martes, 21 de mayo de 2019

Contar con Benedetti


Foto: Elisa Cabot / Wikimedia Comons
 
 Recuerdo a Salvador Redonet comenzar una clase de Teoría y Crítica Literarias, precisamente interrumpiéndola. El Redo –antes de entregar, para su discusión, un examen- anunció que en el alumnado se encontraba un amigo de Mario Benedetti e invitó a que revelara su identidad. Comenzamos a mirarnos entre todos sorprendidos y expectantes, pero se hizo un silencio cerrado. Ante la circunstancia el profesor optó por aclarar el asunto. El examen versaba sobre un cuento del escritor uruguayo y un estudiante durante las largas páginas de respuestas, rehuyendo la dudosa ortografía del apellido Benedetti, hablaba de…”en este párrafo Mario quiso decir”…,”con esa oración Mario propone”… ”aquí Mario introduce”. Todos nos reímos, y luego de algunos comentarios típicos de su humor, Redonet escribió en mayúsculas el apellido en el pizarrón.

Nunca supimos quién fue la infortunada o el infortunado que utilizó tan legítima defensa. Solo sé que no fui yo y que, en aquel entonces, no podía imaginar que con el tiempo conocería a aquel escritor de apellido difícil y terminaría llamándolo por su nombre.

Pero eso sería mucho después. Por el momento corrían los finales de los ochenta y la Universidad era un hervidero de acontecimientos. Las relaciones con Benedetti eran librescas, hasta que un día anunciaron que estaba en Cuba y leería en el Aula Magna. Aquella lectura fue inolvidable y nos hizo a muchos volcarnos sobre su obra. Nos sorprendió el poeta para multitudes, la fascinación de su palabra, la comunicación sencilla, el tener siempre un verso a mano para cada unos de los presentes. Parecía que leía para ti y, a la vez, para todos. Revelaba lo cotidiano o en apariencia trivial, como el instante más trascendente del universo. Y es cierto que leía para cada uno pues, esa noche el Aula Magna se repletó, cada vez llegaban más estudiantes y los organizadores estaban un poco desconcertados. El poeta pidió calma, que esperaría a que todos se acomodaran. Y así ocurrió. Estuvo leyendo hasta una hora muy avanzada; los estudiantes le pedían más textos hasta que él dio por terminada la lectura cuando, entre risas, dijo que ya había leído hasta lo más reciente escrito.

Estuve varios meses bajo el influjo de aquella lectura y leí todo lo que pude de Benedetti. Eran los años de casi un libro por día, La Tregua, Gracias por el fuego, Primavera con una esquina rota, Letras del continente mestizo y la poesía al alcance de la mano.

En los noventa, ya graduado de Letras, fui a trabajar a la Casa de las Américas. Tenía de antes una estrecha relación con Arquímides, fundador de la Casa y benefactor de los estudiantes que como yo, asistían a la Biblioteca casi a diario. Un día, en su cuartico atestado de libros, vi un curioso artefacto rojo con partes metálicas. Le pregunté qué era y me respondió: -La cafetera de Mario. Se la estoy cuidando. Tuve que preguntar más para saber que era una cafeterita eléctrica que usaban con Benedetti en los años en que trabajaban juntos en la Casa y que todavía funcionaba por los cuidados de Arquímides. Fue él quien comenzó a hablarme de Mario y de Luz, de los seres sencillos y extraordinarios que eran. Y el escritor se me fue revelando como persona.

Comenzaba el período de crisis hermoseado con el apellido de especial. Muchos apostaban por el descalabro de Cuba y seguían de cerca las rupturas y adhesiones. En 1994, Benedetti anunció una nueva vuelta a su Casa de las Américas. Fue algo fuera de lo común. Los trabajadores que lo conocían se apresuraron a recibirlo con un júbilo que yo no comprendía bien. -¡Vienen Mario y Luz! Decían. Se preparó la edición de su Antología Poética y, a esperar. Hasta que llegó para sumarse a las labores del Premio Literario de ese año. Fue la oportunidad de conocerlo de cerca.

El jurado se hospedaba en el Hotel Capri y a Benedetti se le veía a diario; tenía un andar dinámico mezclado con cierto aire de timidez. Prefería ir a la Casa de las Américas donde conversaba con los que habían sido sus compañeros años atrás. Allí nos lo presentaron a los más jóvenes y nos preguntaba qué hacíamos o intercalaba comentarios de cómo era esta o aquella oficina en los años en que trabajó en la institución.

De ese año guardo dos anécdotas relacionadas con su viaje.

En esa época la Feria de Artesanía estaba en la Avenida de los Presidentes, a unas pocas calles del Capri. Hacía allí fueron Benedetti y Luz una mañana. En uno de los puestos una mulata joven insistió en venderles un poema pirografiado en una tablita. –Mira, regálaselo a tu mujer. Le decía a Benedetti. Este le dijo que no le interesaba. La mujer insistió con todo el gracejo de la edad y el oficio pero él, respetuoso, se negaba, hasta que la joven hizo el comentario del día: – ¡Muchacho, cómpraselo, que es un poema de Benedetti! La cara del poeta cambió y le pidió a la mujer ver la tablilla. Después de leerla con atención, se la devolvió: -No me interesa. Le dijo. –Tú si eres duro de pelar. Insistió la vendedora. -No, es que no es de Benedetti. Yo soy Benedetti y no escribí eso. Y se quedó mirándola con los ojos encogidos por la risa. Era uno de aquellos textos que lo mismo le endilgan a Neruda, que a García Márquez, Borges o, a Benedetti, claro.

La noche que correspondió a la presentación de su Antología Poética, el público no cabía en la “Sala Che Guevara”. Se pusieron altavoces en la calle. Al finalizar la lectura la gente pedía que le autografiara los ejemplares. Benedetti accedió y bajó a la “Sala Manuel Galich” donde se colocó una larga mesa frente a la cual se organizó la cola. Los que estábamos cerca de él nos mirábamos asombrados de cómo gastaba un bolígrafo tras otro. Algunos afirmaban al día siguiente que habían sido unos diez. Lo cierto es que, en determinado momento se nos hizo casi imposible mantener el orden, la circunstancia amenazaba con dar por terminada la sesión de firmas. Fue Benedetti entonces quien se levantó y  pidió con voz firme que se organizaran o se iría. A partir de ahí la noche transcurrió tranquila. A los trabajadores de Casa –más de cien- se nos pidió entregarle nuestros ejemplares en otro momento para aliviarlo. Al día siguiente teníamos los flamantes ejemplares con nuestros nombres en la portadilla.  

Tres años después regresó Mario para las sesiones del Premio Literario. Lo esperaban la segunda edición de la Poesía de Amor hispanoamericana, antologada por él, y sus lectores cubanos. Esta vez el jurado se reunía en el Motel El Valle, en las inmediaciones de la ciudad de Matanzas. Para entonces yo dirigía la Biblioteca de la Casa y Jorge Fornet, el Centro de Investigaciones Literarias. Una noche cenamos con Retamar en el alegre restaurante del motel. La conversación iniciada en torno a la mesa se trasladó a la salita de una de las habitaciones. Retamar es un excelente conversador pero algo me decía que la charla se extendía de una manera sospechosa. Al rato llegó Mario Benedetti. Cruzamos unas breves presentaciones. Se hizo un corto silencio que este aprovechó para dirigirle una mirada interrogante a Retamar. Ya me estaba despidiendo de mi silla cuando Roberto le dijo: -Mario, puedes hablar con confianza. Yo los invité. Y así viví aquel encuentro inolvidable entre dos titanes de nuestras letras. Libros, ciudades, coloquios, gobiernos, amigos, desencuentros, realidades, sueños, versos, confluían en las respectivas visiones. Pasaron frente a nosotros los sesenta, los setenta, ochenta, los días presentes, con una precisión y un poder de síntesis casi delirante. Fue una puesta al día entre dos hermanos que habían dejado de verse por un tiempo. Yo salí convencido de que con algunas pocas conversaciones más como aquella, hubiera hecho la carrera de Letras en menos tiempo.

En los días siguientes acompañé a Mario y Luz en varios recorridos por Matanzas y Varadero. Siempre, mientras esperábamos que Luz saciara su infinita curiosidad en algún establecimiento, un jardín o la fachada de un edificio; Mario iniciaba unas conversaciones intensas en las cuales, claro, el llevaba la voz cantante y me preguntaba sobre temas diversos. Pero, por sobre todo me llamaba mucho la atención el modo en que hablaba de Luz. Me daba cuenta que cada vez que ella se demoraba un poco en sus paseos, él comenzaba a extrañarla: -Cómo se demora. Me decía. Durante esas salidas, en más de una ocasión conversó con un grupo de niños a los cuales preguntaba por la escuela, los estudios y sus intereses. Nunca se había ido de Cuba y la sentía como suya.

Después de ese año no volví a verlo, aunque mantuvimos una escueta pero eficaz correspondencia a propósito de los libros que necesitábamos para la biblioteca. Las ocupaciones no le dejaban tiempo para cartas enjundiosas, sin embargo, los libros siempre llegaron a tiempo con una nota firmada por: Mario.

Hoy cuesta aceptar la idea de su muerte. Es demasiado profunda su lección de sencillez, ternura, su fuerza ante la adversidad, su fidelidad a la suerte de la América toda, su confianza en el ser humano, su amor por Luz, por la vida. Mario Benedetti es parte ejemplar de ese pequeño género humano del que nos habló Bolívar, y su sencillez desciende de la estirpe de los Versos… de nuestro José Martí. En vida recibió el mayor premio al que puede aspirar un poeta: ser leído sin cansancio por sucesivas generaciones de jóvenes, desde Gelman, Viglietti, Retamar, Serrat, Sabina, hasta los miles que lo acompañaron en su viaje final lanzando lápices y bolígrafos para cumplir uno de sus últimos deseos: Cuando me entierren / por favor no se olviden / de mi bolígrafo. Benedetti no ha muerto. Como diría otro grande como él en un  momento como este, su amigo Julio Cortázar: solo se fue a mirar las flores del lado de las raíces.

(Escrito en mayo de 2009, a la muerte del poeta). Unos años después pude visitar la sede de la Fundacion que lleva su nombre, en Montevideo.



martes, 14 de agosto de 2018

Descemer Bueno en Trigueros esta noche.

Foto: Héctor Garrido. Todos los derechos reservados.

Este miércoles 15, a las 22:00 hrs., cuando suba al escenario el cantautor cubano Descemer Bueno, estaremos despidiendo la quinta edición de “Cubacultura”, jornadas que vienen reuniendo hace cinco veranos, a destacadas figuras del arte de Cuba y España en el Centro “Harina de otro Costal” ubicado en el pintoresco pueblo de Trigueros, Huelva.

Descemer Bueno (La Habana, 1971), es guitarrista, contrabajista, cantante, percusionista, productor musical y el compositor de más éxito y reconocimiento de la música latina de la última década como lo demuestra la popularidad obtenida con los temas “Bailando” o “Súbeme la radio”, interpretados por Enrique Iglesias y Gente de zona. Otros temas suyos han sido popularizados por reconocidos cantantes cubanos y extranjeros como Kelvis Ochoa, X Alfonso, Buena Fe, Gema Corredera, Baby Lores y Juan Luis Guerra. Cuenta con dos premios Grammy Latino (2011 y 2014) a la mejor Canción del Año por Cuando me enamoro defendida por Enrique Iglesias y Juan Luis Guerra y por Bailando, junto a Enrique Iglesias y Gente de Zona. En 2006 obtuvo el Premio Goya como coautor de la banda sonora de la película Habana Blues, dirigida por Benito Zambrano.

Descemer se encuentra de gira por Madrid y Barcelona y ha accedido a presentarse en Cubacultura 2018, muestra del renombre que va adquiriendo esta cita cultural, que recibe el apoyo de la Diputación de Huelva.

Las jornadas de Cubacultura abarcan un amplio programa que incluye, literatura, música, pintura cine y teatro en el contexto de la cual se han presentado destacadas personalidades de ambos lados del Atlántico como los escritores Sigfredo Ariel (Cuba), Mauricio Vincent (España) y el antropólogo musical español, Raúl Rodríguez, entre otros. Durante la semana puede visitarse la exposición “El Creador de Mundos” del pintor, fotógrafo y diseñador gráfico cubano, Arián Irsula, artista invitado en esta edición de Cubacultura.

Un momento cumbre fue la noche del sábado cuando subió al escenario la actriz cubana Laura de la Uz, con su espectáculo unipersonal “Cómo ser una estrella en Cuba y no morir en el intento”, un fresco de las vivencias de varias generaciones de cubanos a partir de un recorrido por la música compuesta en el año del nacimiento del personaje. Derroche de virtuosismo y emoción de la actriz que cuenta en su haber con la participación en 27 películas entre las que destacan sus protagónicos en 'Hello Hemingway' (1990), 'Madagascar' (1993), 'La Película de Ana' (2013) y 'Vestido de Novia' (2015). Laura de la Uz ha obtenido 23 premios internacionales por sus actuaciones en el cine y el teatro. Ha sido merecedora de dos “Premios Coral” a Mejor Actuación en el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana (1990 y 2012) y ha sido nominada en dos ocasiones a Mejor Actriz en los Premios Platino' (2014 y 2015).

El Centro cultural, “Harina de otro costal” es animado por su Directora, Lourdes Santos y el pintor Juan Manuel Seisdedos quienes aseguran unas jornadas de excelencia por la calidad de su programa artístico y la entrañable hospitalidad.

sábado, 20 de enero de 2018

A la orilla de la chimenea, sin Sabina.



Tarde de sábado, me dicen que la ciudad está imposible, que la gente ha tomado las calles por asalto atraída por las rebajas. Aún así me planteo llegar. Una hermana, más que una amiga, ha venido desde muy lejos con su grupo de teatro. Pero imposible significa exactamente eso: imposible. No pude llegar. Me despido de Antonio y Rafa, más que dos hermanos son las columnas de Hércules andantes que soportan mis desvaríos de poeta enmudecido, de animal huraño frente al papel y el lápiz, de ermitaño citadino en busca de terminar una tesis doctoral que alimenta con fuerza esos desvaríos, pues me seduce perderme en lecturas, sentencias de antiguos y modernos maestros, viejas y nuevas metáforas, anécdotas de escritores, músicos, pintores, personajes históricos, arquitectos, buscadores de utopías, perseguidores del amor y la belleza bajo las formas más insólitas,  hasta que en algún momento el caos de lecturas asume su lógica incomprensible pero existente. Como ahora, que deserto de la ciudad y me dejo arrastrar por el innegable aliento romántico que desprende una chimenea en invierno para el animal tropical, caribeño -por más señas-, que soy, y tropiezo en la jungla de internet con estas valiosas palabras de Roberto Fernández Retamar, estimuladas por la amistad y el milagro de internet. Conversación que me devuelve  a Borges, Marechal, Lezama, Cortázar, es decir,  a algún rincón de mi mismo, a esa tesis, pretexto para seguir desvariando sobre la literatura y la vida, escapado del ruido y las rebajas de enero, aquí, a la orilla de la chimenea, sin Sabina pero muy bien acompañado.

domingo, 24 de abril de 2016

¿La eñe se quedó en Europa?





La sed de belleza, la búsqueda de la perfección, es uno  de los mecanismos mentales más engañosos que tiene el ser humano. No importa que pasen siglos  o se multipliquen los adelantos científicos, el hombre siempre buscará esa simetría, ese pretendido equilibro hasta en los detalles más cotidianos. No sé si le debemos esas maneras a los griegos del siglo V o al desamparo ontológico de la especie desde la época de las cavernas pero, lo cierto es que seguiremos disfrazando nuestras realidades para hacerlas más hermosas. Y no voy a ser yo quien rompa con esta práctica poética.

Este 23 de abril una parte del mundo celebra con mayor o menor júbilo los 400 años de la muerte de Shakespeare y Cervantes.  La fecha se disfraza bajo la belleza de la cábala, porque Cervantes en realidad murió el 22 de abril y Shakespeare se iría de este mundo con los pies por delante el 3 de mayo. Quien en realidad murió aquel tan llevado y traído 23 de abril de 1616, fue Gómez Suarez de Figueroa, el Inca Garcilaso de la Vega, en Córdoba, España. Cabalística ironía que se le hurte al Inca en estas fechas de celebraciones ya no lo poco o mucho de gloria literaria que le corresponda, sino hasta la puntería en morirse.  Convencional es por tanto la fecha, como convencional es el tratamiento al legado de estas figuras que merecen cada uno su homenaje y por sobradas razones.

Dije que no sería yo el aguafiestas de la redondez de la fecha. Dado a escoger, me gustaría haber encontrado en una sombría y casi abandonada biblioteca de un lejano monasterio, un pergamino con el programa manuscrito del feliz concierto en que Shakespeare al violín, Cervantes al laúd y el Inca con una quena interpretaron un son de Compay Segundo o un reguetón de “”Gente de Zona” (si con Enrique Iglesias mejor), en un mercadillo de París. Pero aunque la vida supera a la ficción esto nunca ocurrió y me quedo con la inconformidad y la curiosidad de ver al escritor peruano como el convidado de piedra al llamado día del idioma.

No se trata de intentar establecer un falso linaje de comparaciones o posibles semejanzas y diferencias, dentro de una lógica de homenajes que, como he dicho, la mayoría de las veces se mueven en torno a convenciones. Quiero decir que no se trata de comparar las obras de Cervantes y el Inca, pero en el ámbito de la hispanidad la relación entre ambos adquiere otra lectura, muy cercana pues ambos escribieron en esta lengua que hoy hablamos unos 560 millones de personas y, vistos en su tiempo, mientras con Cervantes asistimos a un momento cumbre de la lengua española, con El Inca estamos presenciando los inicios de una literatura que sobrepasa las fronteras de la península: la hoy llamada literatura hispanoamericana.   

Gómez Suárez de Figueroa nació el 12 de abril de 1539 en el Cuzco, la recién conquistada capital del imperio inca. Su padre fue el capitán español Sebastián Garci Lasso de la Vega Vargas y su madre, la princesa incaica Isabel Chimpu Ocllo. La asunción orgánica de su condición de mestizo le dará a la obra futura del joven Suárez de Figueroa gran parte de la singularidad que la ha insertado en el imaginario cultural de Hispanoamérica.

De pequeño escuchaba las hazañas de la Conquista en boca de su padre y los amigos; de la madre y sus familiares, la grandeza y los detalles de la vida del imperio incaico. Recibe una esmerada educación, que incluye las actividades físicas. En 1560 el padre muere y el Inca, que tiene 21 años, viaja a España y nunca regresará al Perú. En España defiende los derechos del padre en la Conquista pero sobre este pesaba la acusación de haber prestado su caballo a Gonzalo Pizarro en sus revueltas y, el Inca no logra su objetivo. Va a vivir en Montilla, pequeño pueblo de Córdoba con la ayuda de familiares. Participa de la represión de los moriscos en Granada y luego en una breve campaña en Italia de donde regresa con los grados de capitán. Algunos afirman que, quizás dolido por la poca consideración que se le tenía en el ejército por su condición de mestizo, dejó las armas y se acogió a la religión.

En la nueva etapa de su vida frecuenta los círculos intelectuales de Sevilla, Montilla y Córdoba. Dicen que lleva una vida organizada y de mucho provecho para la lectura, se permea de los aires del renacimiento, del humanismo del Siglo de Oro español. Como muestra de esto, en 1590 publica su traducción del italiano de los Diálogos de Amor, de León Hebreo; aquí hay un contacto cercano con Cervantes, quien en el prólogo a la primera parte del Quijote menciona a León Hebreo y su obra como uno de sus modelos, de sus influencias literarias directas. ¿Se habrán conocido Cervantes y el Inca? Para esta fecha ya ha refinado su espíritu y su escritura y está preparando su primera gran obra, la conocida como Florida del Inca, crónica que narra los sucesos de la conquista de la Florida por el adelantado Hernando de Soto.

La Florida…publicada en 1605 –al igual la primera parte del Quijote- intenta ser una crónica fiel de la conquista del nuevo territorio. El Inca, que para entonces ya había asumido con conciencia y orgullo este nombre, se manifiesta tan impresionado por este acontecimiento que decide dejar constancia escrita y para ello cuenta con el testimonio de tres participantes directos en los hechos. Quiere decir que nunca estuvo allí y el texto, de declaradas intenciones fidedignas a los acontecimientos, va a estar plagado de recursos y referencias literarias, que harán de él más una novela que un tratado de historia. De hecho, en vida del Inca se le acusó en ocasiones de esta ficcionalización del discurso histórico, hecho, por demás, muy frecuente entre los cronistas, aunque pocos con  el manejo del idioma, sus recursos expresivos y el conocimiento de la materia tratada que él demuestra.

Pero son los Comentarios reales, los que inmortalizaron al Inca. Un proyecto historiográfico destinado a contar la conquista del Perú, las guerras civiles protagonizadas por los conquistadores hasta llegar a la instauración del Virreinato. La primera parte se publicó -igual que La Florida-, en Lisboa en 1609 y la segunda en Córdoba, en 1617, un año después de la muerte del autor.

Aquí el Inca, identificado totalmente con las dos culturas, española e incaica, nostálgico ya, quizás, en su vejez de las historias vividas y escuchadas a sus padres y parientes, conocedor de las dos lenguas, se decide después de haber leído las anteriores “Historias” que se han escrito sobre la conquista de América, a dar “la relación entera que de ellos se pudiera dar”, por considerar insuficientes e imprecisas las de quienes le antecedieron. Y entrega un proyecto humanista, en toda la extensión del término, sin precedentes. Historia, lingüística, geografía, antropología, se mezclan en la mente culta y fuertemente motivada del Inca, quien sorprende con sus razones al continuar enumerando sus motivaciones para escribir: “Por lo cual, forzado del amor natural de la patria, me ofrecí al trabajo de escribir estos Comentarios”, adelantando un concepto de patria -alejado de la connotación más contemporánea- que emana en él de la acepción más primigenia, la tierra de los padres. Y lo dice con total naturalidad, convencido de que ambos mundos, el español y el americano, pueden formar un todo más completo: Mas confiado en la infinita misericordia, digo que a lo primero se podrá afirmar que no hay más que un mundo, y aunque llamarnos Mundo Viejo y Mundo Nuevo, es por haberse descubierto aquél nuevamente para nosotros, y no porque sean dos, sino todo uno.

Es en esa conclusión donde se resume, más allá de las excelencias literarias, los aportes históricos y documentales, las versiones idílicas o reales,  que no son objeto de la brevedad de estas líneas, la fuerza simbólica del Inca Garcilaso de la Vega, el testigo excepcional del encuentro de dos mundos que curiosamente vivió y escribió sobre lo que le fue negado ver a su contemporáneo Cervantes a quien tal vez, mirando las cosas humanas con ese afán místico con que solemos embellecer ciertos acontecimientos y fechas, dedicó esos textos llenos de asombro y maravilla, edificados con la lengua común, esa que ambos enaltecen hoy.












domingo, 3 de abril de 2016

Entre dos Papas y dos Reyes.

Hace un mes que respiro los aires de España. Levante, poniente, cierzo, moncayo, galerna, matacabras...aire, vientos cálidos o helados, húmedos y secos, da igual. Mis preferidos son los que mueven los molinos de Castilla-La Mancha porque, aunque necesito el oxígeno para vivir, respiro literatura. Me seducen el olor a libro antiguo, el olor a papel y tinta de la imprentas, el olor a periódico salido de las rotativas en la madrugada, como el del pan que se hornea a esas horas. A Castilla-La Mancha, precisamente, he venido a estudiar, a llenar mis pulmones y cerebro del aire que respiraron Cervantes, El Quijote y Sancho, Balbuena y El Greco. Al territorio Mancha he venido -como le gustaba a Borges-  a fatigar estantes y anaqueles, a respirar el aire sagrado y culto de sus bibliotecas.

Por aire vine dejando atrás, de momento, Cuba no sin antes ver el abrazo entre el Papa Francisco y el Patriarca Kiril, en la terminal aérea internacional, "José Martí". Cuba, la Isla refrescada por los vientos alisios que soplaron demasiado fuertes por la cola del Airbus.330 para impedirme presenciar la visita de Barak Hussein Obama II, -el primer presidente norteamericano en visitar mi país después de 1959; el segundo en hacerlo en toda nuestra historia-; el concierto de los Rollings Stones en la Ciudad Deportiva; la llegada de visitantes ilustres, de famosos y miles de turistas que arribaron y continúan llegando atraídos por estos acontecimientos, por los nuevos aires de la Isla, aires de cambio, de esperanza, de tanteo, de reflexión, aires polémicos ahora que un periodista cubano negro, ha llamado "negro" al primer presidente negro de los Estados Unidos. Algunos, con razón, han puesto el grito en el cielo, es decir en el aire, cuando hace mucho que aquí -o allí- en la tierra, se respiran fuertes vientos de incultura. Allí donde falló la cultura falló nuestra proverbial hospitalidad; fallaron el respeto, el ingenio, las buenas ideas, la buena escritura. La cultura y la educación volaron por los aires. 

imagen: Pablo Tarrero. Todos los derechos reservados.
En este punto tomo aire y caigo en cuenta que cuando aún no he terminado de procesar la buena nueva de vivir en un mundo de dos Papas o dos Patriarcas, convivo en un país de dos reinados, uno de facto, otro, ad honorem. Así en la tierra como en el cielo. Un país en el que el presidente en funciones pero no electo, ha llamado en su cuenta de tuiter a Mario Vargas Llosa, a propósito de su ochenta cumpleaños, "Nuestro único premio nobel vivo" a lo que este contratuiteó: "Gracias. Pero deseo afirmar que soy ante todo un peruano. Y un escritor peruano". Y caigo en cuenta, también, de la etérea condición de un gobierno que lleva más de cien días sin presidente, aquí, en las puertas de Europa, en la antesala de la cuna de la civilización, que se mece, se mece, a la búsqueda de ideas frescas, mientras suenan atronadores los explosivos en Bruselas, como sonaron antes en París. Y mientras se suman días al desgobierno, se restan para la llegada del 23 de abril -Día internacional del libro- que se condimenta esta vez con el aniversario cerrado de los 400 años de la muerte de Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. 

Así, mientras vuelo entre dos Papas y dos Reyes, Mick Jagguer sacude el esqueleto en la Ciudad Deportiva de la Habana ante medio millón de espectadores que corean: "i can't get no satisfaction. / cause i try and i try and i try and i try", con toda la fuerza de la libertad y sin el velado encanto de la censura. Mientras el estruendo mediático silba sobre nuestras cabezas, intento buscar el aroma de las encinas y los robles apelmazados en los viejos y nuevos folios que llenan las estanterías, pero no logro encontar el sosiego de siempre. Cuando el aire se enrarece, hay que abrir las ventanas.