de Autor representa, pero a la vez no pude dejar de recordar que un año atrás, cuando la Maison de América Latina de París, el Pen Club Francés y la sociedad de amigos de Roger Caillois me entregó el premio que lleva el nombre de ese importante escritor, ningún medio oficial nacional se acercó a mí o promovió, como se promueven otros acontecimientos o acciones, un suceso que me desbordaba como escritor y entrañaba, como es evidente, un reconocimiento para la literatura cubana, sobre todo la que se hace en Cuba por los escritores que vivimos en Cuba. Porque, en la lista de los anteriores galardonados con el premio –ninguno cubano- aparecían los nombres, entre otros, de Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Alvaro Mutis, Adolfo Bioy Casares… y ahora el de un cubano que sigue escribiendo y viviendo en Cuba.

No se puede olvidar, al recorrer la situación actual del escritor cubano que vive en Cuba y anotar algunas de sus tribulaciones y logros, el más esencial de los elementos que, a mi juicio, definen su carácter y, sobre todo, el de su obra. A diferencia de otros países, donde los escritores más notables o activos suelen tener una presencia social o artística gracias al soporte de los medios de mayor circulación o prestigio, el escritor cubano apenas tiene su obra y alguna que otra entrevista como vía para expresar su relación con el mundo, con su realidad, con sus obsesiones. Muchas veces la obra literaria se ve obligada a asumir entonces roles más ambiciosos y complicados de los que normalmente le competen, y funciona –o se le hace funcionar- como instrumento de indagación social y como medio para testimoniar una realidad que, de otra forma, no tendría un reflejo que la fijara y diseccionara. El escritor cubano que vive en Cuba, y día con día enfrenta la realidad del país, con sus cambios, evoluciones, reacciones sociales y sueños personales realizados o frustrados, se ha convertido en uno de los más importantes recolectores de la memoria del presente que tendrá el futuro. Esta responsabilidad añadida a la propia responsabilidad literaria confiere al escritor un compromiso civil que le da una dimensión más trascendente a su trabajo. Escribir sobre Cuba, sobre lo que ha sido y es Cuba y lo que son los cubanos de ayer y de hoy, con la sinceridad y profundidad que merecen esas entidades socio-históricas y humanas, es tal vez la tarea más compleja y a la vez satisfactoria que puede enfrentar el escritor cubano que vive en esta Cuba del siglo XXI. Porque es un deber con los cubanos y con la nación, porque es su destino, y porque si alguna vez ese escritor se pregunta ¿por qué soy cubano?, ¿por qué soy un escritor cubano?, y ¿por qué soy un escritor cubano que vive en Cuba? también podría cambiar el por qué en un para qué y quizás encontrar sus propias respuestas, incluso más cercanas a las predestinaciones cósmicas, pero también al papel social que ha asumido con esa vocación de fe que es la práctica de la literatura.



Texto tomado de: laventana.casa.cult.cu