domingo, 2 de diciembre de 2012

Fotografía del cuerpo en Cuba. Miradas




Fotografía del cuerpo en Cuba. Miradas


El próximo 5 de diciembre, a las 10:00 de la mañana, en el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, el poeta Rafael Acosta De Arriba, dictará la conferencia, “Fotografía del cuerpo en Cuba. Miradas”.
La conferencia tratará sobre la fotografía del cuerpo hecha en Cuba desde el siglo XIX al presente. Se abordarán los inicios de la recreación del cuerpo por la filosofía y el arte en Occidente hasta la llegada de la fotografía. A partir de este momento se analizará cómo se introduce en Cuba la fotografía y las primeras imágenes del cuerpo que se gestan en la isla. Después se analizará cómo evoluciona esta producción de imágenes hasta arribar al presente.
Es una inmensa parábola del tratamiento del cuerpo por los artistas del lente en el país, por supuesto debidamente ilustrada con imágenes de cerca de 90 artistas.
RAFAEL ACOSTA DE ARRIBA (La Habana, 1953) es Lic. en Educación (1975) y Dr. en Ciencias Históricas (1998). Ostenta, además, un segundo Doctorado en Ciencias (2009). Crítico de arte, ensayista, poeta, Investigador Titular en el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, donde además funge como Presidente del Programa Ramal de Creación Artística y Literaria y Profesor Titular Adjunto del Instituto Superior de Arte (ISA) y de la Facultad de Artes y Letras de la UniversidadLa Habana.. Es miembro de la UNEAC y de la ANHIC. Es Presidente del Consejo Técnico Asesor del Museo Nacional de Bellas Artes y secretario del Tribunal de Grados Científicos. Es miembro de los consejos editoriales de otras varias culturales y pertenece a los Consejos Científicos del ISA y del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello.
Fue jefe de redacción de las revistas Cine Cubano y de la Biblioteca Nacional José Martí, así como director del Centro de Información del ICAIC y Director de Prensa durante seis años del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Fue Presidente del Consejo Nacional de Artes Plásticas y Presidió la VII y VIII Bienal de La Habana. Durante siete años dirigió la Revista Artecubano y el mensuario Noticias de Artecubano, y fundó en 2005 la Revista Fotografía Cubana, de la cual fue su primer director.
Ha recibido numerosos premios y distinciones, entre los que se cuentan el Anual de Investigación Cultural, Razón de Ser y Pinos Nuevos.
Ha dictado conferencias, cursos de postgrado y maestrías dentro y fuera de Cuba. Ha viajado a 16 países en función de eventos artísticos y científicos. Ensayos y artículos suyos han sido publicados en revistas especializadas de Cuba y el extranjero.
Es autor de varios libros entre los que se cuentan Profecía del Vino (1995), Apuntes sobre el pensamiento político de Carlos Manuel de Céspedes (1996), Biobibliografía de Carlos Manuel de Céspedes (1997), Puertas Oscuras (1997), Fractura del Tiempo (1998) Los silencios quebrados de San Lorenzo (1999), El signo y la letra (2001), Momentos (2003), Haz de espigas (2007), Caminos de la mirada (2007) y Los signos mutantes del laberinto (2010).

sábado, 1 de diciembre de 2012

La escritura como competencia


Texto leído por Leonardo Padura en la Semana de Autor en la Casa de las Américas

Desde hace unos años me pregunto qué habría sido de mi vida ―o cómo habría sido mi vida, en realidad― si la tarde del 1º de septiembre de 1975 no me hubiera sorprendido bajo las amables arboledas del cruce habanero de Zapata y G, a las puertas del edificio de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana.

Al borde de los veinte años que pronto cumpliría, yo era en aquel momento la estampa viva de la inocencia, una hoja que el viento, imprevisible, podía mover hacia un destino mucho más imprevisible. Apenas unos meses atrás, el día que en un salón del preuniversitario donde estudiaba me vi en el trance de optar por una carrera universitaria, mis vocaciones eran tan incongruentes y dispares que luego de pensarlo varias veces y ante la noticia de que ese año no abriría la escuela de periodismo (me gustaba un poco aquello de ser cronista deportivo, pero, repito, un poco), deseché en un minuto la idea de estudiar arquitectura o cualquier especialidad directamente ligada con las matemáticas (la asignatura que había sido siempre mi fuerte) y me decanté por la carrera de Historia del Arte, en primera opción, y por ¡Geología!, en la segunda.

Por qué un matemático con aficiones geológicas pretendía estudiar Historia del Arte es todavía un misterio para mí. Creo que todo se debió al hecho de que entre las disparatadas y desactualizadas listas de carreras universitarias a escoger, había visto que existía una especialidad de Cine, Teatro y Televisión, como parte de Historia del Arte, y me gustó la tentadora posibilidad de pasar mi vida entre cines, teatros y televisores, más que entre ecuaciones y logaritmos.

Sin embargo, una semana antes del 1º de septiembre tuve un primer encontronazo con la realidad: la muy selectiva carrera de Historia del Arte que yo había escogido y merecido (era el aspirante con más alta puntuación de todos los preuniversitarios de la capital) no abriría su matrícula ese año, por lo que debía optar por alguna de las especialidades de Letras, las únicas a nuestra disposición.

Pienso que debo haber sido uno de los estudiantes de Letras más iletrados que alguna vez matricularon en la Escuela de Zapata y G. Mis lecturas hasta entonces eran tan raquíticas como la de cualquier muchacho de veinte años que ha dedicado lo mejor de su vida en jugar a la pelota, conversar con los amigos y perseguir a alguna muchacha con primeras intenciones. Muchos de mis compañeros de curso, mientras tanto, ya habían leído a García Márquez y a Carpentier, incluso a Cortázar y a Borges, y podían hablar de la poesía y la prosa de Benedetti y, en voz baja, de alguna de aquellas fabulosas novelas del primer Mario Vargas Llosa, ya para entonces enemistado a muerte con el sistema cubano.

¿Cómo aquel “buen salvaje” del barrio habanero de Mantilla que era yo el 1º de septiembre de 1975 pudo empezar a desbrozar los caminos de su monumental incultura y, dos años después, convertirse en colaborador habitual de revistas como El Caimán Barbudo, Alma Mater y Universidad de La Habana, y ser diez años después autor de un primer libro publicado, y luego, definitivamente, convertirme en escritor? Creo que la única respuesta posible es esta: gracias a la pelota.

Haber jugado pelota cada día de mi existencia hasta el momento en que me convertí en estudiante de la Escuela de Letras, haber pensado siempre en la pelota, y ser, aún hoy, un pelotero frustrado, fue la clave que, unida a la circunstancia de haber estado el 1º de septiembre de 1975 frente al edificio de Zapata y G y no en otro sitio, decidieron mi vida. La pelota me había arraigado un “espíritu deportivo”, o para ser más exacto, una necesidad de competencia tan acendrada que, al verme en el último lugar de la tabla de posiciones entre los estudiantes de la Escuela de Letras, decidí que mi única posibilidad era demostrar en el terreno que yo también podía competir.

Creo que el ambiente intelectual, el aire vagamente creativo que entonces se respiraba en el recinto de Zapata y G fue un impulso importante para mi decisión. Allí había muchos y buenos lectores, incluso algunos incipientes escritores y contra ellos establecí mi competencia.

Nunca en mi vida he vuelto a leer tanto ni a disfrutar del mismo modo la lectura como en aquellos años de ignorancia y descubrimientos. Además de las lecturas obligatorias, bajo mi necesidad de elevarme pasaron entonces decenas de libros que ya mis compañeros habían leído y que para mí fueron felices encuentros. Varios de mis compañeros de aula, mucho más “leídos” fueron mis primeros mentores y adversarios ―el poeta Alex Fleites, los ensayistas Jorge Luis Arcos y José Luis Ferrer (poeta uno, narrador el otro), el políglota y discutidor Arsenio Cicero― mientras otros nuevos amigos de aquella época, como el entrañable matancero Lincoln Capote, o mi colega de “inserción” en la oficina de la escuela, Abilio Estévez (considerado hoy uno de los grandes dramaturgos y novelistas cubanos), me indujeron a lecturas reveladoras de clásicos norteamericanos y de autores cubanos.

Leí en tales proporciones que antes de terminar el primer año de carrera me sentí tan en forma, tan listo para la competencia, que hasta escribí lo que parece haber sido mi primer cuento: un relato semifantástico que le di a leer a Abilio (por aquel tiempo ya en tercer año de la carrera), quien, con su mesura habitual, apenas se atrevió a decirme que no debía abusar tanto de las admiraciones en los diálogos, pues mis personajes hablaban de asombro en asombro, de alarido en alarido.

Vistos a la distancia de dos décadas, los cinco años que pasé en la Escuela de Letras ―en algún momento bautizada Facultad de Filología― de la Universidad de La Habana fueron un período más feliz que desdichado, a pesar de que por entonces ―plena década de 1970, por Dios, ortodoxa y represiva―, recibí las primeras acusaciones de ser un desviado ideológico y ―cito textual― un “socarrón autosuficiente”, con todo el riesgo que aquellas valoraciones entrañaron. Pero la atmósfera intelectual que se vivía entre los estudiantes, las posibilidades que nos descubrían algunos profesores ―el gordo Guillermo Rodríguez Rivera, Daniel Chavarría con sus novelas, Maggie Mateo y el bueno de Salvador Redonet― elevaron cada día el listón de mis aspiraciones y me empujaron hacia el camino de la literatura ―de la lectura, del análisis y de la escritura―, en el cual, por participar de una competencia, todavía ando hoy, con el bate en un hombro y la pelota en la mano.

Enero, 2006

Escribir en Cuba en el siglo XXI. (Apuntes para un ensayo posible)


Este martes 27 de noviembre, comenzó en la Casa de las Américas la ya habitual "Semana de Autor", que invita a un renombrado autor de nuestro continente a reunirse con el público para compartir lecturas, acercamientos críticos a su obra y presentaciones de libros. En esta ocasión el invitado ha sido Leonardo Padura, primer escritor cubano distinguido con dicho homenaje. Padura, el escritor cubano actual residente en la Isla con mayor éxito comercial y quizás el más leído, despierta el interés de sus lectores y la prensa tanto con sus textos como con sus opiniones públicas. He recibido algunos mensajes y llamadas que solicitan detalles propósito de esta "Semana"... Por eso decido compartir algunos textos de y sobre Padura, leídos en la Casa de las Américas, publicados en su portal digital, La Ventana. Es mejor leer el cuento, a que le cuenten a uno. 

Padura lee sus palabras en la Sala Che Guevara. 
Foto: (Bernardo) Todas las fotos registradas. Please don't use this image on websites, blogs or other media without my explicit permission. © All rights reserved

Intervención con la cual el escritor cubano Leonardo Padura dejó abiertos los días de la Semana de Autor, este martes 27 de noviembre en la Casa de las Américas


Hay tres preguntas que me hago con cierta frecuencia, y aunque para otras personas algunas de esas interrogantes puedan no tener demasiado o ningún sentido, tratar de encontrarle una respuesta convincente a cada una de ellas es uno de los desafíos que más me obsesiona. Y suelo ser bastante obsesivo.

La primera, y quizás la de más fácil y en apariencia obvia respuesta es ¿por qué soy cubano? La posible facilidad con que podría ser contestada, es decir, soy cubano simplemente porque nací en Cuba y he vivido toda mi vida en Cuba, por lo cual sentimental, cultural y humanamente no tengo otra opción que la de ser cubano, se puede complicar con cierto sentimiento de predestinación cósmica, de fatalidad o gracia geográfica (la maldita circunstancia de Virgilio o la Perla de las Antillas desde tiempos de España), razones todas ajenas a mi voluntad o capacidad de decisión. Pero incluso la respuesta podría enrevesarse más si a esa condición natal o incluso escogida, se le añaden los elementos de lo que implica una pertenencia asumida por encima de lo jurídico, y que caería entonces en un territorio donde sí incide el albedrío personal. Ahora bien, si como ocurre en tantas ocasiones, a esta simple pregunta se le intercala una recurrida y utilísima interjección muy común en el vocabulario de un cubano, y se ubica en un determinado contexto, puede perder toda su simplicidad aparente y convertirse en un desafío histórico o filosófico. ¿No es eso lo que ocurre cuando, en lugar de uno preguntarse “¿por qué soy cubano?”, se pregunta, “¿por qué coño soy cubano?”…

Hecha y matizada esa pregunta, su pertinencia en mi obsesiones se hace más evidente, pues sin ella y sus posibles respuestas, que pueden estar condicionadas por factores coyunturales, difícil me resultaría empezar a hacerme las otras dos preguntas recurrentes y evidentemente más complicadas: ¿por qué soy un escritor cubano? Y, sobre todo, una que calca y a la vez amplia y modifica el sentido de la anterior con una subordinada: ¿por qué soy un escritor cubano que escribe y vive en Cuba?

Si confieso que para la primera de estas dos últimas preguntas no tengo una respuesta convincente, tal vez no me creerán. Sobre todo porque mucha gente, empezando por mí mismo, no suele creer en esas predestinaciones cósmicas que antes mencioné. Solamente debo advertir que nací y crecí en una casa donde solo había 9 libros –ocho volúmenes de las Selecciones del Reader Digests y una Biblia-, que soy hijo de un masón y una católica a la cubana de los más corrientes y típicos, que crecí en un barrio llamado Mantilla donde todavía se dice “ir a La Habana” cuando alguien se traslada al centro de la ciudad, y que hasta 1980 el nivel escolar más alto alcanzado por alguien de mi familia era el octavo grado al que habían llegado, a duras penas, mi madre y una tía paterna. Resulta evidente que, con tales antecedentes, con la agravante de que durante los primeros dieciocho años de mi vida lo que más me atrajo y a lo que más tiempo dediqué fue a practicar, ver o pensar en el juego de pelota, y a que entre todas las obligaciones académicas de los estudios medios mi asignatura favorita era la de matemáticas, no veo en mi pasado remoto razón alguna que pueda indicar una vocación, en la edad en que se forjan las vocaciones más profundas.

Fue en la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, en un momento mutilada y condenada a ser solo Escuela de Letras y, de pronto, transfigurada en Facultad de Filología, donde me topé con el deseo de ser escritor, como si no pudiera dejar de hacerlo. Lo interesante es que llegué a ese sitio y encuentro por pura causalidad socialista, pues mi intención de graduado preuniversitario fue la de estudiar periodismo con el sueño de fungir como cronista deportivo. Pero en aquel preciso curso académico no abría la carrera de periodismo, como tampoco la de Historia del Arte, por la que luego intenté decantarme. Ante tanta reorganización de lo que estaba organizado –era el año 1975, la cúspide de la institucionalización del país-, trastabillando tras mi sueño de escribir sobre pelota, terminé estudiando Literatura Hispanoamericana, sin imaginar siquiera que aquellas “actualizaciones” universitarias me pondrían en el camino de lo que ha sido mi vida profesional y sentimental, o sea, toda mi vida, pues mientras estudiaba esa carrera sentí por primera vez la posibilidad de soñar, no ya con la crónica deportiva, sino con la práctica de la literatura y además encontré a la muchacha que, desde entonces, me acompaña en cada acto de mi existencia (aunque debo admitir que a veces lo hace a regañadientes). Por ello, a diferencia de otros pretendientes a escritores o incipientes escritores que comenzaron a levantar la cabeza en la isla por aquellos años finales de la década de 1970 y que se harían más visibles en el decenio siguiente, cuando comienzo a sentir las exigencias de la literatura, yo no tenía la menor conciencia de en qué universo pretendía entrar y, de hecho, estaba entrando.

Justo por aquellos años una de las profesiones más ingratas a las que se pudiera aspirar en Cuba era precisamente la de practicar la literatura, a la cual, sin embargo, se daban entusiastamente tantos habitantes del país que se podía tener la impresión de que éramos el paraíso de los escritores. Porque en la Cuba de 1980 había, además de poetas, narradores y ensayistas a secas, también muchísimos creadores “colectivos” de teatro nuevo, legiones de escritores policiales, de testimonio y de ciencia-ficción, y miles de talleristas, escritores voluntarios y escritores aficionados, todos con sus concursos, premios y publicaciones. Curiosamente aquella superpoblación de nuestra República de las Letras había cuajado justo cuando varias decenas de los más notables escritores cubanos, por causas, sospechas y hasta simples suspicacias de diverso origen, había vivido toda una década de marginación y silencio, en medio de la cual algunos de ellos se encontraron con la muerte y el silencio eterno. Mi desconocimiento o mal conocimiento de aquella historia oscura no me hizo dejar de notar, sin embargo, algo que me pareció alarmante: ¿tan graves habían sido los pecados o deslices de estos escritores cubanos si en aquellos inicios de la década de 1980 se les rehabilitaba silenciosamente, como si lo pasado nunca hubiera pasado?

Fue en el ambiente más favorable de esos años cuando me hice –o comencé a hacerme- un escritor cubano que vivía en Cuba, y por vía atmosférica, más que por un proceso de racionalización, fui descubriendo cómo debía enfrentar la literatura alguien que pretendiera ser aquello en lo que yo me estaba convirtiendo: un escritor cubano que vive en Cuba. Para comenzar, alguien con tal condición era un compañero que necesariamente debía tener un trabajo (como periodista, asesor literario, profesor, funcionario) y realizar además de sus empeños literarios, que se hacían en horas robadas al descanso o al horario laboral; era alguien cuya aspiración máxima radicaba en el hecho de sacar un turno en la cola para publicar sus obras en alguna editorial de la isla, pues el extranjero resultaba algo difuso, lejano, solo accesible para figuras ya históricas como Alejo Carpentier y Nicolás Guillén, o para autores tan reconocidos como Manuel Cofiño, el escritor por excelencia, en cuyo maletín siempre estaban los sobados contratos de las traducciones al ruso, moldavo, rumano, uzbeko de sus exitosas y muy promovidas y reeditadas novelas. Y un escritor cubano debía ser, además, un ser social con suficiente conciencia de clase, del momento histórico –siempre hemos vivido en un momento histórico- y de la responsabilidad del intelectual en la sociedad, como para escribir solo que se suponía –o le hacían suponer- que debía escribir. En dos palabras: alguien capaz de manejar con tino el arte castrante de la autocensura para evitar el agravio de la censura.

Para un pretendiente a escritor cubano mis destinos laborales de aquella década de 1980 fueron los mejores que hoy pudiera imaginar y, si me hubiera sido posible, escoger. Para mi fortuna, mi primer centro de trabajo fue El Caimán Barbudo cuando “El Caimán” se había convertido en el centro más activo de las pequeñas (o no tan pequeñas) preocupaciones de los jóvenes escritores de entonces. Así, en “El Caimán” pude hacer mi conocimiento del mundo y las figuras de la literatura cubana de aquel momento y desarrollé un fuerte sentimiento de pertenencia generacional. Allí también aprendí que las reglas de juego establecidas en la década de 1970 para el mundo de la cultura, seguían funcionando en una especie de extrainning interminable y que cualquier movimiento en falso podía ser considerado un “balk” por los árbitros de la pureza ideológica. Luego, tras mi salida bastante estrepitosa del mensuario cultural (me cantaron un “balk”), fui a trabajar al vespertino Juventud Rebelde, donde se suponía que debía ser reeducado ideológicamente, pero donde en realidad me eduqué literariamente, gracias al conocimiento más íntimo de la historia de mi país, a las muchas horas que pude dedicar a la lectura y a la práctica de un periodismo que me abriría las puertas de una conciencia de lo que iba a ser mi literatura. Pero, sobre todo, porque en esos años conseguí hacer un reconocimiento más maduro de mis expectativas, de mí mismo y de la sociedad en la que vivía –a lo que mucho me ayudó, de manera dolorosa pero rápida y eficiente, el año que pasé en Angola y a lo largo del cual conocí no solo el miedo (algo muy personal), sino también la verdadera pobreza material, y las miserias y bondades de los seres humanos, manifestadas en sus estados más consolidados y patentes.

En aquella época, aunque escribí muy poco –sobre todo en la etapa de Juventud Rebelde, cuando fui cariñosa y peligrosamente absorbido por la labor periodística-, junto a otros escritores de mi generación, fui perfilando unos intereses literarios que mucho tenían que ver con nuestras propias experiencias, pero también con una lógica reacción a lo que se había escrito en Cuba, y cómo se había escrito, en los años anteriores, los del terrible decenio negro. Una incipiente conciencia de que la política y la literatura debían tener existencias independientes, de que el hombre y sus dramas puede o debe ser el centro de la creación artística, y de que mirar críticamente el entorno era una responsabilidad posible para el escritor, fueron moldeando unos intereses colectivos y haciéndose patentes en las obras que, con mayor o menor fortuna artística, creamos y hasta publicamos en esos tiempos, no sin ciertos sobresaltos, aunque en realidad atenuados respecto al pasado inmediato.

Pero (por la dichosa conjunción cósmica o por una simple necesidad histórico-concreta) sería la década de 1990 la de mi conversión real y definitiva en un escritor, por supuesto que cubano y que viviría en Cuba, con el colofón de llegar a ser, a partir de 1995, un escritor profesional... Sería aquella época, además, y por cierto, la de la caída del muro de Berlín, el tambaleo y derrumbe de la hermana Unión Soviética, y la de los tiempos más álgidos del Período Especial. Si en medio de aquellas catástrofes, que tuvieron efectos tan directos como la falta (entre otras cosas) de electricidad, comida y transporte, además de la paralización de la industria cultural y editorial del país, si en medio de tantas incertidumbres continué siendo un escritor cubano que vivía en Cuba quizás se deba, sobre todo, a que la primera pregunta de las que me obsesionan –es decir, ¿por qué soy cubano?- colocó en las balanzas posibles todo su peso interior a través de un sentido de pertenencia y porque ya era un escritor cubano (a esas alturas ya difícilmente podía ser otra cosa) y mi intención era ser un escritor cubano que escribiera sobre Cuba, con la mayor libertad y sinceridad posibles, empeñado en reflejar los conflictos (al menos algunos de ellos) de mi sociedad y asumiendo los riesgos inherentes a tal empeño. Y, atado a mis pertenencias y para conseguir ese propósito literario, decidí personal, soberana y conscientemente quedarme en Cuba y, a pesar de las carencias e incertidumbres que nos tocaban las puertas a casi todos, y hasta de mis propios miedos, escribir en Cuba y sobre Cuba.

Fue la práctica de la literatura la que me salvó entonces de la locura y la desesperación a la que me abocaba el medio ambiente. Entre 1990 y 1995, mientras fungía como jefe de redacción de La Gaceta de Cuba y tres veces a la semana hacía en bicicleta el recorrido Mantilla-Vedado-Mantilla, en invierno y en verano, en seca o en lluvia, la escritura se convirtió en mi refugio y escribí en ese período tres novelas –Pasado perfecto, Vientos de cuaresma y Máscaras-, un libro de cuentos, mi largo ensayo sobre Carpentier y lo real maravilloso, tres o cuatro guiones de cine y hasta organicé dos libros con mi periodismo de los años anteriores y una antología de cuentistas cubanos, El submarino amarillo. Gracias a la literatura viajé a España, México, Colombia, Argentina, Italia, Estados Unidos. Gracias a la literatura y a esos viajes y al pasaporte uruguayo de Daniel Chavarría pude comprarme una computadora y hasta una lavadora y algunas bandejas de picadillo de res en las tiendas en divisa, cerradas entonces para los cubanos, pero con un resquicio abierto para los escritores cubanos que vivíamos en Cuba y obteníamos alguna moneda fuerte de nuestras estancias en el extranjero, cuando esa moneda era convenientemente trocada en unos cheques rojizos que nos permitían acceder a aquel privilegio que, aunque no incluía las computadoras, nos salvaba de la inanición y de la cárcel (cuando allá podías terminar por andar por la calle con unos dólares en el bolsillo).

Es hora ya de advertir que, si para hablar de lo que ha sido y, sobre todo, de lo que es la práctica de la literatura en Cuba, parto de un recuento de caminos, avatares y decisiones personales, se debe a la percepción de que mi experiencia individual como escritor cubano que ha vivido y vive en la isla, recibió y ha recibido a lo largo de treinta años el peso y la influencia de todas las circunstancias por las que ha ido pasando el ejercicio de este arte en el país y que, de muchas maneras, han condicionado mis expectativas y necesidades de creador y de ciudadano perteneciente a una generación muy específica de cubanos: la que nació en la década de 1950, estudió en las universidades durante el crítico período de los 70 y entró en la literatura insular, con una tímida ruptura, en los años de 1980. La generación que, en el momento de su madurez y posible eclosión, vio alterado su desarrollo o evolución con la llegada del eufemísticamente bautizado Período Especial que marcó la última década del siglo XX y proyectó su espectro hasta este presente de hoy, de ahora mismo, la generación literaria cubana que tal vez con mayor encono recibió los golpes pero también los beneficios –sí, los beneficios- de esos años que el solo hecho de recordarlos da hambre, calor y hasta riesgos de sufrir una polineuritis cegadora. ¿Se acuerdan de la polineuritis, verdad?

Porque en medio de aquel caos, locura, lucha por la supervivencia pura y dura que se instauró en el país, mientras escribía como un loco para no volverme loco, algo comenzó a cambiar en la condición del escritor cubano que vivía en Cuba, movida por la presión de esa especie cultural que, por supuesto, ya no era tan abundante como en los días de 1970 y 1980, pues publicar un libro en una editorial del país se convirtió en algo excepcional y muchos dejaron de intentarlo, porque otros “escritores” emergidos en los 70 no lo eran tanto y se evaporaron, y porque otros muchos de los escritores cubanos que vivían en Cuba cambiaron su condición por la de escritores cubanos que vivían fuera de Cuba o, como se les ha dado en llamar, escritores de la diáspora o el exilio (una relación, lamentablemente desactualizada, aparece en el epílogo al Informe contra mi mismo, del entrañable y ya desaparecido Lichi Diego, alias Eliseo Alberto).

Lo que se movió en el territorio de la creación y específicamente de la literatura cubana fue una suma de circunstancias materiales y espirituales capaces, en su conjunto, de redefinir la situación del escritor que vivía en Cuba y alterar de modo bastante radical el contenido y las intenciones de su obra. Entre esos elementos estuvo la ya mencionada paralización de la industria editorial del país, lo que obligó a los escritores a buscar por el mundo un premio literario que los salvara de la inopia y, a la vez, una vía para estampar sus obras, sin que, por primera vez en tres décadas aquellas intenciones editoriales se convirtieran en un pecado, punible como todos los pecados; por supuesto, esta relación diferente con el presunto o al fin encontrado editor extranjero creó una dinámica a su vez diferente, menos prejuiciada, entre el escritor y su obra, pues esta última ya no estaba destinada, al menos en primera instancia, a un editor cubano que podría leerla como un funcionario del estado cubano y, desde tal perspectiva comprometida, admitirla o rechazarla; súmese a estos dos elementos, otros de carácter social y espiritual que marcarían la época: el desencanto, el cansancio histórico, la revisión crítica de la sociedad y sus actores a que nos abocaron la crisis y el conocimiento de nuestra y otras realidades, de algunas verdades ni siquiera sospechadas en toda su dimensión y los propios cambios en una sociedad que estaba sufriendo violentas contracciones y dando origen a actitudes y necesidades antes sumergidas o incluso inexistentes… El resultado de todas esas revulsiones fue una literatura que muy pocos, quizás nadie, podía concebir o imaginar en los años anteriores, una literatura de indagación social, de fuerte vocación crítica, incluso en muchas ocasiones de disenso con el discurso oficial, que con su carácter y búsquedas marca los rumbos que ha seguido desde aquellos años finales del siglo XX hasta estos ya no tan iniciales del siglo XXI lo que puede considerarse el main-stream de la literatura cubana. Y en ese rubro incluyo, por supuesto, la que escriben los que viven en Cuba y los que viven fuera de Cuba, la que se publica y distribuye en Cuba y la que se edita fuera de la isla. Una creación que, justo es decirlo, muchas veces consiguió ser estampada y distribuida en Cuba, gracias a una percepción más realista del entorno y de las necesidades de expresión artística por parte de las autoridades culturales del país.

Esa literatura que se comenzó a escribir y publicar en la década de 1990, y de la cual yo participé, se propuso indagar en rincones oscuros o inexplorados de la realidad nacional, mirar críticamente hacia el pasado, bajar a los fondos de la sociedad en que vivíamos, encontrar respuestas a preguntas existenciales, sociales y hasta políticas a las circunstancias que habíamos atravesado. Varios de los escritores de ese momento consiguieron el propósito de encontrar casas editoriales fuera de la isla, entidades que publicaron y promovieron su obra, y les confirieron un nuevo sentido de independencia, tanto literaria como económica. En el terreno de lo artístico tal independencia se manifestó en una creación cada vez menos condicionada a lo establecido, más abiertamente crítica incluso, o sencillamente, más personal. En el plano de lo económico permitió la profesionalización de algunos escritores y la posibilidad de conseguirlo de muchos otros, una condición impensable hasta la década de 1980 y que, por supuesto, confería otra dosis de independencia al escritor cubano que vivía y escribía en Cuba.

En medio de esa nueva circunstancia nacional, tal vez el mayor error de esta literatura más desenfadada o desencantada o intencionadamente crítica haya sido su falta (o la incapacidad de algunos de sus creadores) de una perspectiva más universal, es decir, menos localista. La insistencia en determinados mundos sociales, personajes representativos, problemáticas específicas y modos expresivos que se tornaron repetitivos, hizo que una parte notable de esta literatura se encallara en lo inmediato, en las tan peculiares peculiaridades cubanas, y creó una retórica que, al pasar el momento de júbilo internacional por esa nueva literatura creada en la isla, en especial la novelística, cortó o dificultó el acceso a las editoriales foráneas (las cuales viven sus propias crisis) de nuevos escritores cubanos que viven en Cuba y escriben sobre Cuba.

Pero sobre esta creación, desde los años finales del siglo pasado y sobre todo en los que corren del presente han gravitado otras condiciones que, a mi juicio, están afectando su desarrollo.

Ante todo está la certeza de que la escritura en Cuba es un acto o vocación de fe, un ejercicio casi místico. En un país donde la publicación, distribución, comercialización y promoción de la literatura funciona de acuerdo a coyunturas por lo general extra artísticas y no comerciales, búsqueda de equlibrios culturales y hasta códigos aleatorios de imposible sistematización, la situación del escritor y su papel se vuelven inestables y difíciles de sostener. Los escritores que publican en Cuba reciben por sus obras unos derechos retribuidos en la cada vez más devaluada moneda nacional –en función de lo que se puede adquirir con ella-, cantidades pagadas muchas veces con relativa independencia de la calidad de su obra o de la aceptación pública que consiga. Estos derechos de autor, por supuesto, hacen casi imposible la opción por la profesionalización de los escritores (lo cual, justo es recordarlo, resulta bastante común en todo el mundo), lo cual puede incidir en la calidad de la obra emprendida. ¿Con qué recursos cuenta un escritor cubano para dedicar, digamos, tres o cuatro años a la escritura de una novela que requeira de ese tiempo de elaboración? Resulta evidente que no puede depender solo de sus derechos en pesos cubanos y que debe buscar otras alternativas laborales o profesionales con las cuales ganarse la vida o en las cuales desgastarse la vida mientras dedica el tiempo restante a la creación. El estado calamitoso de la novela cubana de los últimos años puede o no tener una relación directa con esta situación existencial y económica (imposible de revertir o al menos de aliviar mientras no cambie toda la “situación económica”), pero su estado de deterioro puede ser visible, por ejemplo, si contamos cuántas obras de este género, el más leído y publicado en el mundo, obtienen los premios anuales de la Crítica Literaria, un rasero subjetivo pero posible para medir las calidades de lo que se difunde a través de las casas editoras del país.

Otra cuestión que afecta al escritor cubano desde hace décadas, pero que se ha agudizado en los últimos tiempos, es su lamentable desinformación respecto a la literatura que se está creando en otras latitudes. Todos los lectores cubanos, todos los escritores que vivimos en la isla, padecemos de esta desactualización porque, incluso en el caso de los más enterados, siempre su relación con lo que se lee en el mundo resulta aleatoria, dependiente no de sus necesidades sino de sus posibilidades de comprar o encontrarse con determinados autores y obras que, en ningún caso, se publican o distribuyen normalmente en el país. De esta forma, el escritor cubano del siglo XXI que vive en Cuba –donde tiene un precario acceso a Internet, o simplemente no lo tiene-, se mueve a bastonazos de ciego por el universo de la literatura de su tiempo, en la cual debe insertarse y con la cual debe compartir el mercado, si logra llegar a abrir alguna puerta de esa instancia tan satanizada pero a la vez tan necesaria, incluso para la creación y la promoción nacional e internacional de la literatura.

No se puede olvidar tampoco que con mucha frecuencia el escritor cubano que vive en Cuba y escribe en Cuba debe además enfrentar una muy deficiente política promocional, entre otras razones por la propia inexistencia de un mercado del libro dentro del país, pero también, entre otros factores, por el ruinoso estado de la crítica literaria doméstica y por la todavía presente, en estos tiempos de cambio de mentalidad y de muchas otras cosas, sospecha política a la que puede verse sometido si su obra no es complaciente con los preceptos de la ortodoxia fundada en aquellos lejanos pero todavía (para algunas mentes) actuantes límites de lo “correcto” patentados en los años 1970. La suma de estos elementos ha creado, en contra de la propia validación de la literatura que se hace en el país, la sensación de que por dos generaciones la isla apenas ha dado –o simplemente no ha dado- escritores de importancia, provocando una falsa imagen de vacío.

Aunque no lo deseaba especialmente, debo volver ahora a la experiencia personal para ejemplificar cómo puede funcionar la realidad antes descrita. Cuando hace poco más de un mes la Casa de las Américas me invitó a ser el escritor que protagonizara esta Semana de Autor, más aun, el primer escritor cubano al que se le dedicara la Semana de Autor, mi previsible reacción fue de asombro. Como suelo hacer, comencé a preguntarme cosas y la primera cuestión fue: ¿por qué yo y no otros escritores más reconocidos o institucionalizados, figuras que incluso exhiben Premios Nacionales en sus currículos? Antes de hacerme más preguntas, dije a la dirección de la Casa que sí, por supuesto que sí aceptaba, con mucho orgullo, el honor y reconocimiento a un trabajo que esta Semana de Autor representa, pero a la vez no pude dejar de recordar que un año atrás, cuando la Maison de América Latina de París, el Pen Club Francés y la sociedad de amigos de Roger Caillois me entregó el premio que lleva el nombre de ese importante escritor, ningún medio oficial nacional se acercó a mí o promovió, como se promueven otros acontecimientos o acciones, un suceso que me desbordaba como escritor y entrañaba, como es evidente, un reconocimiento para la literatura cubana, sobre todo la que se hace en Cuba por los escritores que vivimos en Cuba. Porque, en la lista de los anteriores galardonados con el premio –ninguno cubano- aparecían los nombres, entre otros, de Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Alvaro Mutis, Adolfo Bioy Casares… y ahora el de un cubano que sigue escribiendo y viviendo en Cuba.

No se puede olvidar, al recorrer la situación actual del escritor cubano que vive en Cuba y anotar algunas de sus tribulaciones y logros, el más esencial de los elementos que, a mi juicio, definen su carácter y, sobre todo, el de su obra. A diferencia de otros países, donde los escritores más notables o activos suelen tener una presencia social o artística gracias al soporte de los medios de mayor circulación o prestigio, el escritor cubano apenas tiene su obra y alguna que otra entrevista como vía para expresar su relación con el mundo, con su realidad, con sus obsesiones. Muchas veces la obra literaria se ve obligada a asumir entonces roles más ambiciosos y complicados de los que normalmente le competen, y funciona –o se le hace funcionar- como instrumento de indagación social y como medio para testimoniar una realidad que, de otra forma, no tendría un reflejo que la fijara y diseccionara. El escritor cubano que vive en Cuba, y día con día enfrenta la realidad del país, con sus cambios, evoluciones, reacciones sociales y sueños personales realizados o frustrados, se ha convertido en uno de los más importantes recolectores de la memoria del presente que tendrá el futuro. Esta responsabilidad añadida a la propia responsabilidad literaria confiere al escritor un compromiso civil que le da una dimensión más trascendente a su trabajo. Escribir sobre Cuba, sobre lo que ha sido y es Cuba y lo que son los cubanos de ayer y de hoy, con la sinceridad y profundidad que merecen esas entidades socio-históricas y humanas, es tal vez la tarea más compleja y a la vez satisfactoria que puede enfrentar el escritor cubano que vive en esta Cuba del siglo XXI. Porque es un deber con los cubanos y con la nación, porque es su destino, y porque si alguna vez ese escritor se pregunta ¿por qué soy cubano?, ¿por qué soy un escritor cubano?, y ¿por qué soy un escritor cubano que vive en Cuba? también podría cambiar el por qué en un para qué y quizás encontrar sus propias respuestas, incluso más cercanas a las predestinaciones cósmicas, pero también al papel social que ha asumido con esa vocación de fe que es la práctica de la literatura.



Texto tomado de: laventana.casa.cult.cu

Mi pasado perfecto




Texto leído por Leonardo Padura este jueves 29 de noviembre en la Semana de Autor que la Casa de las Américas le dedica al escritor cubano



Debía tener yo unos once o doce años cuando mi tío Min me regaló el segundo uniforme de pelotero que tendría en mi vida. El primero que vestí me lo habían comprado mis padres cuando cumplí un año de edad y por algún rincón de la casa andan todavía un par de fotos en las que puedo ver cómo, a la vez que doy mis primeros pasos, visto aquel traje de franela, con la A azul del histórico club Almendares en el pecho, y encarno en mi breve estatura el sueño gigantesco de mi padre (el mismo que han compartido tantos padres cubanos): que su primogénito llegara a ser un pelotero famoso.

El traje que me regalaría diez años después el tío Min en lugar de letras y números en azul los llevaba en rojo (aunque no recuerdo a qué club de poca monta representaban) y era un uniforme de adulto, obviamente grande para mi estatura de entonces, por lo que mi madre se vio obligada a hacer un trabajo de reconstrucción total para que yo pudiera usarlo en los incontables juegos de pelota en que solía invertir cada día de mi vida.

Entre el primer uniforme que me compraron mis padres y este traje desproporcionado que me entregó mi tío Min ocurrieron muchas más cosas que un simple crecimiento físico o la adquisición enfermiza de la pasión por el beisbol que me trasmitieron mi padre, mi tío y el aire que se respira en Cuba. Entre esos dos uniformes está toda mi niñez y, además, está el signo tremendo de un cambio de tiempo y de historia que alteró para siempre la vida de mi familia paterna, los Padura, y de la localidad habanera donde nacieron y crecieron, el barrio de Mantilla: el sitio donde todavía vivo, como un náufrago aferrado a los restos de un buque tragado por las corrientes de la historia y el tiempo.

Unos ciento veinte, quizás ciento treinta años antes ―es un cálculo aproximado―, cuando nació mi bisabuelo Filomeno Padura, Mantilla no era siquiera una muesca en el mapa del Camino Real que unía a la costa norte con la sur de la isla, partiendo desde el puerto de La Habana y llegando a la ensenada de Batabanó. Cinco o seis casas de madera y techo de guano, a la vera del sendero polvoriento o enlodado según los caprichos de la lluvia, difícilmente pudieron hacer pensar a mis tatarabuelos, cuyos nombres se perdieron de la memoria familiar, que alguna vez ―más o menos cuando empezáramos a nacer y crecer sus tataranietos― Mantilla sería un barrio próspero y fraternal, en el que, a pesar de vivir ya varios miles de personas, todos sus vecinos se conocerían por su nombre y sus dos apellidos. Pero aquellos pioneros de la familia, que escogieron para hacer sus vidas aquel punto de la geografía habanera todavía innominado, con seguridad debieron de soñar que sus descendientes, los Padura, llevarían con indudable orgullo el singular apellido llegado sabe Dios por qué vías desde unas montañas de Vizcaya. Y lo harían no sólo por haber sido una de las familias fundadoras del barrio que nombrarían “Mantilla”, sino y sobre todo, porque llegaría a ser el clan más próspero y numeroso de la localidad. Y estoy seguro de que tienen que haberlo imaginado, por la simple razón de que, al fin y al cabo, ellos también eran Padura y el orgullo a veces desmedido y hasta poco justificado por ese patronímico parece trasmitirse por vía genética.

El tío Tomás ―que en realidad era el mayor de los tíos de mi padre, pero que tenía el honor y la responsabilidad de ser el Tío de toda la familia― era, en los años 60 del siglo pasado y gracias a sus casi nueve décadas de residencia en la tierra, el nexo vivo entre aquella Mantilla recién nacida que fue y la Mantilla juvenil y vigorosa en que yo nací en 1955. A lo largo de aquellos muchos años que el tío Tomás podía recordar con su mente prodigiosa para los detalles, Mantilla no había dejado de crecer y la familia de los Padura, de pobres y empecinados recolectores de frutas que luego eran vendidas en los mercados de La Habana, se habían transformado en pequeños comerciantes, afortunados y pujantes, gracias a su trabajo tras el mostrador de un puesto de frutas y verduras o de una bodega, o en choferes de la ruta de ómnibus que, desde los inicios del siglo, había facilitado el tránsito entre Mantilla y el centro de la ciudad. Pero lo que mejor trasmitía el tío Tomás a las camadas de sobrinos y sobrinos-nietos que escuchábamos sus historias, era el orgullo de pertenecer a una familia, casi un clan, para el que el trabajo había sido la fuente de todas las venturas y, gracias a lo cual, jamás, un miembro de la familia Padura había andado sin zapatos ni se había ido a la cama con la barriga vacía.

Ser un Padura, en la Mantilla de mi niñez, significaba recibir por vía sanguínea aquel orgullo ancestral de haber estado en el principio de algo y de haber conseguido el respeto y el cariño de los coterráneos gracias el éxito limpio del trabajo y el esfuerzo.

Por aquellos días, si uno quería saber qué significa ser un Padura en Mantilla, lo mejor que podía hacer era sentarse en el portal de la casona familiar de mis abuelos Juan y Juana, ubicada en el mismo corazón del barrio, es decir, frente al aglutinador paradero de ómnibus de la eficiente ruta 4. En el portal de la casa, que en los años de 1950 ya era de mampostería y placa, solían sentarse en las tardes mis tíos y tías, mi abuelo y mi abuela, mientras mis primos y yo gastábamos el tiempo en diversos juegos, y la reunión familiar solía convertirse en una especie de tertulia local por la que pasaban, a veces por unos minutos, a veces para quedarse toda la noche, los vecinos del barrio (blancos y negros, locos y cuerdos, pobres o afortunados) para conversar de cualquier tema o recordar tiempos pasados, mientras desde el paradero, al otro lado de la transitada Calzada en que se había convertido el antiguo Camino Real, salían (a un ritmo que pronto disminuiría, hasta la extinción final), ómnibus tras ómnibus, muchos de ellos conducidos por algún tío, primo, sobrino, hermano, o cuñado de alguno de los sentados en “el portal de los Padura”.

La Mantilla de esa época parecía una ciudad en miniatura. A pesar de que aquellos ómnibus de la ruta 4 llegaban en treinta y cinco minutos al centro mismo de la ciudad, para nosotros, los mantilleros, la zona más vieja y comercial de La Habana se solía sentir como un sitio distante y distinto, y tal vez por eso cuando nos desplazábamos hacia ella solíamos decir que “íbamos a La Habana”. Pienso, también, que la razón verdadera de sentir aquella distancia entre Mantilla y “La Habana” se debía además a que uno no necesitaba salir del barrio si no era por un motivo muy especial, pues allí, en unas diez cuadras de la Calzada, se podían encontrar escuelas, tiendas de ropas y víveres, un cine, peleterías, peluquerías y barberías, panaderías, dulcerías, bares, salones para jugar billar, una sociedad pública que organizaba bailes y otra privada para los empleados del paradero, varios puestos de comida ligera y un par de fondas para comidas más contundentes, una tintorería, una casa de socorros y un dispensario médico, una imprenta, ferretería y almacén para materiales de la construcción, varias bodegas que vendían lo imaginable y lo inimaginable, una iglesia para confesar ciertos pecados y una cárcel de tránsito para confesar otros, gasolineras, talleres de diverso tipo, una logia masónica, farmacias, tiendas de fotografía, mueblerías y, para rematar el panorama, un enigmático castillo inglés en la colina en que terminaba el barrio. Quizás lo único necesario para cualquier ser humano que Mantilla no ofrecía era un cementerio, pero para eso teníamos al vecino pueblito de El Calvario, un poco más allá del castillo inglés de tejado rojo.

Pero de todo lo que tenía la Mantilla de aquellos años lo que más me atraía era la gallería ubicada justo frente a mi casa ―y a dos cuadras de la casona de mis abuelos―. La gallería no era propiamente una valla de gallos donde se efectuaran combates, aunque podían celebrarse algunos. La gallería era, en su estructura, una destartalada casona de madera y zinc, con una pequeña valla circular al fondo, donde se entrenaban los animales. En el interior y el exterior de la casona estaban las jaulas donde se criaban los gallos que luego lidiarían en otras vallas de la ciudad. Como mi tío Tomás era visitante asiduo de la gallería y mi abuelo Juan un fanático de las peleas de gallos, muchas de las mañanas de mi niñez, incluso muchas mañanas que están más allá de mi memoria, las pasé en aquel local, entre jaulas de gallos y sacos de maíz, escuchando las conversaciones del tío Tomás y mi abuelo Juan, con Garrido y Guayabo, los encargados de cuidar y entrenar los gallos, y los otros dueños de animales que allí se preparaban para el combate y la muerte.

Como un recuerdo indeleble de aquellas mañanas idílicas, en las que no existía la prisa ni la necesidad, llevo todavía conmigo un sabor y un olor que, espero, nunca me abandonarán: el olor peculiar e indescriptible de los gallos cuando sus plumajes eran lavados con una esponja empapada en agua mezclada con vinagre, y el sabor ácido profundo de los tamarindos, los frutos diminutos de aquellos árboles gigantescos y centenarios cuyos follajes cubrían todo el ámbito de la gallería.

Sentado en un taburete, recostado contra una pared, el tío Tomás solía contar, allí en la gallería, las historias de la Mantilla primitiva de su niñez. De todos sus relatos el que más me impresionaba solía ser el de la única ocasión en su vida en que había pasado hambre (por causas no achacables al empeño familiar): había ocurrido durante los meses más álgidos de la Guerra de Independencia de 1895, cuando el capitán general español Valeriano Weyler puso en práctica una “reconcentración” de la ciudadanía para impedir que ésta apoyara el Ejército Libertador. Con aquella práctica Weyler había ejecutado el primer ensayo de los futuros campos de concentración y gulags, y había provocado la muerte por hambre de cientos de personas y a punto estuvo de acabar con la de mis bisabuelos y mi tío Tomás, pero no consiguió lo que ya era imposible: la victoria militar del ejército cubano.

Mi abuelo Juan, por su parte, mucho más pragmático y egocéntrico, solía hablar de sus viejas aventuras amorosas, de sus proezas como jugador de pelota y, con énfasis especial, sobre la filosofía de las peleas de gallos, todo un sistema de pensamiento que él podía resumir en una frase: nunca juegues si no estás seguro de que vas a ganar, y solía explicarme entonces los infinitos trucos posibles para lograr ventajas en una riña de gallos.

Mientras yo escuchaba embelesado las historias del tío y de mi abuelo Juan, una mutación profunda se estaba gestando en la vida de mi familia y de todo el barrio de Mantilla. En realidad, de todo el país. El 1º de enero de 1959 (es decir, cuando yo acababa de cumplir mis cuatro años) había triunfado el movimiento revolucionario comandado por Fidel Castro y, con el cambio de gobierno, pronto empezó a instrumentarse un cambio de sistema político, social y económico que, en 1961, sería proclamado como socialista. Toda una serie de acontecimientos históricos (de los que aparecen en los libros de Historia) se sucedieron en aquellos tiempos de transformaciones radicales, esperanzas colectivas, sueños realizados, y el país empezó a ser diferente. Y, aunque al principio no lo notamos apenas (yo no recuerdo apenas haber notado nada), también Mantilla empezó a ser diferente, porque la revulsión profunda que engendra una revolución real recorrió todos los rincones de la isla y entró en cada casa del país.

Como recién entonces yo comenzaba a tener mis primeras nociones de la vida, la revolución que se instauraba y expandía fue mi medio natural y en él crecí sin tener otra imagen del mundo que la de aquel presente cambiante y la del pasado que relataba el tío Tomás. Las transformaciones, sin embargo, al principio apenas parecieron penetrar en el mundo de la familia de los Padura, que sostuvieron algunos de sus negocios, sus puestos tras el timón de los ómnibus de la ruta 4, las tertulias en el portal de la casa de mis abuelos, la afición por las peleas de gallos y el orgullo de pertenecer al clan más viejo y exitoso de un pequeño barrio de La Habana llamado Mantilla. Incluso, entre tantos acontecimientos que escapaban a mi capacidad de entendimiento, la salida hacia Estados Unidos de mi tía Delia, con su esposo y sus dos hijos, no resultó para mí una alarmante advertencia de futuras fracturas en el cuerpo familiar y en la vida de varios Padura.

Para mí todo respiraba la nueva normalidad revolucionaria cuando pude empezar a poner en práctica la que es, todavía hoy, una de las grandes pasiones de mi vida: jugar beisbol. Como en la Mantilla de mi niñez había varios placeres yermos y calles no asfaltadas, ideales para jugar a la pelota, disfruté desde siempre de una libertad sin límites para recorrer el barrio, con un guante en la mano y una gorra en la cabeza, participando de partidos de beisbol con los que serían mis primeros y más entrañables amigos, adquiriendo las habilidades y la filosofía de ese extraño deporte que los cubanos llevamos en la sangre y metiéndome en las entrañas del barrio que era mi casa y la casa de todos los Padura.

Creo que si pudiera hacer la contabilidad, dediqué más horas de mi niñez a jugar pelota que a cualquier otra actividad, incluso que a asistir a la escuela o a dormir. Bien despierto, en una calle o en un placer, soñaba ya con llegar a ser un jugador de beisbol reconocido (es la fama con la que más cubanos han soñado) y, quizás influido por el pensamiento de mi abuelo, me empeñé en competir para ganar y desde entonces me convertí en un competidor a tiempo completo. Y entre los sueños más persistentes que entonces cargaba estaba el de poseer un traje completo para jugar pelota, algo que ya se hacía imposible de conseguir por las vías normales, pues la escasez de productos y opciones empezaba a ser parte de la vida cotidiana del país en revolución.

Precisamente quien más me alentaba en mi afición beisbolera fue mi tío Manolo, el hermano mayor de mi padre. Manolo, llamado Min en la familia, era un personaje peculiar, pues nunca había sido ni regular como pelotero, pero vivía ese deporte con una pasión desmedida, mayor incluso a la de mi padre que, cosa curiosa, por esos años había decidido dejar de seguir los campeonatos cubanos cuando por ley revolucionaria se suprimió el profesionalismo y desapareció el equipo de su preferencia, los azules del Almendares (razón evidente por la cual mi primer uniforme había sido una réplica de los que usaba aquel equipo). Pero el tío Min, que había sido fanático del club Habana ―los irreconciliables rivales del Almendares, esfumados también― sí mantuvo intacta su pasión por la pelota y se dedicaba por aquellos tiempos a dirigir un equipo de adultos que jugaba en los torneos de categorías inferiores.

La pasión explícita de mi tío y el fanatismo reprimido de mi padre mucho tuvieron que ver con mi vocación beisbolera y creo que alguno de ellos llegó a pensar, al ver mis habilidades, que tal vez yo podría llegar a ser el primer pelotero Padura que jugara a un cierto nivel, lo cual habría sido la coronación del orgullo familiar.

Hay momentos y acontecimientos, interiores y exteriores, que marcan la existencia de una persona. En la mía ha habido varios que me gustaría rescatar: el día que matriculé la carrera de Letras en la Universidad de La Habana y, sin saberlo todavía, empecé a desandar mi destino de escritor; haber conocido en el momento justo a la mujer justa, Lucía, mi compañera desde hace casi treinta años; el día en que comencé a escribir una novela titulada Pasado perfecto y decidí crear un personaje llamado Mario Conde. Antes que todos esos, creo que hubo dos demasiado importantes: como ya es fácil de colegir, uno es haber nacido en Mantilla y ser un miembro de la familia de los Padura; el otro fue recibir la noticia de que mi tío Min se iba de Cuba, para siempre, hacia los Estados Unidos.

Cuando uno tiene diez, once años, y ha vivido en un barrio fundado por un tatarabuelo y que más de cien años después sigue siendo como una burbuja en medio del mundo, y si además uno no ha sufrido la muerte de ningún ser cercano, ni se ha acostado nunca con el estómago vacío, ha tenido a su disposición una escuela y ha vivido siempre con la cabeza llena de sueños de grandeza, cualquier desgajamiento de esa perfección es un terremoto. Y como un terremoto llegaría a sentir la partida definitiva y sin retorno de mi tío Min.

Tal vez fue con la decisión de mi tío que tuve plena conciencia de que me tocaba abrir otra etapa de mi vida y de que ya nada volvería a ser como había sido. Tuve la noción, por ejemplo, de hasta qué punto mi entorno se transformaba cuando comenzaron a desaparecer muchas de las cosas materiales que simbolizaban mi niñez. Casi todos los sitios memorables de Mantilla habían empezado a esfumarse o a cambiar su destino (las sociedades, las tiendas, el cine, el paradero de ómnibus que era nuestro mayor orgullo, la bodega de mi padre y la quincalla de mis tías, y entre un largo etcétera, la gallería donde aprendí algunas cosas importantes de la vida). Pero la revelación de que vivíamos tiempos ya diferentes se produjo para mí cuando empezaron a desaparecer o a transformarse las cosas intangibles pero no menos importantes entre las que había crecido, entre ellas la unidad física y geográfica de la familia Padura, pues tras la partida del tío Min se sucedieron las de otros tíos y tías, primos y primas, la muerte del tío Tomás y, años después, la de mis abuelos Juan y Juana y todos los tíos que permanecieron en Cuba. Con esos desgajamientos tormentosos se perdió parte de nuestra historia familiar y local, aunque no el persistente orgullo de pertenecer a una familia, pues todavía hoy, tantos años después, mis tíos sobrevivientes y mis primos mayores y menores arrastran por Nueva York, Miami y Los Ángeles la recóndita satisfacción, manchada de nostalgia, por llevar nuestro apellido, la satisfacción que nos inculcaron el tío Tomás y el abuelo Juan, sin duda porque a ellos se la habían inculcado su padre Filomeno y aquellos remotos fundadores Padura de cuyos nombres nadie en la familia consigue acordarse.

Una de las sensaciones más extrañas que suelo vivir en los últimos tiempos es la de caminar por las calles del barrio de los Padura. A la ausencia física de lugares y personas entrañables se suma una sensación de “ajenitud” que siempre me agrede con la certeza de que, aun siendo el mismo, mi barrio ya no es el mismo. Lo de menos, en realidad, son los lugares cuyo destino cambió o se perdió de forma definitiva. Lo más desgarrador es la ausencia de tantas gentes, de tanta memoria, que se ha dispersado por la ciudad, por la isla y por el mundo, provocándome un sentimiento de extrañeza y añoranza, que a veces suelo achacar a los años que voy acumulando en las espaldas.

Han pasado cuarenta años desde aquella tarde en que el tío Min me entregó el que sería el segundo traje de pelotero que usaría en mi vida. Todavía puedo recordar cómo sentí un arrebato de felicidad al recibir el obsequio. Sin conciencia real de lo que significaba para mi tío aquel desprendimiento, disfruté la posibilidad de ser uno de los pocos afortunados que podría jugar pelota de completo uniforme, como los peloteros “de verdad” que yo tanto admiraba, aun cuando, a pesar de los esfuerzos de mi madre, nunca me quedó del todo bien aquel bendito uniforme. También puedo recordar la tarde en que se produjo la despedida definitiva de mi tío. Los abrazos, besos y llantos finales se produjeron en el portal de la casa de mis abuelos y, sin tener la verdadera dimensión de lo que aquel momento significaba en la vida de mi familia, pude respirar la tristeza del ambiente y la sensación de ruptura irreparable que estábamos viviendo.

Al día siguiente, al regresar de la escuela, salí a jugar pelota, como hacía cada día. La diferencia sustancial es que esa tarde yo iba con el segundo traje de pelotero que usé en mi vida y fui la envidia de todos mis amigos. No puedo recordar si jugué mejor o peor que en otras ocasiones, pero quiero creer que lo hice con más orgullo que nunca, pues el uniforme que llevaba tenía en la espalda un número veintidós y seis letras formando un arco sobre él: Padura. De lo que no tenía idea, en realidad, es que ese día estaba ocurriendo algo más irreversible, mientras jugaba un simple y cotidiano partido de pelota: ese día yo dejaba atrás mi niñez en las calles en un barrio fundado por una familia que ya nunca, ni el barrio ni la familia, volverían a ser los mismos.

Nota bene: En noviembre de 1992 visité por primera vez la ciudad de Nueva York. Mi propósito era, además de conocer la ciudad más famosa del mundo, encontrar a un viejo músico cubano que vivía allí desde 1929 y era como el gurú de la historia musical cubana en la Gran Manzana. Mi intención oculta, sin embargo, era visitar a mi tío Min, establecido desde su partida en la zona de Queens. Luego de hacer una cita telefónica, una mañana me presenté en su casa. Mi tío era un anciano, y me pareció un hombre cansado de la vida, que se sostenía en pie sólo por un motivo tan válido como cualquier otro: ver jugar pelota al equipo de los Mets de Nueva York, que se había convertido en su club favorito. Aquella mañana, mientras comíamos unas hamburguesas y bebíamos unas malteadas en un Wendy’s cercano a su casa, le recordé al tío Min la historia del uniforme de pelotero que me había regalado veinticinco años antes, cuando preparaba su salida definitiva de Cuba. Mi tío Min no se acordaba de aquel traje.

Pocos años después, sin haber vuelto jamás a Cuba, Juan Manuel Padura murió en Nueva York. De aquel traje de pelotero con el número 22 y el apellido Padura en la espalda que me dejó en herencia, solo queda el recuerdo de un niño que se sintió como un príncipe al poder jugar, vestido de completo uniforme, en una calle polvorienta de Mantilla.

2006

lunes, 10 de septiembre de 2012

Crónica de la Presentación del libro de Jesús Curbelo, Dialéctica del silencio


Llegué casi sobre la hora, corriendo como es mi costumbre pues la puntualidad no suele ser una de mis virtudes. Tampoco ayuda mucho esa costumbre de estarse  perdiendo en las calles de esta bendita Ciudad donde nací, solo por estar abstraída del mundo y sujeta a algún pensamiento o idea a la cual le tocó el turno ese día.
Subí las escaleras, con el bolso, el abrigo, el celular y todas las cosas típicas de una mujer que se precie de tal, apoyé mi anatomía sobre una de las elegantes sillas y el resto de los accesorios mujeriles en otra con el consabido roce ruidoso que suelen hacer las cosas cuando se está en un lugar que requiere silencio. A los pocos minutos se acercó el querido Roberto Alifano a saludarme y me presentó a Jesús David Curbelo, había escuchado varias cosas de sus dotes literarias, sobre todo su increíble habilidad narrativa. Saludé y el me recordó amablemente, obviando mi falta de memoria cual Dory la de Nemo, que en alguna ocasión ya habíamos hablado debido a ciertas cosas de la Feria del libro de La Habana, la cual dirige desde hace un tiempo. Ok, no había sido la mía la mejor de las presentaciones, pero hice acopio de valor y en honor a los muchos amigos que tenemos en común debido a mi relación casi providencial con la hermana Cuba, seguimos adelante. Llegó el momento esperado y mi curiosidad se acrecentó, pues tenía como dije, referencias de su narrativa pero no de su labor como poeta y el libro “Dialéctica del Silencio” era un libro de poemas. Los caballeros se acomodaron para la presentación, yo me cambié de lugar para estar estratégicamente lista para tomar alguna foto y el momento esperado, llegó. Hablaron todos según lo previsto, Roberto Alifano, Willson Neto, Alejandro Vaccaro, Eduardo Kovalivker y por último Jesús Curbelo, narrador, poeta, crítico y traductor literario, quien solo al hablar dejó claro que nada de lo que hace es improvisado, su dialéctica, la manera de expresarse se explayan y cautivan por el simple hecho del conocimiento que detenta en cada lugar que transita, con seriedad y profundidad relata su experiencia con respecto a este libro en particular, una compilación, una selección cuidadosa de poemas que fue escribiendo a lo largo de su vida motivado por esas sensaciones y vivencias que dejan huella en el alma.
Esa noche me llevé el libro, de excelente edición por cierto, me serví un café e instalada cómodamente en el sillón de mi hogar comencé la lectura. Despacio y saboreando cada verso, me sorprendió la madrugada de un amanecer frío, con la sensación de que aquellos poemas eran un viaje personal del poeta, desde esa juventud donde el destino se encuentra fuera y el ser se ve cautivo por el devenir de la vida, a un lugar, que con el paso de los años, convierte al objeto en sujeto y observador de su propia existencia.
Sus letras son profundas, no es lectura liviana, por el contrario impele a reflexionar sobre cada verso que inevitablemente refleja alguna faceta de la propia vida del lector. Dialéctica del silencio, sin duda alguna, formará parte de uno de esos tesoros que guardo celosamente en mi biblioteca personal.
Luego, fui a verlo a el Centro de la Cooperación donde se realizaba una mesa de lectura con varios escritores, Oliverio Coelho (Argentina), Jesús David Curbelo (Cuba), Liliana Heer (Argentina), Tununa Mercado (Argentina), Silvia Stornaiolo (Ecuador), Luisa Valenzuela (Argentina), Mario Goloboff (Argentina). 
Leyó un cuento y tal como dijo uno de los escritores de la mesa, fue un error dejarlo leer primero, por que en ese momento comprendimos todos, que la fama que lo precedía no era puro cuento.
Conocer a Curbelo ha sido para mi un enorme placer, no solo como artista sino como ser humano. Lamenté profundamente haberme enterado tan sobre la hora que estaba en Buenos Aires, pues nos hubiese gustado poder hacerle un reportaje con la Fundación Artesomos, que estoy segura no hubiese tenido desperdicio.

©Mercedes Mayol